El documento “La Misión Comboni en el Discernimiento de los Capítulos Generales (1985-2022)” ofrece una relectura orgánica y sintética de cuarenta años de discernimiento misionero del Instituto de los Misioneros Combonianos, a la luz de los profundos cambios globales, eclesiásticos y culturales que han tenido lugar desde finales del siglo XX hasta la actualidad. A través del análisis de los Documentos Capitulares de los últimos siete Capítulos Generales, el texto muestra cómo el Instituto ha desarrollado progresivamente una visión coherente y dinámica de la misión, arraigada en la perspectiva teológica de la Missio Dei e inspirada fielmente por el carisma de Daniel Comboni.

Incluso en ausencia de un tratamiento sistemático unitario en los capítulos individuales, su lectura general destaca una continuidad sustancial en el discernimiento, articulada en torno a cinco núcleos fundamentales: una visión teológica clara de la misión como participación en la acción trinitaria de Dios en el mundo; la definición de la misión específica del Instituto como una misión ad gentes, con preferencia por los más pobres y abandonados; seis principios carismáticos que califican su estilo (la hora de Dios, haciendo causa común, la regeneración de África con África, el cenáculo de los apóstoles, la implicación eclesial y la misión marcada por la cruz); tres elementos metodológicos fundamentales (inserción, enfoque ministerial e inculturación); y finalmente la identificación de campos de trabajo pastoral prioritarios y específicos como vía de recalificación misionera.

El texto destaca cómo la misión comboniana se ha desarrollado en constante diálogo con el Magisterio de la Iglesia, la reflexión misiológica contemporánea y las transformaciones históricas, adoptando progresivamente dimensiones como la justicia, la paz, la integridad de la creación, el diálogo interreligioso y la ecología integral. Lo que emerge es un horizonte común capaz de mantener unida una pluralidad de contextos y sensibilidades, ofreciendo una base compartida para la renovación y reorganización del servicio misionero del Instituto en fidelidad al carisma y en respuesta a los desafíos de la nueva era histórica.

Resumen de las ideas principales del texto

El documento “La Misión Combonian en el Discernimiento de los Capítulos Generales (1985-2022)” propone una relectura unitaria e interpretativa de cuarenta años de discernimiento misionero del Instituto de los Misioneros Combonianos, situándolo en el contexto de los profundos cambios épicos que han afectado al mundo, a la Iglesia y a la reflexión misiológica contemporánea. El análisis de los Documentos Capitulares de los siete Capítulos Generales desde 1985 hasta 2022 muestra cómo, a pesar de la pluralidad de acentos, lenguas y prioridades vinculadas a los diferentes momentos históricos, emerge una continuidad sustancial de visión y orientación, arraigada en el carisma de Daniel Comboni y en la fidelidad a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Un primer eje fundamental del texto es la perspectiva teológica de la misión. Los Capítulos asumen claramente la visión de la Missio Dei, madurada en el Concilio Vaticano II y desarrollada por el posterior magisterio: la misión no nace de la iniciativa de la Iglesia ni de los institutos misioneros, sino del Dios trinitario que sigue obrando en la historia. Los misioneros participan en esta acción divina, dando testimonio y proclamando el Reino de Dios como una ofrenda de vida plena para toda la humanidad. La misión se entiende, así como la compasión de Dios por un mundo herido y dividido, como el compartir su sueño de reconciliación, justicia y fraternidad universal.

La misión específica del Instituto se sitúa en este marco teológico, definido como una misión ad gentes, dirigida de manera preferencial a pueblos y grupos humanos aún no o no suficientemente evangelizados, especialmente aquellos marcados por la pobreza, la marginación y el abandono. La proclamación explícita de Jesucristo sigue siendo una prioridad indispensable, sin embargo, inseparable del testimonio de la vida, del compromiso con la justicia, la paz y la integridad de la creación, y de la promoción humana integral. Los Capítulos insisten en la necesidad de decisiones radicales y valientes, capaces de evitar la dispersión de compromisos y de dirigir las fuerzas disponibles hacia las verdaderas fronteras de la misión.

Una contribución central del documento es la identificación de seis principios carismáticos que, en conjunto, definen el estilo de la misión comboniana. La primera es la hora de Dios, es decir, la conciencia de que Dios sigue actuando en la historia y las culturas de los pueblos, pidiendo a los misioneros un discernimiento constante de los signos de los tiempos y lugares. Relacionado con esto está la creación de una causa común, una expresión típica del carisma comboniano, que indica un estilo de presencia solidaria, de compartir la vida, los sufrimientos y las esperanzas del pueblo, hasta asumir los riesgos y fragilidades propios de las situaciones fronterizas.

El tercer principio, la regeneración de África con África, expresa una visión profundamente participativa de la misión: los pueblos no son objeto de evangelización, sino sujetos activos de su propia liberación y crecimiento humano y cristiano. Esto implica la confianza en las personas, la apreciación de las culturas, la formación de líderes locales, la construcción de comunidades cristianas vivas y caminos de inculturación del Evangelio. El cuarto principio, el cenáculo de apóstoles, enfatiza la dimensión comunitaria de la misión: los misioneros combonianos están llamados a evangelizar como comunidades interculturales, un signo de fraternidad, comunión y reconciliación en un mundo fragmentado.

La implicación eclesial constituye el quinto principio: el Instituto vive la misión en comunión con las Iglesias locales, al servicio de ellas, evitando el protagonismo y el paternalismo, y al mismo tiempo promueve la apertura misionera de las propias Iglesias, fomentando el intercambio de dones y una responsabilidad compartida por la misión universal. Finalmente, la misión marcada por la Cruz reconoce que la proclamación del Evangelio implica inevitablemente la confrontación con el sufrimiento, el rechazo y a veces el martirio; esta dimensión no se busca, sino que se recibe como un lugar de fidelidad al carisma y de testimonio radical del amor de Cristo.

Junto a los principios carismáticos, el documento identifica tres elementos metodológicos fundamentales que recorren todo el proceso del Capítulo. La primera es la inserción, entendida como una verdadera inmersión en la vida de los pueblos, a través del estudio del idioma y la cultura, un estilo de vida simple y pobre y una proximidad concreta a las personas. El segundo es el enfoque ministerial, que valora la pluralidad de ministerios, la corresponsabilidad eclesial, la formación de comunidades cristianas vivas y la integración entre la evangelización y el ministerio social. En este contexto, JPIC y, en los últimos capítulos, la ecología integral como eje transversal de misión adquieren una importancia particular. El tercer elemento es la inculturación, entendida como un proceso dinámico a través del cual el Evangelio se encarna en culturas y culturas enriquecen la Iglesia, en un viaje guiado por el Espíritu y vivido en comunión con las Iglesias locales.

Otro tema central es el de los campos prioritarios de trabajo y las pastorales específicas. Ante la desproporción entre compromisos y recursos y la complejidad de los nuevos desafíos globales, los Capítulos han orientado progresivamente al Instituto hacia una reorganización misionera basada en prioridades continentales, en grupos humanos específicos y en formas de colaboración interprovincial y continental. Así, las pastorales especificas se convierten en el instrumento privilegiado para calificar la presencia misionera, evitando la fragmentación y haciendo que el servicio evangelizador sea más incisivo.

En conclusión, la relectura de los Capítulos Generales de 1985 a 2022 muestra que, más allá de la pluralidad de contextos y sensibilidades, existe un horizonte compartido que da unidad a la misión comboniana. Este horizonte sostiene una visión teológica, identidad carismática, método misionero y elecciones operativas, ofreciendo una base sólida para continuar el camino de renovación y recalificación de la misión en fidelidad al Evangelio y en respuesta a los desafíos de la nueva era histórica.

La misión comboniana
en el discernimiento de los Capítulos Generales (1985-2022)

Secretariado General de la Misión
Noviembre del 2025

Introducción

La reflexión misiológica de los últimos 40 años ha registrado cierto dinamismo y la aparición de diversos modelos de misión. Esto no debería sorprender, teniendo en cuenta los grandes cambios históricos que han tenido lugar, tanto en el mundo como en la Iglesia. El ensayo ya clásico de David Bosch, La transformación de la misión (1991), se ha convertido en una referencia esencial, con su enfoque complejo que ha descrito las diferentes dimensiones de la misión a través de modelos, es decir, esquemas interpretativos que buscan definir, describir y orientar la naturaleza, prioridades, métodos y objetivos de la actividad misionera. Así, hoy la misión escapa a una definición abstracta única, pero como realidad multifacética se presta a ser descrita desde diversos puntos de vista, que captan aspectos diferentes y complementarios. Se ha vuelto costumbre hablar de «misión como…» o «la misión es…» para enfatizar estos aspectos o dimensiones que caracterizan la misión en nuestro tiempo. Este enfoque es adecuado para un mundo que cambia rápidamente, que requiere discernimiento continuo y apertura a nuevas realidades. Por otro lado, sin embargo, tiende a fragmentar la visión y crear una tensión entre las diferentes dimensiones.

Todo esto da lugar a la necesidad y al deseo de llegar a una síntesis, una visión global capaz de ofrecer un marco de referencia general coherente en el cual situarse. El trabajo de misiólogos como S. Bevans y R. Schroeder (cf. Teología para la misión hoy. Constantes en el contexto, 2004; Diálogo profético. La forma de la misión para nuestros tiempos, 2012) da testimonio de este esfuerzo por llegar a una síntesis. Un testimonio aún más importante para nosotros es el que nos llega a partir del discernimiento de los últimos siete capítulos generales (1985 – 2022). Estos nos muestran un camino que tiene en cuenta los cambios a nivel sistémico global, eclesial y también en el Instituto Comboniano, en busca de fidelidad al carisma y la misión en un mundo cambiante.

Un proceso de 40 años

Situamos el punto de partida en el Capítulo de 1985 porque fue el primero tras la adopción de la nueva Regla de Vida (RV). Los Documento Capitulares de los Capítulos registran grandes cambios épicos en el mundo, en la Iglesia y en el pensamiento misionero, y lanzan el proceso de revisión y recalificación de compromisos como primera prioridad. Las otras dos prioridades eran, respectivamente, evangelizar como comunidad y en comunión con la Iglesia local; y para hacer relucir los valores del Reino de Dios respecto a la liberación humana integral. Tres temas que reflejan la necesidad de responder a los cambios épicos en armonía con la nueva Regla de la Vida. Aunque el Capítulo pretendía dirigir un proceso de seis años, en realidad se ha centrado en aspectos que caracterizarán la reflexión y el discernimiento de los Capítulos hasta la actualidad.

El Capítulo de 1991 dialogó y recopiló las peticiones de Redemptoris missio (1990) y del magisterio social de Juan Pablo II (Sollicitudo rei socialis y Centesimus anno). Es un periodo histórico muy particular, con el fin de la Guerra Fría y la rápida expansión de los procesos de globalización económica. Estos, a su vez, activan movimientos en busca de raíces culturales y justicia social que desafían la misión, instando a la creciente necesidad de afirmación cultural de los pueblos, la inculturación y la JPIC (justicia, paz e integridad de la creación). Las acciones del Capítulo profundizan la necesidad del Instituto de renovación, en continuidad con el Capítulo anterior. Enfatizan la necesidad de profundizar en la espiritualidad, promover comunidades como cenáculos de apóstoles, centrarse en prioridades en términos de campos de trabajo y fronteras, definir una metodología comboniana clara y eficaz en comunión con la Iglesia local.

El capítulo de 1997 estuvo influenciado por el Sínodo Africano (1994) y el proceso que condujo a la beatificación de Daniel Comboni (1996), así como por la reflexión misiológica, por la creciente internacionalidad del Instituto y, más en general, por la creciente conciencia del pluralismo cultural y religioso. La energía liberada por estos procesos lleva al Instituto más allá de cierta sensación de fatiga y pérdida de entusiasmo. Se comprende la «hora de África» y se enfatizan algunos aspectos de la misión especialmente significativos en ese contexto histórico: la inculturación y el diálogo, la colaboración y el compromiso con la justicia y la paz, y la animación misionera.

En 2003, el clima estuvo influido por la canonización de Daniel Comboni y reflejó las expectativas de un nuevo comienzo con el nuevo milenio (Novo millennio ineunte), un contexto desafiado por la globalización financiera y la llamada nueva economía, el triunfo del modelo financiero neoliberal. El desarrollo de teologías contextuales invita a un nuevo impulso misionero, que para el Instituto también significa replantearse en el contexto de una nueva geografía vocacional y una realidad de envejecimiento y reducción de personal. En respuesta a todo esto, los Documentos Capitulares ofrecen directrices sobre la perspectiva misionera y sobre la renovación de la metodología misionera, dando también inicio al proceso de la Ratio missionis.

El capítulo de 2009 fue especial. Existía el deseo de un plan unificado para el Instituto, ante una realidad y misión cambiantes, así como una inquietud, dispersión y fragmentación dentro del Instituto, con un debilitamiento del sentido de identidad y pertenencia. Es necesario tomar decisiones que involucren a todos. Los Documentos Capitulares señalan que el fruto del trabajo y el discernimiento no es algo radicalmente nuevo, sino más bien la conciencia de tener que partir sin vacilación ni demora según reflexiones y decisiones ya elaboradas que aún no se han implementado.

Un impulso adicional en este sentido proviene del Capítulo de 2015, inspirado y guiado por Evangelii Gaudium (2013) y enriquecido por la participación de un gran número de capitulares de origen africano y americano. Los Documentos Capitulares subrayan la necesidad de reorganizar el Instituto – según las directrices ministeriales – para servir mejor a la misión. Definen los criterios para una recalificación y revisión de compromisos, indican el camino de las pastorales específicas según las prioridades continentales y toman nota de la misión comboniana en Europa.

Finalmente, el capítulo de 2022 tuvo lugar en el contexto de la pandemia de COVID-19 y la aceleración de las crisis globales (sanitaria, geopolítica, económica-financiera, climática-ambiental, social, migratoria), leído a través del prisma del magisterio social del Papa Francisco (Laudato si’Querida AmazoniaFratelli tutti). Este magisterio ofrece no solo una clave para la interpretación, sino también una perspectiva cosmológica, en la que todo está conectado. Y esto también se refleja en el enfoque ministerial de la misión. Los Documentos Capitulares retoman el camino de la Iglesia en el contexto de la conversión a la ecología integral, que reconocen como un eje fundamental de la misión, y relanzan caminos de recalificación mediante las pastorales específicas según las prioridades continentales.

A partir de estas pocas pistas, ya está claro que existe una continuidad sustancial en el camino de discernimiento sobre la misión del Instituto. Del contenido de los Documentos Capitulares surge una visión clara de la misión comboniana, cuyos diversos aspectos se profundizan de vez en cuando en respuesta a los cambios épicos y a la reflexión eclesial y misiológica en curso. Tomadas individualmente, al ser capítulos temáticos, no ofrecen una imagen sistemática inmediata de la misión. Pero leyéndolos en su conjunto, exponen una misión comboniana coherente que incluye: una perspectiva teológica, conciencia de la misión específica del Instituto, los principios carismáticos que lo guían, los elementos fundamentales de la metodología comboniana y los campos prioritarios de trabajo.

La perspectiva teológica

No encontramos una elaboración teórica sistemática de la misión en los Documentos Capitulares, pero la asunción de la perspectiva de la Missio Dei elaborada en el Concilio Vaticano II y retomada continuamente en el posterior magisterio es evidente (DC 2022, 27). La fuente de la misión es trinitaria y los misioneros son enviados al mundo para dar testimonio y proclamar las Buenas Nuevas del Reino (DC 2003, 31), para compartir el sueño de Dios que desea una vida plena y feliz para toda la humanidad (DC 2009, 23). La misión se relata y se vive como la compasión de Dios por un mundo dividido (DC 2009, 56.3), como una realidad que «surge del Dios trinitario que comparte su vida con la humanidad. Lo lleva a cabo Jesucristo, la fuente e inspiración de nuestra acción misionera, la piedra angular de nuestro ser y nuestra acción. El Instituto, junto con toda la Iglesia, participa en esta misión universal.» (DC 2009, 56.7)

La misión del Instituto

El punto de referencia fundamental es RV 13, que define el propósito del Instituto como la implementación de la misión evangelizadora de la Iglesia entre aquellos pueblos o grupos humanos que aún no están o no están suficientemente evangelizados. Con preferencia por los más pobres y abandonados en relación con el Reino, especialmente aquellos que se encuentran en situaciones de primera evangelización (DC 1985, 3). Ambas son minorías marginadas que la Iglesia no alcanza y que la sociedad descuida; y de grupos aún no o no suficientemente evangelizados que viven en las fronteras de la pobreza (DC 2003, 26). La prioridad absoluta de proclamar el Evangelio de Jesucristo se reafirma, con el testimonio de vida, con la proclamación de Cristo (RV 58-59; DC 1997, 15; DC 2003, 26.3) y con el compromiso con la justicia y la paz (DC 1997, 107; DC 2003, 26.3; DC 1985, 33 y siguientes).

En un mundo que cambia rápidamente, es necesario tomar decisiones radicales para llegar a pueblos marginados y aún no evangelizados, dando prioridad a la proclamación de la Palabra de Dios, a la proclamación del Reino de Dios manifestado en Jesucristo (DC 2009, 57.3), lo que implica compromiso con la justicia, la paz y la integridad de la creación – la liberación de todo lo que deshumaniza – la promoción y fraternidad humana (DC 2009, 39; 56.6). Así, la primera evangelización, al llevar el Evangelio al corazón de la vida de individuos, sociedades, culturas y tradiciones religiosas, hace posible un encuentro con Cristo capaz de ofrecer plenitud de vida y les abre a su incorporación a la Iglesia, el signo privilegiado del Reino (DC 2003, 39).

En términos más narrativos, el capítulo de 2015 describió la misión del Instituto en forma de sueño: «un Instituto de misioneros ‘extrovertidos’, peregrinos con los más pobres y abandonados, que evangelizan y son evangelizados a través del compartición personal y comunitaria de la alegría [del Evangelio] y la misericordia cooperando en el desarrollo de una humanidad reconciliada con Dios, con la Creación y con otros (EG 74)». (DC 2015, 21)

Principios carismáticos

En un mundo de pluralismo, de cambio continuo de época, de inestabilidad generalizada y provisionalidad, es difícil orientarse y confiar en modelos estables y universales. De hecho, la reflexión sobre la misión también sigue esta tendencia y propone diversos modelos contextuales, en respuesta a la llegada de diferentes situaciones. No obstante, de los documentos capitulares de los últimos siete capítulos emergen seis principios que caracterizan y definen la misión comboniana según su propio carisma. Al ser principios, proporcionan referencias flexibles y adaptables, un horizonte común en el que uno puede reconocerse a uno mismo partiendo de cualquier contexto y situación. En los Documentos del Capítulo, de hecho, encontramos reflexiones, ideas y orientaciones que contextualizan estos principios, al mismo tiempo que muestran una importante continuidad e integración de la misión comboniana. En particular, los seis principios son:

=   La hora de Dios (cf. RV 6)

La conciencia de que Dios sigue presente y activo en la historia y las culturas de los pueblos (RV 57) y escuchando el clamor de los pobres, requiere una actitud y práctica continua del discernimiento (DC 1997, 10; DC 1991, 6). El Espíritu Santo es el verdadero protagonista de la misión (DC 1997, 10; DC 1985, 5), sigue creando cosas nuevas (DC 1991, 2.4) y para comprender sus invitaciones y acciones en la historia debemos detenernos y mirar la realidad con los ojos de la fe para descubrir cómo Cristo está presente en los hechos, contemplándolos a la luz de la Palabra que es Jesucristo y transformarnos nosotros mismos y así sentir las buenas noticias que estamos llamados a vivir y proclamar (DC 1997, 24). En otras palabras, se requiere que estemos abiertos a los signos de los tiempos y lugares (DC 2009, 56.9; DC 2015, 22), que no son hechos históricos en sí mismos, sino relacionados con el Reino de Dios: apelaciones que Dios hace a través de la propia realidad, que nos invitan a ver los signos de su presencia, misericordia y acción en la historia para transformarla (DC 1992, 2.4).

=   Hacer causa común (RV 5; RV 60)

Esta expresión de Comboni (E 3159) caracteriza la actitud fundamental de la presencia misionera para la solidaridad y el compartir con el pueblo. Esta actitud tiene una razón teológica, como enfatizan los documentos del capítulo de 1991: «Dios, por medio de su Hijo encarnado, que murió y resucitó, escucha el clamor de los pobres y entra con todo su ser en la historia y en el dolor de los más pequeños. Se siente impulsado a asumir esta misma historia y este mismo dolor, formando parte de ella y haciendo causa común, incluso con el riesgo de su vida» (DC 1991, 6.1).

Esta causa común se expresa de diversas maneras (DC 1991, 45.1): con la opción de los más pobres y abandonados (DC 1997, 26); participando en el proceso de liberación humana integral; compartir con el pueblo sus alegrías, sufrimientos y esperanzas (DC 2009, 58.3), permaneciendo con ellos incluso en situaciones dramáticas de sufrimiento y gran riesgo (DC 1997, 25); con profecía, haciendo que la voz de los sin voz resonara; y con un estilo de vida sencillo y pobre. En este sentido, también se enfatiza la importancia del uso de medios pobres y estructuras más sencillas (DC 2015, 23), de la cercanía y solidaridad con el pueblo, paciente y respetuosa con su ritmo, y de un estilo de vida abierto a la acogida, la hospitalidad y el compartir (DC 1997, 23); y valorar la iniciativa del pueblo, su capacidad de dar y participar en el camino misionero, evitando el paternalismo y nuestro protagonismo (DC 2022, 42).

Finalmente, las experiencias de misión que han compartido situaciones de miseria, violencia y debilidad atestiguan principalmente que nuestra fragilidad e impotencia, junto con el dolor que conllevan, son un signo de la fortaleza y cercanía del Señor (DC 1997, 42).

=   La regeneración de África con África (E 2753 – RV 7)

La solidaridad con los pobres se considera una regeneración que implica tanto una proclamación explícita del Evangelio de Jesucristo para la formación de la comunidad cristiana como el avance humano y social (DC 1991, 6.2). Los misioneros combonianos son enviados a los pueblos para la regeneración «de África con África», conscientes de que la liberación y el renacimiento de los pueblos están profundamente ligados a la persona de Jesús y su Evangelio, y a los propios pueblos que son protagonistas de su propia historia (DC 2003, 39).

La regeneración de África con África tiene lugar a través de un proceso metodológico pastoral que incluye (DC 1991, 44.1):

–    el descubrimiento y valorización de los signos del Reino de Dios;

–    respeto por la cultura, las tradiciones, sensibilidad hacia los pueblos y sus expresiones – en la conciencia de la obra del Espíritu en su cultura (DC 2003, 42);

–    la proclamación explícita de Jesucristo;

–    la gran confianza en el pueblo, que se convierte en protagonista de su historia y de su proceso de evangelización (DC 2003, 42. 100);

–    la construcción de nuevas comunidades alrededor de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos;

–    promoción del crecimiento y la colaboración con la Iglesia local, hacia la autosuficiencia ministerial, económica y apostólica;

–    la inculturación del Evangelio (DC 2003, 42);

–    la formación de líderes y la participación del pueblo (DC 2009, 58.6; CD 1991, 44.2) para que los pueblos puedan ser arquitectos de su propio futuro (DC 2015, 13);

–    la liberación integral de personas y pueblos (DC 1997, 109; RV 61), con un compromiso con la paz y la justicia, con una voz profética ante situaciones de injusticia y opresión, sobre todo mediante la concienciación entre los agentes pastorales y el pueblo (DC 1985, 34).

Además, es necesario evitar el protagonismo de los misioneros y promover la subjetividad de las iglesias locales y de los pobres (DC 1997, 11), conscientes de que es Dios quien guía la historia (DC 1997, 24). Los pobres son objeto de evangelización, nos desafían y nos ayudan a vivir una fidelidad radical al Evangelio y a nuestro carisma misionero. Nos permiten descubrir más profundamente el significado de la espiritualidad, las celebraciones litúrgicas y la reflexión teológica (DC 1991, 4.5); son nuestros compañeros de camino y maestros en la promoción de la globalización de la fraternidad y la ternura (DC 2015, 26).

=   Cenáculo de los Apóstoles (E 2648)

Esta expresión icónica de Comboni hoy indica discípulos misioneros unidos en la persona de Jesús y animados por el fuego del Espíritu, animados por el sueño del Reino que proclaman como comunidad (DC 2022, 15; DC 2015, 25; DC 2009, 58.4; DC 1997, 19; DC 1991, 30.1). En otras palabras, la vocación comboniana es evangelizar como comunidades interculturales que viven en fraternidad orante (DC 2009, 57.2; DC 2003, 35), cuidando unos de los otros, abiertos a la aceptación, colaboración y diálogo, en un camino sinodal de discernimiento que transforma la vida y conduce a un compromiso común con la misión (DC 2022, 16; DC 2003, 85), siempre dispuestos a materializar el carisma ante nuevos desafíos misioneros (CA 2015, 3).

La vida común ya es en sí misma una proclamación y una traducción del Evangelio que proclamamos, una realización del Reino (DC 2003, 84; DC 1985, 34), por ejemplo, como signo de comunión ante la fragmentación de pueblos, culturas e individuos (DC 1997, 27). Por esta razón, todas las comunidades son llamadas a ser cada vez más insertadas en el contexto y a vivir en solidaridad y comunión con la realidad que las rodea (DC 2003, 88), centrada en la misión y no en las estructuras (DC 1997, 19). Están llamados a ser lugares de comunión, compartición fraternal, perdón y reconciliación, aceptación mutua y relaciones fraternales (DC 1997, 29).

=   Participación eclesial (RV 8-9)

Este principio fundamental se articula en dos aspectos principales: la implicación del Instituto en las Iglesias locales y la implicación de las Iglesias locales en la misión ad gentes.

Somos una parte integral de las Iglesias locales y, por esta razón, estamos llamados a superar toda forma de protagonismo y paternalismo, participando con voluntad en los procesos de estudio, discernimiento e inculturación en las distintas áreas de la vida cristiana, y colaborando en la creación de estructuras adecuadas que no pesen sobre la comunidad (DC 1997, 47). En esta perspectiva, nos ponemos en comunión (DC 1985, 33) y al servicio de la Iglesia local, enriqueciéndola con nuestro carisma en una actitud de fidelidad y estímulo (DC 2003, 106), participando plenamente en su proyecto pastoral (DC 2003, 107) y contribuyendo a iniciativas de evangelización sostenible, caracterizadas por un estilo de vida sencillo, medios sobrios y programas que fomentan la autosuficiencia de la comunidad. Nuestro compromiso también se expresa en un diálogo constante con la Iglesia local en la planificación pastoral (DC 1985, 11) y en la presencia cualificada del Instituto (DC 1985, 12), reconociendo la comunión con él como un valor fundamental (DC 1985, 33). Conscientes de que la Iglesia local es objeto de la inculturación del Evangelio (DC 1997, 43), recordemos que los cristianos, en el ejercicio de su ministerio y en un espíritu de comunión sinodal, están llamados a vivir y expresar el Evangelio según sus valores culturales (DC 1997, 46).

Por otro lado, también estamos llamados a abrir cada Iglesia local a la misión ad gentes (DC 1991, 47), tanto ad intra como ad extra (DC 1997, 99), fomentando una comunión misionera que se exprese como un compartir auténtico de dones entre las Iglesias y que nutra la conciencia misionera del Pueblo de Dios (DC 2009, 39). En comunidades de antigua tradición cristiana, la animación misionera adopta la forma de un verdadero servicio de evangelización: invita a la conversión, sensibiliza a las necesidades de los más pobres, se abre a la universalidad y promueve la comunión entre las Iglesias, en un dinamismo de enriquecimiento mutuo (DC 1997, 100). En estos contextos, hoy se convierte en una valiente proclamación de la Buena Nueva y en una invitación urgente a la metanoia, para hacer crecer un mundo nuevo y más fraternal; de ahí la urgencia de una prensa y una animación misionera básica que sea profética (DC 1985, 3, 4). Al mismo tiempo, estamos comprometidos a abrir las incipientes Iglesias locales a la misión ad gentes, promoviendo la comunión y cooperación entre todas las comunidades cristianas (DC 1991, 47) y recordándoles su mirada hacia horizontes misioneros más amplios (DC 2009, 56.6). Esto implica reavivar la vocación y la responsabilidad misionera, fomentar la comunión y la cooperación espiritual y material, y apoyar el ministerio juvenil y vocacional (DC 2009, 57.5). Desde esta perspectiva, prestamos especial atención a la animación misionera, el contacto personal y la comunicación social y digital, herramientas privilegiadas para llegar a las personas y para experimentar con nuevas formas de proclamar la Palabra (DC 2022, 32). También damos la bienvenida al desafío de la transformación digital, que nos impulsa a buscar formas sostenibles de llegar a las personas e influir en las comunidades cristianas y la opinión pública, colaborando con redes y territorios (DC 2022, 32.1), y estamos comprometidos a implementar planes de comunicación que guíen y programen eficazmente nuestro trabajo en este campo (DC 2022, 32.2).

=   Misión marcada por la cruz (RV 4)

Este aspecto difiere de otros que lo precedieron porque pone de relieve una realidad que los misioneros encuentran en su camino, que les llega en lugar de ser buscada a través de compromisos y planificación. Sin embargo, como nos recuerda el capítulo de 2009, «la entrega total de uno mismo que nos pide afrontar situaciones muy difíciles está marcada por la cruz. Siguiendo el ejemplo de Comboni, elegimos estas realidades como signo de profundo amor por las personas.» La vitalidad del carisma y la fidelidad se confirman en la situación de martirio en la que muchos misioneros combonianos eligen permanecer y trabajar (DC 1991, 4.2) para estar cerca y acompañar al pueblo sufriente (DC 1991, 40.5). El Papa Francisco, en el mensaje comunicado en la audiencia con los capitulares el 18 de junio de 2022, recordó cómo el discípulo-misionero sabe ofrecer toda su vida y llevarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo. Y esta es una realidad que forma parte de la historia de Comboni, incluso en conjunto con los procesos de los capítulos, como en el caso del padre Ezekiel Ramin (1985), el padre Mario Mantovani y el padre Godfrey Kiryowa (DC 2003, 15).

Elementos metodológicos clave

El tema de la metodología misionera se ha repetido constantemente con insistencia en los momentos más cualificados de la vida del Instituto desde 1982. Desde entonces, todos los Capítulos Generales han reflexionado y dado directrices sobre la metodología comboniana. Estas contribuciones no proporcionan un marco orgánico, ya que tienden, dependiendo de las situaciones y contextos histórico-geográficos, a centrarse en aspectos o perspectivas particulares. Por ejemplo, la preocupación del Capítulo de 1985 es la revisión y recalificación de compromisos, prestando atención a los valores del Reino. En 1991, el enfoque estaba en el modo de vida y la espiritualidad, así como en los medios y técnicas de la atención pastoral (DC 1991, 42). La perspectiva del Capítulo de 1997 es la de construir la Iglesia como la familia de Dios, centrándose en algunos modelos de misión, es decir, aquellos de inculturación, diálogo y compromiso con la justicia y la paz. En 2003 reflexionó sobre la renovación de la metodología misionera, centrándose en la acción y la contemplación, el ministerio y la colaboración, la inculturación, el diálogo y la proclamación. El capítulo de 2009, influenciado por el proceso de la Ratio missionis, recuerda elementos para una metodología misionera renovada, mientras que en 2015 el tema sigue siendo la revisión de compromisos, pero con énfasis en la evangelización y las pastorales específicas. Una perspectiva, esta última, retomada en 2022 junto con la reflexión sobre la ecología integral como eje fundamental de la misión comboniana.

Sin embargo, al releer todas estas contribuciones en su conjunto, nos damos cuenta de que emergen tres elementos fundamentales recurrentes, puntos de referencia esenciales en la elaboración de metodologías contextuales: son la inserción, el enfoque ministerial y la inculturación.

1.  inserción

Este es el punto de partida de cualquier compromiso misionero y requiere ante todo un estudio exhaustivo de la lengua y la cultura locales (DC 1991, 44.2.a). La inserción es la premisa para la traducción práctica de cada uno de los seis principios carismáticos expuestos anteriormente y también un paso preliminar para los procesos de inculturación (DC 1997, 37).

Un estilo de vida sencillo y una verdadera cercanía con la gente son fundamentales en el estilo de misión comboniana: la comunidad misionera está llamada a compartir el destino de las personas entre las que vive, asumiendo su estilo de vida, actitudes, sufrimientos, lengua y ritmo diario (DC 1991, 31.5), cultivando una actitud constante de solidaridad y compartir (DC 1991, 45.1). La elección de estructuras y formas de vida simples y pobres (DC 1991, 45.1.e), acogedoras y compartidas, hace que la presencia misionera sea más humana, más cercana y capaz de generar alegría y fraternidad (DC 2015, 23), mientras que la hospitalidad vivida como las personas la viven se convierte en un signo concreto de comunión (DC 1991, 45.2.a).

La inserción también implica hacer un análisis cuidadoso de la realidad, capaz de reconocer y valorar la obra del Espíritu en la cultura local (DC 2003, 42). Se fomentan las experiencias de inserción más radical (DC 1985, 32; DC 1991, 45.2.f) y el Capítulo de 2003, además, instan a todas las comunidades a involucrarse cada vez más profundamente en el contexto local, en solidaridad con las personas y sus desafíos (DC 2003, 88). Así, soñamos con un estilo de vida misionero plenamente integrado en la realidad de los pueblos, atento al grito de la tierra y de los empobrecidos, apoyado por comunidades interculturales que dan testimonio de fraternidad, comunión, amistad social y servicio a las Iglesias locales mediante elecciones y estructuras de vida más sencillas (DC 2022, 28), apropiados al contexto social en el que vivimos, útiles para mejorar la vida del pueblo (DC 2022, 42.2).

2. Enfoque ministerial

Desde el capítulo de 1985, el Instituto ha optado por una metodología misionera que valora la confianza en el Espíritu Santo, la promoción de ministerios, la simplicidad de medios y la formación de pequeñas comunidades cristianas (DC 1985, 5; DC 1991, 42.2.c). De este modo, los misioneros acompañan a las personas en su camino de fe y vida (DC 1997, 25), con un estilo de servicio, haciendo crecer las comunidades evangelizadoras con una pluralidad de ministerios (CD 1991, 46.1) y acompañándolas con un sentido profético al enfrentar sus luchas, realizar sus aspiraciones y su camino de liberación integral (DC 1991, 45.2.b).

Por ello, es esencial fomentar el crecimiento de comunidades cristianas vivas, como lugares de comunión, oración, escucha de la Palabra, iniciación en la vida eclesial, reflexión sobre los problemas humanos a la luz del Evangelio y compromiso con la transformación de las estructuras sociales (EiA 89). Es decir, promover una «iglesia ministerial», que discierne y promueve los dones que el Espíritu distribuye a todos (DC 1997, 17). En este sentido, se presta especial atención a la formación de líderes locales tanto en el ámbito sociopolítico como eclesiástico (DC 1991, 44.2.b).

El enfoque ministerial también implica actitudes características y aspectos transversales de los diferentes ministerios, como la combinación de acción y reflexión, colaboración, diálogo y ministerios sociales.

Los dos últimos capítulos han señalado la ministerialidad y las pastorales específicas como la clave para la recalificación del servicio misionero del Instituto, asumiendo la invitación de Evangelii Gaudium (EG 33 y 27) a ser audaces y creativos y a repensar objetivos, estructuras, estilos y métodos de evangelización y animación misionera (DC 2015, 39).

–    Acción y contemplación (espiritualidad)

El ministerio se nutre de una espiritualidad encarnada, sanadora y humanizadora basada en la Palabra de Dios que toca e inspira todas las dimensiones de la vida misionera (DC 2015, 30). En la base de las actividades está una relación de comunión con Dios y la capacidad de leer la vida y la historia a la luz de la fe, lo que conduce a un nuevo estilo de vida (DC 2015, 29).

Esto implica detenerse y mirar la realidad con los ojos de la fe para descubrir cómo Cristo está presente en los hechos y reflexionar sobre si nuestra acción responde a las invitaciones del Espíritu. Contemplar los hechos a la luz de la Palabra que es Jesucristo y transformarnos nosotros mismos, y así escuchar las buenas noticias que estamos llamados a vivir y proclamar (DC 1997, 24). Como misioneros abiertos a la acción de Dios en nosotros, experimentamos el encuentro con el Señor como discípulos totalmente dedicados a la misión (DC 2009, 22). El testimonio del amor del Señor que trae esperanza a toda la humanidad nace de esta relación: el Señor, que nos invita a ser constructores de fraternidad, a entregarnos a los demás como comunicadores de paz de vida, a dar la bienvenida a todos y a ser buenas noticias en medio de los más pobres. (DC 2009, 23).

Esto requiere que arraiguemos nuestra espiritualidad en la acción del Espíritu y en la contemplación, y que realicemos un discernimiento continuo en el encuentro entre la Palabra y la realidad (DC 2009, 29, 36), para captar en la misión actual las señales de tiempos y lugares (DC 2015, 22). Comboni nos invita a mantener la mirada fija en Jesucristo, quien nos introduce en la contemplación del misterio de Dios, pero también en el misterio de la humanidad, donde lo encontramos presente en su riqueza y diversidad. (DC 2015, 28). Así, nuestras comunidades viven la misión como fruto del discernimiento y el compromiso compartido colaborando con las demás fuerzas presentes en el lugar (DC 2022, 19).

–    Colaboración

La colaboración ministerial en la misión se caracteriza como un proceso profundamente sinodal que involucra al Pueblo de Dios en todas las fases de la acción pastoral, desde la planificación hasta la evaluación, para que cada uno pueda sentirse parte activa de la misión (DC 1991, 42.2.d). En un contexto marcado por el individualismo y la fragmentación, elegir la unidad y la corresponsabilidad en la evangelización ya se convierte en sí mismo en un testimonio del Reino de Dios y una expresión del carisma comboniano, que impulsó a San Daniel Comboni a reunir a su alrededor todas las fuerzas disponibles para la regeneración de África (DC 1997, 71-72). Esta colaboración también se extiende al nivel institucional, donde el diálogo, la distribución del personal y la coordinación entre las Circunscripciones permiten recalificar la presencia misionera, reduciendo compromisos dispersivos y promoviendo las pastorales específicas a nivel continental (DC 2022, 31.3). Al mismo tiempo, es esencial construir caminos comunes con las Iglesias locales para desarrollar pastorales contextualizadas y, junto con los movimientos populares, activar redes capaces de responder de manera creativa y encarnada a los desafíos de los territorios (DC 2022, 31.4).

–    Ministerios sociales: Ecología integral y JPIC

El desarrollo humano siempre ha formado parte de nuestra misión, pero hoy este compromiso ya no es suficiente: estamos llamados a identificar y analizar las causas profundas de los sistemas de opresión estructural en los ámbitos económico, político, social, cultural y religioso. Permanecer en silencio ante la injusticia sería apoyar al opresor y oponerse a los oprimidos (DC 1997, 107). En este sentido, JPIC no es una adición opcional, sino una dimensión constitutiva de la proclamación del Evangelio, como recuerda el documento del Sínodo de Obispos Justicia en el Mundo (DC 1997, 110). Por tanto, la evangelización significa enfrentarse a todo lo que hiere la dignidad y la creación humanas.

El propio Comboni fue un ejemplo de esta integración entre evangelización y compromiso social: luchó contra las graves formas de injusticia de su época, como el tráfico de personas y el comercio de armas, y promovió el desarrollo humano integral (DC 1997, 108). En el Instituto también existe una sólida tradición de ministerio JPIC (DC 1997, 109): algunas revistas han desempeñado un papel profético en la denuncia de injusticias; la Regla de Vida recuerda la liberación integral de la persona (RV 61) y el Instituto la ha expresado en la promoción de los valores del Reino (DC 1985, 35-68) y en hacer causa común con los pueblos, comprometiéndose con su liberación (DC 1991, 6.2; 45.1). Este legado muestra cómo JPIC es una expresión concreta del carisma comboniano y una forma privilegiada de hacer visible el Evangelio en la historia.

Frente a los grandes desafíos globales, complejos en sus causas y consecuencias, las comunidades cristianas están por ello llamadas a dar una respuesta de fe, renovando y calificando su opción por la causa justa de los pobres y oprimidos. Esto implica un compromiso con la identificación de las causas de las injusticias y la colaboración con todas las fuerzas implicadas en el ministerio de justicia y paz, un ministerio que incluye proclamaciones proféticas y denuncias, la formación de conciencias y la construcción de redes colaborativas (DC 1991, 113-117). Para que este compromiso sea efectivo, es importante crear grupos locales de monitorización, sensibilización y defensa a nivel provincial, que estén presentes en los órganos de toma de decisiones para fomentar políticas más favorables y promover redes continentales e intercontinentales, como las de derechos humanos o de justicia económica a través de AEFJN (DC 2003, 46-47).

La economía, un área decisiva de la experiencia humana, es hoy uno de los sectores menos evangelizados en un mundo dominado por el neoliberalismo (DC 2003, 101). Por esta razón, estamos llamados a mostrar una solidaridad aún más profunda con los marginados, promoviendo los derechos humanos fundamentales y devolviendo a la persona —no al beneficio— en el centro del proyecto social. El testimonio evangélico también se transmite a través del lobbyel networking y la participación en actividades de justicia y paz, tanto a través de los medios de comunicación como a través de elecciones comunitarias que apoyan modelos económicos alternativos (DC 2003, 29).

Finalmente, el Capítulo del 2022, reconociendo la interconexión de toda la realidad, tomó la ecología integral como un eje fundamental de nuestra misión, capaz de relacionar las dimensiones pastoral, litúrgica, formativa, social, económica, política y ambiental (DC 2022, 30). La ecología integral demuestra una vez más que JPIC no es un área sectorial, sino una parte integral y transversal de la evangelización, dirigiendo nuestro estilo misionero hacia un cuidado global de la persona y la creación.

–    Diálogo

El diálogo es un elemento calificante del enfoque ministerial misionero y hoy constituye una forma privilegiada de proclamar el Evangelio en un mundo marcado por el pluralismo religioso y cultural. En un contexto en el que la diversidad crece y está entrelazada, se nos llama a encontrar nuevas formas de relación y colaboración que eviten la confrontación, la competencia y el proselitismo, y que contribuyan en cambio a la construcción de la justicia y la paz (DC 1997, 53). El magisterio de los obispos también nos insta a seguir caminos de diálogo que, hasta hace poco, se consideraban con prejuicio o se abordaban unilateralmente (DC 1997, 45).

Un área particularmente significativa es la relación con el islam. Las comunidades cristianas deben ser conscientes de la importancia del diálogo con los musulmanes (DC 1997, 64), reconociendo que nuestra presencia entre los fieles del Islam apunta a la primera evangelización mediante el testimonio de vida, iniciativas de diálogo interreligioso en comunión con las Iglesias locales y, cuando sea posible, también la proclamación directa del Evangelio, como recuerda la Ecclesia in Africa  66 (DC 1997, 65). En la tradición comboniana, además, la escuela, las obras sociales y la promoción de la mujer son espacios privilegiados para el encuentro, la evangelización y el diálogo con el islam (DC 1997, 67). Forma parte de la misma lógica evangélica promover iniciativas de diálogo, relaciones de estima y confianza y colaborar con musulmanes comprometidos con el respeto a los derechos humanos y a la emancipación de la mujer (DC 1997, 68). En este contexto, el Capítulo de 2022 reafirma firmemente el compromiso del Instituto con el diálogo con el islam, a la luz de la presencia cada vez más significativa de musulmanes en los contextos en los que operamos (DC 2022, 31.8).

Sin embargo, el diálogo interreligioso no se limita al islam: abarca todas las tradiciones religiosas en las que estamos insertados, como las religiones tradicionales africanas y asiáticas, las religiones indígenas y afrodescendientes, y también se extiende al diálogo intercultural, en armonía con el espíritu del Documento sobre la Fraternidad Humana para la Paz Mundial y Vivir Juntos firmado por el Papa Francisco en Abu Dabi en 2019 (DC 2022, 31.7). El Espíritu de Cristo precede a la misión y guía misteriosamente el camino de los pueblos; En toda tradición religiosa hay elementos que son fruto de su acción. Por esta razón, la proclamación del Evangelio requiere una actitud de escucha profunda y respetuosa de los valores y experiencias religiosas concretas de las personas que conocemos (DC 2003, 113). En algunos contextos particulares, donde la presencia de la Iglesia es minoría, las instituciones educativas siguen representando un lugar valioso para la educación en el diálogo, la aceptación y la convivencia.

En todas estas dimensiones—religiosa, cultural, social y misionera—el diálogo no es una mera herramienta, sino un estilo evangélico que refleja la confianza en la acción del Espíritu, la centralidad de la dignidad humana y la elección de una misión que construye puentes abre caminos compartidos y promueve la convivencia pacífica entre los pueblos.

–    Pastorales específicas

Las pastorales específicas se han convertido en la clave para la recualificación ministerial, ya que permite dirigir la misión con mayor coherencia, continuidad e profundidad. En esta línea, el Capítulo de 2015 identificó como forma de renovación la constitución de comunidades numéricamente más consistentes, estables e internacionales, capaces de dar testimonio de la comunión y la fraternidad y capaces de fomentar especializaciones útiles para calificar nuestros compromisos (DC 2015, 44.9).

El Capítulo de 2022 aclaró además la urgencia de recalificar los compromisos según el criterio de ministerialidad, que requiere asumir las pastorales específicas mediante vías de colaboración amplia como estilo misionero (DC 2022, 9). Por esta razón, asumimos un cuidado pastoral específico, según las prioridades continentales (cf. DC ’15, 45.3), como referencia para la reorganización de compromisos a nivel de Circunscripciones y Continentes, en la lógica de reducción, enfoque y colaboración (DC 2022, 31). Es esencial iniciar caminos participativos que acompañen el desarrollo de estas pastorales específicas en relación con las prioridades continentales, con especial atención a los grupos humanos prioritarios (DC 2022, 31.1), y promover un diálogo constante con las Iglesias locales para desarrollar una atención pastoral específica y contextualizada, trabajando en red con movimientos populares (DC 2022, 31.4). En este contexto, el desarrollo de JPIC cobra un nuevo impulso gracias a su integración en las redes locales e interprovinciales de las pastorales específicas (CA 2015, 45.5).

3.  Inculturación

La inculturación constituye un elemento metodológico fundamental de la evangelización, ya que es parte integral de la misión de encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos (DC 1997, 31). Hoy en día surge como una necesidad particularmente urgente (DC 1997, 32), especialmente en el contexto de la imposición de una cultura global de masas y la presencia de conflictos étnicos, divisiones, pluralidades culturales y crisis de identidad que debilitan las referencias culturales, religiosas y sociales. Esta situación invita a un renovado compromiso con la inculturación del Evangelio en el encuentro concreto con los pueblos (DC 1997, 36).

La Iglesia local es el verdadero sujeto de la inculturación —como enfatiza la Ecclesia in Africa 61 — llamada a discernir, a la luz del misterio de la Encarnación y la Redención, los valores y antivalores de las culturas. El proceso es siempre dinámico y recíproco: como en el misterio de Pentecostés, el Evangelio introduce la novedad de Cristo en las culturas, mientras que las propias culturas enriquecen la Iglesia ofreciendo nuevas expresiones de la vida cristiana (RM 52), en línea con lo que afirman Ad Gentes (AG 15) y Evangelii Nuntiandi (EN 29) (DC 1997, 45). Comboni entendió y enfatizó esto: los cristianos, en el ejercicio de su ministerio y en la comunión sinodal, están llamados a vivir y expresar el Evangelio según sus valores culturales. De hecho, es la Iglesia local la principal sujeta que asimila el acontecimiento de Cristo y lo reinterpreta expresa a través de su propio lenguaje, su propia cultura y sus propias formas religiosas (DC 2003, 110).

Sin embargo, la inculturación requiere una actitud misionera precisa: un estudio serio y comprometido de la lengua y la cultura locales, combinado con una profunda estima y respeto (DC 2003, 111). Como personas interculturales, estamos llamados a discernir los valores y contravalores de las culturas a la luz del Evangelio, viviendo una experiencia que nos haga crecer como individuos y como creyentes. Este camino nos invita a ser instrumentos de intercambio y enriquecimiento mutuo entre las diferentes culturas en las que operamos, ayudando a generar una Iglesia verdaderamente católica, es decir, universal en comunión y plural en sus expresiones (DC 2003, 112).

Entendida de este modo, la inculturación no es una simple adaptación, sino un proceso teológico, eclesial y pastoral que permite al Evangelio asumir la «carne» de los pueblos y para los pueblos para imprimir a la Iglesia el color y el sabor de sus propias tradiciones, como una «perla marrón» que enriquece el tesoro común de la fe.

Campos de Trabajo Prioritarios

El proceso de redacción de la nueva Regla de Vida, con la profunda recuperación del Fundador y el carisma, ha provocado la necesidad de revisar los compromisos para promover una respuesta carismática más auténtica a los nuevos retos de la misión. Esta necesidad se ha vuelto más aguda con el tiempo a medida que la desproporción entre los compromisos asumidos y las fuerzas y energías realmente disponibles ha crecido (DC 2015, 40-41), así como la aparición de nuevos desafíos misioneros (DC 2009, 1). La reflexión del Instituto ha buscado continuamente centrarse en los criterios de elección (DC 1985, 10-12; AC 1991, 3.2; DC 2003, 44; DC 2015, 44.5) así como los campos de trabajo prioritarios reales (DC 1985, 3; DC 1991, 40-41; DC 1997, 7-8; DC 2003, 38. 50; DC 2009, 62-63; DC 2015, 45.3 y 46; DC 2022, 31), optando por un enfoque ministerial y reorganización, para evitar la dispersión (DC 2015, 43).

La presencia de los combonianos es significativa cuando estamos cerca de grupos humanos marginados o en situaciones de frontera. Sin embargo, esta presencia no siempre hace uso de una pastoral específica cualificada en términos de métodos y habilidades (DC 2015, 45.2). De ahí la necesidad de pastorales específicas en línea con las prioridades continentales, compartidos por varias circunscripciones y que vivían en una colaboración más amplia a nivel interprovincial y continental. De este modo, reduciendo las comunidades en cada país, trabajando en red es posible desarrollar una pastoral específica (DC 2015, 45.3).

Si observamos las prioridades continentales expresadas en los Capítulos, vemos que son de dos tipos: grupos humanos y dimensiones transversales de la misión, es decir, aspectos que deben estar presentes en cualquier contexto y ministerio. Es interesante observar que las prioridades para los grupos humanos, según el carisma comboniano, consideradas a nivel continental, no son muchas. Este es un hecho muy importante, porque ofrece la posibilidad de remediar gradualmente la dispersión y fragmentación de los compromisos del Instituto. En particular, estas prioridades continentales son:

ÁFRICAASIA
Grupos humanos aún no evangelizados
Pastores
Pigmeos
Habitantes de los barrios pobres
Población en un contexto islámicoJóvenes marginados
Migrantes y refugiados
Pueblos no evangelizados
Primera evangelización
Diálogo interreligioso
AMÉRICAEUROPA
Afrodescendientes
Pueblos indígenas
Habitantes de los barrios pobres 
Migrantes y refugiados

Conclusión

En los primeros 20 años tras el Concilio, en la era de los capítulos especiales, la gran preocupación de los institutos religiosos era revisar la vida en su conjunto a la luz del carisma. La profunda y actualizada recuperación del Fundador y de la inspiración primordial se condensó en la Regla de la Vida. Esta investigación también llevó a la revisión de compromisos, es decir, a reflexionar y evaluar qué compromisos correspondían realmente a la inspiración original del fundador. Al mismo tiempo, surge la cuestión de cómo las instituciones gestionan estos compromisos, es decir, el discurso sobre el método. Además del impulso del Concilio Vaticano II, esta investigación continua se ha vuelto necesaria para los grandes cambios hitóricos que también tienen un impacto considerable en el Instituto y en la misión (Pierli 1989).

La necesidad de hacer una síntesis, de encontrar puntos de referencia comunes y compartidos en el Instituto surgió con el nuevo milenio. Entre 2003 (con la decisión tomada en el Capítulo General) y 2012, se llevó a cabo un trabajo que involucró a todo el Instituto sobre la Ratio missionis, una reflexión teológica sobre la misión y metodología comboniana. Tras la reflexión misiológica de esos años, el proceso tomó en cuenta la necesidad de contextualizar la misión, lo cual se refleja en la elaboración de diferentes modelos de misión.

Sin embargo, una relectura de los documentos del capítulo de 1985 a 2022 nos muestra que en realidad existe un horizonte de referencia en el que se encuentran los misioneros combonianos, permaneciendo en una realidad plural, en la que coexisten diferentes sensibilidades y perspectivas, y sin renunciar a diferencias, sin perder las peculiaridades de distintos contextos. Este horizonte común contiene:

1. Una visión de misión definida por el Magisterio de la Iglesia como Missio Dei.

2.  La misión específica del Instituto, misión Ad gentes, entendido según los signos de los tiempos y el nuevo contexto global.

3.  Seis principios carismáticos que caracterizan el estilo de misión Comboni, que son:

=   La hora de Dios;

=   haciendo causa común;

=   la regeneración de África con África;

=   el Cenáculo de los Apóstoles;

=   la implicación eclesial;

=   y la misión marcada por la cruz.

4.  Tres elementos metodológicos fundamentales, a saber:

=   El anuncio,

=   El enfoque ministerial

=   y la inculturación.

5.  Campamentos de trabajo pastoral prioritario y específicos como vía actual de recualificación.

Creemos que, sobre esta base, es posible construir juntos un camino de recalificación y reorganización del servicio misionero del Instituto, en fidelidad al carisma y en respuesta a los nuevos desafíos que nos plantea la nueva era histórica que se está desarrollando.

Secretariado General de la Misión
Noviembre del 2025

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Bibliografía

Misioneros Comboni. (2012). «Nuestra misión. Experiencia y reflexión. Conclusiones del proceso de Ratio Missionis«.

Pierli, F. (1989). «Introducción», en AA.VV. (1989) Evangelización en África. Para una metodología comboniana. Bibliotecha comboniana, Roma, pp. 7-15.

XIII Capítulo General. (1985). «Documentos capitulares».

XIV Capítulo General. (1991). «Documentos capitulares: «Con Daniel Comboni hoy»».

XV Capítulo General. (1997). «Documentos capitulares: «Comenzando de nuevo desde la misión con la audacia del Beato Daniel Comboni».

XVI Capítulo General. (2003). «Documentos capitulares: «La misión de los misioneros combonianos al comienzo del tercer milenio».

XVII Capítulo General. (2009). «Documentos Capitulares: «Del Plan de Comboni al Plan de los Misioneros Combonianos».

XVIII Capítulo General. (2015). «Documentos capitulares: «Discípulos misioneros combonianos llamados a vivir la alegría del Evangelio en el mundo actual.»

XIX Capítulo General. (2022). «Documentos capitulares: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Arraigados en Cristo junto a Comboni”».

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