Magnifica Humanitas e la formazione comboniana

por p. Elias Sindjalim MCCJ

Introducción

La formación para la vida religiosa, sacerdotal y misionera hoy tiene lugar con transformaciones antropológicas, culturales y tecnológicas que nos invitan a replantear las condiciones para una verdadera maduración humana y vocacional. En un contexto marcado por la aceleración del mundo digital, la transformación de las formas de relacionarse y una creciente conciencia de la vulnerabilidad humana, la formación no puede limitarse a la transmisión de conocimientos o al desarrollo de habilidades pastorales. Debe contribuir a la maduración humana, espiritual, intelectual, pastoral y vocacional de la persona, fomentando el desarrollo de una personalidad suficientemente integrada y la aparición de una verdadera libertad interior.1 Por tanto, se trata de ayudar a la persona a aceptar el llamado de Dios con discernimiento, a tomar sus propias decisiones responsables, a establecer relaciones auténticas con los demás y a comprometerse con la misión sobre la base de una identidad humana y vocacional progresivamente unificada.2 Es desde esta perspectiva que Magnifica Humanitas ofrece puntos de referencia particularmente significativos, en particular en lo que respecta a la humanización de la persona, la relación con las nuevas tecnologías y la integración de la fragilidad.

1. El ser humano y el proceso de humanización en formación con una antropología cristiana

Toda formación auténtica se basa en una cierta concepción de la persona humana (una antropología). La antropología cristiana no reduce al ser humano a sus capacidades, comportamientos o determinismos psicológicos3. Lo considera una persona creada a imagen de Dios, llamada a la relación y abierta a la trascendencia. Magnifica Humanitas nos recuerda así que «el hombre y la mujer son creados a imagen y semejanza del Dios Trino» y que cada persona está «destinada por naturaleza a una relación» con Dios, con los demás y con la creación (n. 50). Esta concepción relacional de la persona encuentra un eco importante en obras contemporáneas que buscan articular la antropología cristiana, la filosofía y las ciencias psicológicas.4

Desde esta perspectiva, la formación religiosa, sacerdotal y misionera es fundamentalmente un proceso de humanización. No pretende únicamente adquirir habilidades pastorales o adaptarse a las necesidades de una institución, sino la maduración gradual de la persona en su conjunto. La historia personal, las experiencias familiares y relacionales, las heridas, los recursos psicológicos, las aspiraciones y las limitaciones deben poder integrarse gradualmente en un camino de crecimiento. La vocación no suprime esta historia; está grabada en una persona concreta y requiere una transformación interior.5

Cristo es aquí la referencia antropológica fundamental. En él, Magnifica Humanitas, afirma: «el misterio del hombre encuentra su verdadera luz» (n. 49). Su humanidad se presenta como «plenamente libre, abierta a los demás, capaz de construir relaciones de solidaridad y belleza, dedicada al don total del yo» (n. 49). Por tanto, la formación debe fomentar una libertad interior capaz de discernimiento, una identidad suficientemente integrada y una capacidad relacional que pueda entregarse sin dependencia excesiva, la búsqueda de reconocimiento o rigidez defensiva.

Esta visión también permite ir más allá de una concepción funcional de la vocación. El valor de un religioso, sacerdote o misionero no depende exclusivamente de su eficacia apostólica, sus capacidades intelectuales o su disposición para servir. Magnifica Humanitas recuerda que la dignidad de la persona «no depende de las capacidades que posee, de sus riquezas o del papel que ocupa» (n. 50). Por tanto, la formación debe aspirar ante todo al crecimiento de una persona capaz de vivir en verdad, responsabilidad, comunión y entrega propia: en otras palabras, una persona integrada y con una humanidad profundamente asumida.6

2. Formar en el uso de inteligencia artificial y nuevas técnicas de comunicación

El auge de la inteligencia artificial y las tecnologías digitales introduce una nueva dimensión en el proceso educativo. La cuestión hoy ya no es si utilizarlas, cómo utilizarlas eficazmente, sino también entender cómo transforman formas de pensar, aprender, comunicarse, decidir entablar relaciones y llevar a cabo misiones. Magnifica Humanitas enfatiza que la inteligencia artificial constituye una transformación que «desafía las categorías de la doctrina social desde dentro» (n. 17).

Para la formación, esto implica una verdadera educación en discernimiento digital. Las tecnologías pueden promover el acceso al conocimiento, la investigación, la comunicación, la colaboración pastoral y la proclamación del Evangelio. Pero también pueden promover la superficialidad, la dependencia de la información inmediata, la reducción del silencio y la interioridad o la ilusión de que la comunicación virtual es suficiente para construir una relación humana. La investigación contemporánea en antropología teológica subraya precisamente que las transformaciones tecnológicas nos obligan a replantearnos lo que significa ser humano, especialmente en lo que respecta a la libertad, la autonomía y las relaciones.7

La Encíclica llama al ejercicio del «discernimiento moral y espiritual» y recuerda que «la inteligencia humana, con su conciencia y libertad» debe guiar las innovaciones tecnológicas y determinar «responsablemente el uso y los límites» de estas innovaciones (n. 98). Por tanto, la formación debe ayudar a los candidatos a desarrollar un uso responsable, crítico y creativo de las tecnologías (n. 145), cultivando su capacidad para verificar información, reconocer prejuicios, respetar la confidencialidad y medir las consecuencias humanas y relacionales de su uso.

Esta educación está directamente vinculada a la libertad interior. Cuando el flujo constante de información reemplaza la investigación personal, la reflexión y el discernimiento, «la libertad interior corre el riesgo de verse comprometida» (n. 146). De ahí la importancia de mantener espacios para el silencio, la lectura, el estudio en profundidad, el diálogo y la presencia real en la formación. Por tanto, la Encíclica afirma: «Todos debemos estar formados para vivir la tecnología digital de manera humana» (n. 238). Para los futuros misioneros, el mundo digital es incluso «un nuevo continente a evangelizar», que necesita «misioneros generosos maduros en la fe» (n. 238). La competencia digital debe ir acompañada por suficiente madurez humana y espiritual.

3. Integración de la fragilidad en la formación

Cada persona en formación lleva en su interior recursos, pero también vulnerabilidades, heridas y limitaciones. Por tanto, una formación realista no puede ignorar la fragilidad humana ni proponer una imagen idealizada de la vocación. Magnifica Humanitas nos invita a cambiar nuestra visión de la limitación: a menudo se considera «un defecto a corregir, más que un espacio en el que el hombre madure y se abra a la relación.» El Papa afirma de manera particularmente significativa que «el ser humano no prospera a pesar de la limitación, sino a menudo a través de la limitación» (n. 118).

Esta perspectiva tiene un importante significado psicológico y educativo. Reconocer la propia fragilidad nos permite comprender mejor las propias reacciones, necesidades, mecanismos defensivos y modalidades relacionales. Por el contrario, la negativa a reconocer los propios límites puede llevar a una idealización de uno mismo, una búsqueda excesiva de reconocimiento o dificultad para pedir ayuda. Por el contrario, la integración de la fragilidad fomenta un mayor autoconocimiento, una libertad interior más real y una mayor capacidad de empatía. Los enfoques contemporáneos hacia la persona también enfatizan la importancia de una comprensión integrada de las dimensiones psicológica, relacional, moral y espiritual del ser humano. ⁶

La Encíclica enfatiza que «es precisamente en nuestra naturaleza limitada donde la compasión, la preocupación sincera por las necesidades de los demás, la generosidad, la experiencia espiritual y la adoración a Dios encuentran su lugar» (n. 119). Por tanto, la formación debe ofrecer espacios suficientemente seguros para reconocer y trabajar en vulnerabilidades8 : acompañamiento espiritual, entrevistas formativas, diálogo comunitario y, cuando sea necesario, recurrir a las ciencias psicológicas. Los sufrimientos internos no deben simplemente ser «rechazados» o «reprimidos», sino integrados gradualmente (n. 120).

El objetivo no es formar personalidades perfectas, sino personas lo suficientemente maduras e integradas para vivir su vocación en verdad, libertad y responsabilidad. Esta maduración está en última instancia en línea con lo que afirma Magnifica Humanitas sobre la dignidad humana: también se reconoce «en la capacidad de pensar críticamente, de elegir y amar libremente, de entrar en relaciones auténticas» (n. 233).

Conclusión

La formación comboniana puede entenderse por tanto como un proceso de humanización a la luz del Evangelio. Busca formar religiosos, sacerdotes y misioneros capaces de unificar su historia personal, su vocación y su misión, de permanecer libremente interiormente frente a las transformaciones tecnológicas y de asegurar su fragilidad sin perder la confianza en la acción de la gracia. La credibilidad de la misión también depende de esta madurez: el Evangelio se hace visible en personas cuyas vidas demuestran que la fe no disminuye a la humanidad, sino que la conduce a su pleno cumplimiento.

1 RFIS, nº 31

2  Paul C. Vitz et al., “A Catholic Christian META-MODEL of the Person,” Divine Mercy University, 2019; Amedeo Cencini, L’albero Della Vita: Verso Un Modello Di Formazione Iniziale e Permanente (Edizioni san paolo, 2005).

3 RFIS, nº 96.

4  Joel Robbins, Theology and the Anthropology of Christian Life (Oxford University Press, 2020); Luigi Rulla, Antropologia della vocazione cristiana. Basi interdisciplinari, 2° edizione (EDB, 1997).

5  Amedeo Cencini and Alessandro Manenti, Psicologia e Formazione. Strutture e Dinamismi (2010; EDB, 2010).

6  Todd A. Salzman and Michael G. Lawler, “Pope Francis, Dignitas Infinita, and an Evolving Catholic Anthropology: Doctrinal Implications,” Theological Studies 85, no. 4 (2024): 628.

7  S. van den Heuvel, Being Human in a Technological Age: Rethinking Theological Anthropology, 2020.

8 RFIS, nº 190

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