1. El contexto: el tecno-capitalismo
La transformación tecnológica más significativa de las últimas décadas es, sin duda, Internet. Su rápida difusión en todo el mundo ha revolucionado nuestra forma de comunicarnos, informarnos, relacionarnos, consumir y trabajar. Treinta años después de su nacimiento, sin embargo, ya somos conscientes de que los ideales inspiradores de Tim Berners-Lee —un web al servicio del bien común, instrumento de liberación, conocimiento compartido y participación democrática— pueden ser fácilmente distorsionados y transformados en herramientas de opresión, mentira y manipulación.
El neoliberalismo se presenta hoy como paradigma económico único, imponiendo reglas homogéneas para interpretar las interacciones sociales. Se ha adaptado con sorprendente rapidez a los cambios tecnológicos, doblando en su provecho principios éticos que, en su origen, estaban animados por un auténtico deseo de construir comunidad. La antropóloga y experta en cultura digital Remedios Zafra define esta simbiosis entre capitalismo y tecnología como «tecnocapitalismo». Su principal temor es que el capitalismo, por naturaleza desinteresado en la dimensión moral de las relaciones humanas, busque únicamente el beneficio económico. Así, no existe ninguna atención al bien común ni a la construcción de una ética colectiva que mejore la sociedad.
Asistimos a un capitalismo que se ha reinventado explotando las nuevas posibilidades del online. Sus campañas publicitarias ultra-segmentadas no se limitan a responder a las necesidades, sino que anticipan y construyen deseos, alimentando un consumismo sin frenos. El ser humano se reduce a mercancía: a la vez consumidor y productor de datos, se convierte en un nodo más de la red. El sistema tecno-capitalista, sin embargo, no atribuye el mismo valor a todos. Desecha a quienes no son productivos: ancianos, personas con capacidades diferentes, pobres. Es la «cultura del descarte», denunciada en repetidas ocasiones por el Papa Francisco, que reduce a la persona a un índice de rendimiento. Una economía que excluye, carente de rostro humano, está abocada al fracaso.
Las redes sociales, nacidas con la promesa de conectarnos y crear comunidades abiertas, plurales y democráticas, transforman al usuario en productor de datos y consumidor obligado de publicidad. A cambio, le ofrecen métricas generosas para alimentar su ego. Pagamos sobre todo con nuestro tiempo, aturdidos por el «scroll infinito» que muchas plataformas han introducido como funcionalidad central. El tiempo, ese recurso inmaterial que dice mucho sobre quiénes somos y sobre nuestras prioridades, se fragmenta y dispersa en una continua demanda de atención. Y nosotros, no somos inmunes a esta deriva.
Existe un fuerte vínculo entre neoliberalismo e individualismo. Puesto que uno de los pilares del capitalismo es el consumo, el individuo se convierte ante todo en consumidor. En el paradigma de la web es un «prosumidor«, es decir, uno que consume y al mismo tiempo produce información: en la mayoría de los casos, simplemente datos. Así, su principal contribución al sistema se convierte en el consumo de datos y publicidad. La productividad se reduce a la capacidad de generar visualizaciones para atraer publicidad, en un ciclo sin fin de likes, corazoncitos y links compartidos. Se refuerza una visión engrandecida del yo, fundada en la reputación personal, la posesión y la gratificación inmediata. Por el contrario, se debilitan identidades fundadas en la gratuidad, en el cuidado, en las relaciones desinteresadas y en la construcción de comunidades basadas en intereses compartidos.
Otro elemento que alimenta el individualismo es la competitividad: una excesiva atención al éxito personal en detrimento de las dinámicas colaborativas. De ello deriva la convicción de que cada uno obtiene lo que merece y que el éxito o el fracaso son puramente individuales, ignorando la complejidad de los factores en juego. Así se pierde el sentido de la responsabilidad compartida, esa dimensión social esencial para nuestro crecimiento humano y espiritual.
Las plataformas digitales deberían abrirnos a la pluralidad y diversidad de la realidad; en cambio, analizando nuestras elecciones personales, refuerzan formas de comunicación cada vez más similares a nuestros gustos, impidiendo el encuentro con lo diverso. Una de las grandes víctimas de internet es la verdad: cada uno parece construirse la suya, defendiéndola con argumentos tomados de la red incluso para las opiniones más peregrinas. Para un cristiano la verdad existe, es una y tiene un nombre (Jn 14,6). Nadie la posee: estamos llamados a caminar hacia ella con humildad, dejándonos interrogar por el grito de la realidad.
A reforzar la influencia de internet llegó el smartphone, que gracias a sus inmensas redes de comunicación ha alcanzado una difusión impresionante en todo el mundo. En pocas décadas se ha convertido en un dispositivo esencial de la vida cotidiana. Estamos disponibles siempre, a cualquier hora. Sus posibilidades fascinantes han generado una profunda discontinuidad socio-cultural para la cual todavía no tenemos un marco ético que nos ayude a un uso auténticamente humano: es decir, una herramienta que favorezca realmente el encuentro y no nos haga dependientes de sus continuas demandas de atención. Sabemos bien que, también entre nosotros, el teléfono móvil ha introducido una lógica de disponibilidad inmediata que a menudo entra en conflicto con el silencio, la contemplación y la calidad del tiempo comunitario.
A este listado de efectos no puede faltar una referencia a la Inteligencia Artificial (IA), tecnología fascinante que ya tiene un impacto directo en nuestra vida. Existen reflexiones serias sobre su dimensión ética, que subrayan el riesgo de su poder deshumanizante: delegar a una máquina aspectos intrínsecamente humanos. También la creatividad está amenazada. No podemos permitirnos, por pereza, dejar que una máquina cree en nuestro lugar: crear es lo que nos hace humanos. La IA puede ser una buena aliada, pero no un sustituto.
La vida religiosa no es inmune a todo esto. A pesar de nuestro largo camino de formación, el tecno-capitalismo —como un caballo de Troya— ha penetrado sutilmente en nuestras dinámicas comunitarias. Internet influye negativamente en el tiempo y en la calidad de nuestra vida fraterna, y por tanto en nuestra misión. Pasamos demasiado tiempo frente a las pantallas, restándoselo al encuentro con las personas, que son el corazón de nuestra consagración. Sería absurdo negar el potencial positivo de internet, en los términos indicados por Berners-Lee, pero es urgente reflexionar sobre lo que internet está haciendo a nuestras vidas, a nivel personal, comunitario y misionero: tres dimensiones profundamente entrelazadas en nuestro carisma comboniano.
2. Los efectos del tecno-capitalismo en la vida comunitaria
El paradigma del tecno-capitalismo tiende a basarse en una antropología individualista, que erosiona el bien común y reduce a la persona a un simple recurso. Esta visión utilitarista nos lleva a percibir a los hermanos como oportunidades para alcanzar nuestros objetivos, transformando al otro en función de nosotros mismos. El resultado es el sacrificio de la comunidad y de la solidaridad: relaciones construidas sobre la funcionalidad y la superficialidad. Pero el individualismo no solo nos aleja emocionalmente de los demás: los transforma en competidores o, peor aún, en instrumentos para nuestras ambiciones personales.
El binomio ventas online-publicidad tiene un enorme impacto en nuestros hábitos de consumo descontrolado. La facilidad de obtener cualquier cosa en tiempos rapidísimos es extremadamente gratificante. Además de la cuestión de los gastos superficiales —ya de por sí problemática— hay un tema más profundo: la búsqueda de compensación a través del acto de comprar. Criticamos a menudo estos modelos sociales, pero no es difícil reconocerlos también dentro de nuestras comunidades. Sin olvidar el impacto ambiental de estos comportamientos y sus graves implicaciones a lo largo de todo el ciclo de producción y distribución. Como misioneros, estamos llamados a una ecología integral que tenga en cuenta no solo de la tierra, sino también de las relaciones humanas.
El tiempo es ese recurso inmaterial que dice mucho sobre quiénes somos y sobre las prioridades de nuestras vidas. Hoy pasamos muchísimo tiempo frente a una pantalla. Ciertamente muchas actividades apostólicas requieren comunicación online y el uso del ordenador como herramienta de trabajo. Pero debemos preguntarnos cuál es la calidad de ese tiempo. Hemos oído decir que las redes sociales nos acercan a quien está lejos y nos alejan de quien está cerca. Generan un distanciamiento emocional del aquí y ahora, fundamental para nuestro servicio pastoral. El Papa León recordaba a los Superiores Generales que el mundo digital puede influir negativamente en nuestro modo de construir y mantener relaciones. El riesgo es claro: mientras creemos expandir nuestra presencia, en realidad podemos reducir la posibilidad de encuentros reales.
Nuestra salud comunitaria se va deteriorando. Aunque vivimos bajo el mismo techo, el tiempo cualitativo que nos dedicamos es cada vez menos, y esto nos lleva a perder interés los unos por los otros. El Capítulo de 2009 nos recordaba: «La vida fraterna es un elemento fundamental e indispensable para nuestro crecimiento espiritual y el servicio misionero. Para alcanzar estos fines debemos dedicar el tiempo y la atención necesarios» (n. 32). No vivimos con personas que hemos elegido, sino con hermanos llamados —como cada uno de nosotros— a una misión común. Esta llamada compartida nos invita a ver la comunidad como una realidad carismática, no como una simple estructura funcional al servicio de la misión. La comunidad tiene un valor en sí misma, como portadora de una Palabra que anuncia la Salvación. Frente a la lógica funcionalista del capitalismo, la comunidad expresa la lógica de la acogida incondicional del hermano. En comunidad no se mide cuánto produce cada uno.
La comunidad es una escuela de vida. Cada uno lleva consigo su propia fragilidad, pero la comunidad no es la suma de las fragilidades de sus miembros. Solo a través de una profunda aceptación mutua estas fragilidades pueden transformarse en fuente de vida. Precisamente porque reconocemos que somos frágiles, podemos abrirnos a la necesidad de la ayuda que nos viene desde fuera. Esto nos hace también más humildes en nuestro apostolado. ¿Cómo podríamos hablar de perdón y reconciliación entre los pueblos, si sabemos lo difícil que es perdonar al hermano que vive con nosotros?
En este sentido nuestra vida intercultural es una oportunidad única para abrirnos al otro, a lo diferente. Nos ayuda a relativizar nuestra cultura, o al menos a situarla en un plano distinto respecto a lo que nos hace verdaderamente humanos, donde encontramos una conexión auténtica. Las relaciones interculturales son complejas, requieren tiempo y energía, pero representan una ocasión de conocimiento de sí mismo que amplía nuestra comprensión personal dentro del grupo. Y sin embargo, también aquí, la cultura digital nos tienta: ofreciéndonos conexiones superficiales, una comprensión ilusoria de lo «diferente», sin el tiempo necesario para la escucha verdadera.
No podemos ignorar el enorme impacto del teléfono móvil en nuestra vida comunitaria. Momentos privilegiados de compartir —como las comidas o las reuniones— son continuamente interrumpidos por las solicitudes del dispositivo. Es frustrante conversar con alguien que está físicamente presente, pero constantemente ocupado en responder a los mensajes de WhatsApp. A nivel personal, provoca interrupciones continuas de nuestras actividades, reduciendo drásticamente la capacidad de concentración. Ya se habla abiertamente de patologías ligadas a la dependencia del smartphone. También la oración común sufre: ¿cuántas veces nos encontramos rezando con la mirada distraída, la mente aún en las últimas notificaciones?
3. Pistas para una comunidad misionera
Después de haber evidenciado los efectos del paradigma tecno-capitalista sobre nuestra comunidad y misión veamos algunas pistas que puedan iluminarnos para superar los límites que nos impone. Sobre todo el problema del individualismo, que es el desafío actual más grande que tenemos en nuestra metodología misionera. Una comunidad misionera va más allá que la suma de los talentos individuales. Los fundamentos son los siguientes:
- Teológico: tiene su punto de partida en la misma acción de Jesús que envía a sus discípulos de dos en dos y construye una comunidad que anuncia. Este ir y estar juntos es en si mismo expresión de un nuevo tipo de relaciones. La buena noticia es en primer lugar oportunidad de conversión para el mensajero. La fraternidad vivida entre los discípulos es signo de credibilidad del anuncio: la misión comunitaria no solo transmite un mensaje, sino que encarna un estilo de relaciones nuevas, reconciliadas y fraternas entre personas que comparte una llamada común. La comunidad misionera hace visible que el Dios que se anuncia es comunión y que la salvación no es solo personal, sino también comunitaria.
La encíclica Laudato Si ha iluminado un aspecto tantas veces olvidado o polarizado: el encaje de la promoción humana al interno de la acción misionera. Al hablar de ecología integral, Papa Francisco nos dio las claves para entender la misión como una unidad que abarque todas las realidades de la persona. Algo que también comprendió e impulsó Comboni. Hoy día existe el peligro de olvidar dimensiones fundamentales de la evangelización y poner demasiado énfasis en la pastoral sacramental lo que significa en empobrecimiento de nuestra acción misionera. La comunidad, que recoge la diversidad y sensibilidad de sus miembros abre el horizonte a una perspectiva más amplia para una respuesta integral. Las dimensiones personales, sociales, espirituales se refuerzan mutuamente y ayudan a no caer en los extremos del espiritualismo o del materialismo.
- Carismático: Para Comboni el cenáculo de apóstoles es un elemento fundamental de la misión. Desde su primera experiencia de Santa Cruz descubrió la importancia de la comunidad como ayuda mutua a nivel personal, pero también en la actividad pastoral. Nuestra historia y tradición han sabido codificar este valor en la Regla de Vida. El individualismo no es un problema nuevo, pero hoy se manifiesta con mucha más fuerza debido al fuerte impacto que el paradigma del tecno-capitalismo tiene sobre nosotros. La comunidad es lugar donde se vive y actualiza en carisma en diálogo con la realidad misionera concreta. Son múltiples las realidades donde hoy se revelan “los más pobres y abandonados”. Como Instituto estamos llamados en cada lugar a identificar el sentido del Carisma hoy. La comunidad es ese espacio privilegiado para el discernimiento de campos y métodos misioneros, porque es la comunidad la que toca la fibra humana de misioneros de carne y hueso que se sienten interpelados a dar una respuesta. Necesitamos desarrollar una metodología concreta que responda a los desafíos y al mismo tiempo que siente las bases de un “saber hacer” que se pueda perpetuar en el tiempo y vaya más allá de las competencia de los individuos. Esto requiere confrontarse, evaluar periódicamente, abrir las puertas a la frescura del Evangelio. Ser capaces de documentar un apostolado a nivel comunitario es una gran riqueza para todo el Instituto ya que puede inspirar otros a emprender nuevas iniciativas en diversos contextos. Una vez que se entra en la lógica de la misión comunitaria es fácil abrirla a otras esferas de la vida de la iglesia local, el laicado o incluso a otras realidades de índole social. Es una nueva forma de entender la misión como un cuerpo y no desde una sobre-identificación con una obra particular.
- Antropológico: En comunidad cada uno llega con talentos únicos, expresiones de los dones recibidos. Cuando son acogidos se convierten en instrumentos originales e irrepetibles. Pero la tentación de la lógica de la eficiencia nos lleva a construir una imagen artificial, monótona y en serie de las personas, definidas por un job description. El individuo se reduce así a funciones que desempeñar; cualquiera que tenga las mismas competencias podrá ejecutarlas del mismo modo. Así se anula el don que la persona es en sí misma. Cada uno trae algo nuevo y diferente, que solo con los ojos de la fe podemos comprender. Nadie es sustituible: todos contribuimos con sensibilidades y talentos diferentes. Ciertamente se necesitan competencias específicas para algunos servicios, pero más allá de esto la interacción con la misión concreta es siempre nueva. Cuando una persona deja un servicio, no puede ser simplemente reemplazada: otro llegará con otros dones y otras formas de hacer.
La vida intercultural se convierte en una ocasión privilegiada de apertura y de conocimiento de la realidad. Construir una misión dentro de contextos interculturales significa abrirse a una pastoral en la que las diferencias no son un obstáculo, sino la manifestación de las innumerables facetas de la realidad vistas con la mirada del misionero. Ningún grupo cultural puede monopolizar la visión misionera del Instituto —una sitación en la que es fácil caer. Por eso, en la medida de lo posible, hay que crear comunidades y circunscripciones que representen la riqueza multicultural que nos constituye.
Algunos apostolados agotan a las personas. A menudo falta integración en la comunidad y reflexión sobre lo que se hace. Cada uno está llamado a encontrar una «distancia justa» respecto al compromiso: no somos funcionarios de una obra, ni nos dejamos aplastar por el peso de las injusticias contra las que luchamos cada día. Es urgente restablecer dinámicas de formación permanente en la comunidad que den espacio al crecimiento personal. El trabajo interior y la transformación de las injusticias forman parte de un único movimiento de liberación: son dos ámbitos que se sostienen mutuamente y llevan en sí la verificación de su autenticidad. Aquí radica la verdadera sostenibilidad: una acción pastoral que nutra la vida comunitaria, la fe, la pasión por la misión y por los empobrecidos.
- Social: La periferia es lugar cualificado de misión: Una comunidad misionera es aquella que sabe situarse no en el centro ocupando espacios, sino en la periferia, lugar teológico por excelencia: es el hacer causa común con el camino de un pueblo. Es el contexto justo desde el cual leer la realidad, dejándonos interrogar por su complejidad y por sus contradicciones. El Papa León nos recuerda en Dilexi te: «…… hay que reconocer una vez más que la realidad se ve mejor desde los márgenes y que los pobres son sujetos de una inteligencia específica, indispensable para la Iglesia y para la humanidad» (DT 82). Este «estar ahí» nos transforma: cambia nuestro modo de ver, para acercarlo cada vez más a cómo Dios mismo contempla y abraza la realidad. Internet nos da la impresión de estar en todas partes, alimentando relaciones múltiples; pero es fácil perder el presente y el contexto local como lugar teológico, Palabra encarnada, el espacio-tiempo donde tejemos nuestras vidas. El mundo virtual genera sensaciones gratificantes, pero arriesga alejarnos del mundo real, en su concreción. Lo digital impone un filtro que distorsiona y oculta dimensiones esenciales de la persona.
- Profético: La comunidad religiosa es palabra profética que desafía al individualismo generado por el tecno-capitalismo. Da testimonio de que es posible vivir de otra manera, poniendo el cuidado de la persona antes que la eficiencia y la productividad; viviendo según la lógica del perdón y del compartir; construyendo relaciones en las que se reconoce a Cristo en el hermano y en la hermana. Todo esto es posible solo en la fe. Es una forma de vida que ilumina a una sociedad fragmentada.
Conclusión
Nos enfrentamos a una realidad marcada por el flagelo de la guerra, por el crecimiento de la pobreza y de la exclusión. El tecno-capitalismo continúa conquistando nuevos espacios e imponiéndose como paradigma dominante, prometiendo soluciones basadas en un crecimiento económico infinito que alimenta la ambición personal y el individualismo, erosionando la dimensión social, esencial para nuestro desarrollo humano.
Hemos visto el fascinante atractivo de la tecnología y sabemos que no somos inmunes al riesgo de ser instrumentalizados en sus dinámicas deshumanizantes. La vida religiosa es una alternativa a este sistema: da testimonio de una forma de vida radicalmente diferente, valora la comunidad como lugar donde se construye una alternativa al individualismo. Es profecía en sí misma, cuando sabe situarse en las periferias, desde donde imaginar posibilidades nuevas a partir del Evangelio.
Pero sigamos siendo humildes: quizás no logremos cambiar el mundo; lo que está en nuestras manos es dejarnos cambiar, permitir que el Espíritu habite en nosotros para transformarnos en instrumentos de la misericordia del Padre. Lo que nos distingue como cristianos es que nuestra esperanza no depende de las condiciones externas, siempre cambiantes, sino que tiene su origen en el evento salvífico de la Cruz, desde donde aprendemos a leer la historia.
Hno. Alberto Lamana, MCCJ
