Introducción

El título que hemos adoptado puede llevar a algunos lectores a una percepción apresurada, incluso antes de leer el texto: que estamos preocupados por la supervivencia de los institutos misioneros debido a la falta de vocaciones misioneras en Europa. Decimos inmediatamente que no es éste nuestro punto de partida, aunque, como veremos, la cuestión de la falta general de vocaciones misioneras en Europa no puede evitarse cuando hablamos de institutos misioneros en este continente.

Nuestro punto de partida es otro: la percepción de un desarraigo de los Institutos misioneros de las Iglesias locales de Europa. Por un lado, parece que las Iglesias de Europa ya no reconocen a los institutos misioneros como su expresión misionera actualizada y, por otro lado, parece que los institutos misioneros se han alejado de la sensibilidad y la vida de las Iglesias europeas. Evidentemente, sólo hablamos de los institutos misioneros en Europa y no nos referimos a su situación en África, por ejemplo, donde su fecundidad apostólica es evidente y su inserción en las Iglesias locales es más fácil y menos problemática.

Este nuestro punto de partida puede no ser compartido y/o rechazado. Pero es a partir de esta observación que empezamos. Ante la evidente falta de fecundidad y creatividad apostólica (que va mucho más allá de la cuestión de las vocaciones), pensamos que no se puede evitar la cuestión del arraigo, o la falta de este, de los institutos misioneros en las Iglesias locales que los han visto nacer.

Escribimos en primera persona del plural, porque queremos captar la benevolencia del lector e involucrarle en la escritura de la narración, quizás construyendo la suya propia, adoptando lo que aquí se propone o integrándola con diferentes puntos de vista.

Agotamiento carismático

Para empezar, trabajemos un poco en nuestro punto de partida.

Los institutos misioneros en Europa parecen haber llegado a una situación de agotamiento carismático y apostólico. Las vocaciones son una expresión del arraigo de un carisma en la Iglesia local. Pero no son la única… Los institutos misioneros en Europa, de hecho, parecen inciertos también en lo que respecta a la identidad de su carisma en el contexto de las Iglesias locales europeas. En los dos últimos decenios han abrazado las causas apremiantes del momento europeo (lobbying por la justicia y la paz, los migrantes, la lucha contra la explotación de las personas, contra la producción de armas, la protección del medio ambiente y la ecología…) pero no han logrado imponerse como sujetos de la evangelización del continente, ofreciendo a las Iglesias locales iniciativas y caminos de presencia y de anuncio cristiano, de iniciación y de acompañamiento eclesial de personas y grupos. Esta referencia nuestra al agotamiento apostólico de los institutos misioneros en Europa está ligada a una pérdida del impulso carismático que caracteriza, según algunos análisis históricos, la vida de los institutos después de un cierto tiempo de su fundación. Algunos análisis hablan de cien años y concluyen que esa sería la situación de los institutos en Europa.

La animación misionera y la promoción vocacional han seguido siendo el principal ámbito de la presencia y de la actividad de los misioneros (incluidos los combonianos) en Europa en los últimos veinte años, llevadas a cabo con un número considerable de personas y una gran variedad de iniciativas. Pero la sensación creciente, en este período, es que estas actividades están perdiendo terreno y el modelo de presencia que encarnan ya no se adhiere a la realidad eclesial. Por una parte, es evidente el contraste entre los medios comprometidos y los frutos apostólicos y carismáticos obtenidos; por otra parte, especialmente en lo que se refiere a la promoción vocacional, parece evidente que el modelo seguido ha perdido su capacidad de motivación. El transcurso de estos años ha demostrado que los jóvenes candidatos no sólo son pocos, sino que estos pocos no consiguen sentirse motivados por un camino de formación que conduzca a la consagración para la misión, y abandonan fácilmente el camino emprendido.

No faltarán los que pidan pruebas de lo que se ha dicho. Pero, en lo que a nosotros respecta, no se necesita ninguna otra prueba para lo que es evidente. Por lo tanto, esta situación es el punto de partida que adoptamos cuando hablamos de agotamiento apostólico y carismático. Es nuestro deseo, sin embargo, que el texto, con la dosis de provocación que tiene, pueda ayudar a profundizar en la cuestión, y sirva para animar la reflexión de aquellos que desean comprender lo que sucede con los institutos misioneros en las Iglesias de Europa.

Creo que con el lector tenemos una perspectiva común: esta reflexión, aunque urgente y necesaria, no es lo que depende el futuro de los institutos misioneros en Europa. Este futuro depende de Dios y de la historia que está escribiendo en las Iglesias del continente, en la vida de los institutos mismos y en la forma en que respondemos a ella; a Dios, por lo tanto, nos encomendamos, en este intento de interpretación, con la confianza que tuvieron los grandes fundadores misioneros. Para San Daniel Comboni, como bien sabemos, las dificultades, las cruces, eran un signo evidente de una acción oculta de Dios, de su hora, porque «las obras de Dios nacen y crecen al pie de la Cruz,” ([1]) en medio de las dificultades. Invocamos, de esta manera, su confianza en Dios y su «coraje, para el presente y, sobre todo, para el futuro» ([2]).

La hora del regreso

En muchos sentidos, para los institutos misioneros en Europa, más que la hora de salida (de la salida), es la hora de regreso. De hecho, gran parte de los recursos actuales, personas y medios, de los institutos misioneros en Europa se destinan a acoger a los misioneros que regresan a sus países e Iglesias de origen, por razones de edad y/o salud. Esta acogida es admirable y debe ser reconocida y apreciada como una respuesta positiva y muy hermosa de los institutos al desafío de su propio envejecimiento.

En los dos últimos decenios, el desarraigo de los institutos misioneros en Europa se ha visto acentuado por dos factores: la insuficiencia de las estructuras de integración heredadas del pasado; y el envejecimiento de los miembros. Mientras que para el primer factor ha habido respuestas, no ha habido forma de frenar el segundo.

De hecho, el envejecimiento de los miembros de los institutos misioneros en Europa se ha precipitado inexorablemente. Si observamos a los misioneros combonianos en Europa, podemos decir que la situación actual de las provincias de habla italiana y alemana es emblemática de lo que está sucediendo con las demás, con las debidas diferencias de proporción. Una mirada a la provincia italiana, por ejemplo, revela que los 254 combonianos italianos presentes actualmente en su provincia de origen tienen una edad media de 75,78 años, distribuidos de la siguiente manera: 30, más de 90 años; 89, entre 80 y 89; 59, entre 70 y 79; 46, entre 60 y 69; 21, entre 50 y 59; 5, entre 40 y 49; 4, entre 30 y 39 y ninguno menor de 30 años ([3]).

El envejecimiento es un cuchillo de dos hojas: por un lado, se envejece y por otro, hay menos miembros de edad para poder hacer un cambio apostólico y dar sustancia a nuevas iniciativas carismáticas.

Esta hora de regreso puede ser también la hora de una nueva partida, si no se agotan los recursos humanos y materiales en la acogida, pero también se dirigen a la búsqueda de nuevas iniciativas de enraizamiento en las Iglesias locales, en vista de una renovada fecundidad carismática y apostólica. Sin embargo, algunas provincias combonianas, como España y Portugal, parecen gozar de una mejor situación que las italianas y alemanas porque, si bien es cierto que tienen menos miembros (45 en Portugal y 43 en España), cuentan con un número más significativo de cohermanos en el grupo de edad de 30 a 60 años y viven en un contexto eclesial todavía favorable. Portugal, por ejemplo, todavía tiene 8 personas menores de 50 años de un total de 45, mientras que Italia sólo tiene 9 de un total de 254. La edad media de los combonianos en Portugal (69,2 años para los hermanos y 68,3 para los sacerdotes) es también más baja -aunque no mucho- que en Italia (75,78 años para los hermanos y los sacerdotes). Y los 43 combonianos presentes en España tienen una edad media de 66,7 años, y entre ellos, 4 tienen menos de 50 años. Sin embargo, hay que señalar que el hecho de que las provincias de Portugal y España hayan tenido un promedio de cohermanos más jóvenes en el pasado reciente no les ha facilitado la búsqueda de nuevos caminos de inserción.

Un contexto desafiante

El contexto social y eclesial europeo en el que nos encontramos, es decir, el posible escenario de este deseable punto de inflexión es particular: por un lado, ofrece nuevas posibilidades inherentes a la crisis, por otro lado, redibuja el marco de inserción de una manera radicalmente nueva. En este sentido, hay cuatro procesos en curso, que caracterizan el contexto en el que viven los institutos misioneros en Europa.

El primer proceso es ambivalente: el imparable proceso de secularización que está de-construyendo la sociedad europea y encerrando la dimensión religiosa en la esfera individual; la ampliación de la «sociedad líquida» ([4]) que marca el ambiente post-cristiano que se respira en Europa, especialmente entre los jóvenes. Un proceso del que todos parecemos ser conscientes, pero al que no hay respuesta, en lo que respecta a la evangelización ([5]).

La iniciativa de la nueva evangelización [la idea de la nueva evangelización fue lanzada por Juan Pablo II ([6]), pensando sobre todo en la evangelización de Europa], con la creación del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización ([7]), no despegó como respuesta al desafío: el Consejo dejó fuera a los institutos misioneros, sus iniciativas pronto perdieron vigor, reduciéndose a una orilla burocrática de desembarco para un nuevo grupo de curiales.

Con el pontificado del Papa Francisco, el Dicasterio para el Servicio de Desarrollo Humano Integral ([8]) tomó la iniciativa y asumió el liderazgo. En medio del año de la pandemia, el Dicasterio logró que el Papa aprobara una intensa agenda de actividades y reuniones, transmitiéndola como la respuesta oportuna al desafío de la evangelización. Esta vez, los institutos misioneros parecen ser capaces de comprometerse con estas iniciativas, dadas las dimensiones de la misión que han subrayado en Europa [como lo demuestra la iniciativa lanzada por la familia comboniana en Italia en octubre de 2020 ([9]), inspirada en los tres documentos más recientes del Papa Francisco: Laudato Si’, Querida Amazonia y Fratelli Tutti. Curiosamente, Evangelii Gaudium queda fuera, no se menciona, en una iniciativa presentada como «obra para la nueva misión» en el mes misionero. Y, al presentar el propósito de esta iniciativa, no se habla de una evangelización que asuma una ecología integral, sino de promover «una conversión ecológica, social, cultural y económica» en la «esperanza de que de esta obra pueda nacer un movimiento popular» ([10])].

La otra iniciativa, también lanzada por Juan Pablo II, pensando en la evangelización de los jóvenes (las Jornadas Mundiales de la Juventud) y que ha visto la implicación de parroquias, movimientos, nuevas comunidades, no ha logrado interesar a los institutos misioneros en Europa. Éstos, en general, se han mantenido al margen de estas iniciativas y no han invertido en su realización ni han capitalizado en el dinamismo que han generado entre los jóvenes cristianos del continente.

El segundo proceso en el contexto europeo es negativo: la crisis económica que comenzó en 2008 ha desencadenado una bomba de tiempo en la cuestión de los recursos y la sostenibilidad de los institutos misioneros y sus iniciativas misioneras, con el comienzo de una disminución muy significativa del apoyo material de los benefactores individuales e institucionales en Europa.

El tercer proceso, claramente positivo, es el pontificado del Papa Francisco, que ofreció a los institutos misioneros un magisterio favorable, renovado y atractivo sobre la actualidad del carisma misionero, con su propuesta de una configuración misionera de toda la Iglesia ([11]). La acción y el magisterio de Francisco tienen un doble valor: la de-construcción de un modelo de Iglesia y misión en crisis y la propuesta de un modelo alternativo ([12]). Y, aunque el actual pontífice aparece más eficaz en su trabajo como «picconador» (a avaluar por el impacto de sus declaraciones en los media) que como «proponente» eficaz ([13]), su acción y su magisterio constituyen una promesa para todos en la Iglesia, especialmente para los institutos misioneros. Naturalmente, les corresponde explorar y apropiarse, según su carisma y posibilidades, de la propuesta misionera y la narrativa del Papa.

El cuarto proceso, difícil (aún) de caracterizar, es la pandemia que ha golpeado a Europa, como en otros continentes. Con diferentes formas, tiempos y ritmos, la pandemia puso la vida de todos patas arriba y puso el futuro en espera. En particular, socavó el paradigma de la inserción de los institutos misioneros en las Iglesias de Europa, una inserción que se basaba en la movilidad de los misioneros y la convocatoria de personas y la recogida de ayudas. Los institutos, al igual que las iglesias del continente, han demostrado ser bastante incapaces de ir más allá de lo que todo el mundo dice y decir esa Palabra de Vida que ayuda a encontrar el sentido de lo que vivimos y a dar respuestas a las incertidumbres que se gestan en nuestro interior. Esta palabra es la que lleva el Evangelio del Reino y su testimonio y anuncio siempre fueron, desde San Pablo, llamados evangelización.

La pandemia continúa y, por supuesto, es difícil predecir, mientras escribimos, cómo irán las cosas y qué dejará la actual tormenta en las costas de la vida de la Iglesia y los institutos misioneros ([14]). Pero muchos coinciden en profetizar que las cosas no volverán a ser como antes y que el cambio de época, que ya experimentamos a principios del siglo XXI, quedará definitivamente marcado por esta pandemia y por los despertares espirituales, culturales y políticos que provocará y nos dejará. Esto no significa que las cosas se facilitarán para el cristianismo en Europa y que la pandemia dará un impulso a la evangelización del continente, como se podría haber esperado en un principio: al contrario, también hay autores que coinciden en que con la pandemia la secularización en Europa ha avanzado diez años ([15]).

Considerar los orígenes

El Papa Francisco, en varias ocasiones, nos ha invitado a mirar la historia para arrojar luz sobre el presente. Me gustaría volver a su último recordatorio ([16]): «Sólo de la verdad histórica de los hechos puede nacer el esfuerzo permanente y duradero de entenderse y de intentar una nueva síntesis para el bien de todos».

Nacidos en el siglo XIX, particularmente en las Iglesias de Europa Central (norte de Italia, Francia, Austria y Alemania…), con un marco canónico diversificado (Sociedades de Vida Apostólica y Congregaciones Religiosas de votos simples…), los Institutos Misioneros ad Gentes trabajaron sobre tres postulados fundamentales: 1. La urgencia del anuncio cristiano y la necesidad del bautismo, en obediencia al mandato misionero de Cristo; 2. La iniciación y el acompañamiento de las comunidades cristianas, las Iglesias locales, en los distintos continentes; 3. La acción a favor del desarrollo humano y la transformación social, política y económica de los pueblos.

Detrás del florecimiento de los institutos misioneros encontramos una multiplicidad de factores, ya estudiados por los historiadores de la Iglesia ([17]).

El primer factor fue el amplio movimiento misionero del siglo XIX, que encarnó la apertura más significativa de la Iglesia de la época. No fue una huida hacia adelante, sino un verdadero «ir a las periferias», un «experimentar el dinamismo de una Iglesia en salida», para usar las palabras que el Papa Francisco usa hoy en día ([18]). Los fundadores misioneros -y los que les siguieron en la aventura de ir más allá y buscar una nueva relación con los pueblos, sus culturas y religiones- se negaron a permanecer prisioneros de las tensiones de la Iglesia de su tiempo y espacio geográfico y se lanzaron a iniciativas misioneras innovadoras. En su amor y su adhesión a la Iglesia, intuyeron que los tiempos cambiaban, pero no se conocían los nuevos caminos de la nueva salida eclesial, tenían que descubrirlos para darles concreción histórica. Es decir, abrirse paso para fundar algo nuevo…

El segundo factor, el apoyo espiritual y material de los grupos de renovación en la Iglesia del siglo XIX. El siglo XIX vio el florecimiento en Europa de una galaxia de grupos y movimientos de oración y vida cristiana, de la cual los fundadores se inspiraron y alimentaron espiritualmente, encontrando formas de encajar en este tejido de Iglesias locales irrigadas por una fuerte levadura de renovación.

El tercer factor, el idealismo de la transformación social inspirado en el Evangelio. En el siglo XIX, se partía de la experiencia cristiana, la liturgia y la vida sacramental, para llevar el Evangelio a la sociedad y para desencadenar la transformación social y cultural inspirada en él. Hoy en día, la perspectiva es diferente y partimos de la realidad para llegar al Evangelio, para bajarlo en ella como levadura. Pero el desafío es el mismo y en el siglo XIX era una perspectiva ganadora, si observamos el optimismo que impulsó a muchos cristianos de Europa a apasionarse por la transformación social inspirada por el Evangelio y a llevar el Evangelio del Reino a África y Asia. Algunos pensadores sitúan en esta visión las raíces del cristianismo marcado por una fuerte dimensión social que caracterizó a la Iglesia de Europa (Francia, Norte de Italia, Alemania, Austria…) desde finales del siglo XIX hasta los años 70 del siglo XX ([19]) y que tuvo en la Acción Católica (con su método de ver, juzgar y actuar propuesto por Joseph-Leon Cardijn) su expresión más estructurada.

Cuarto factor, la alianza entre el clero (muchos protagonistas de las iniciativas misioneras procedían del clero diocesano) y los laicos (artesanos y los llamados «maestros de oficios»…), alianza en la que los laicos eran a veces los más numerosos en las expediciones misioneras, en una época y en una Iglesia que todavía no había llegado a la teología ministerial y a la definición de la misión de los laicos.

Quinto factor, el último en este orden, pero quizás el primero por su novedad e importancia: la alianza con las mujeres y la implicación de las mujeres en la iniciativa misionera y en la promoción de las iniciativas misioneras de la Iglesia y de los institutos nacientes. Por primera vez, en el siglo XIX, encontramos a las mujeres en la vanguardia de la misión cristiana en el mundo y en la animación misionera de la Iglesia ([20]).

Contribución fundamental

La brevedad de este ensayo no nos permite detenernos en otros factores, del contexto social, político y cultural, que influyeron en el renacimiento misionero del siglo XIX en Europa. Recordemos que la condición de la Iglesia en la sociedad europea de la época era muy difícil (las consecuencias de la Revolución Francesa, las luchas por la unificación de Italia, la caída de Roma y el fin del Estado pontificio, el liberalismo europeo, etc.), situación que puede recordar la actual, en particular la deriva de la secularización, el liberalismo económico y la globalización.

Recordemos también que los institutos misioneros tuvieron su época de expansión y actividad fructífera sobre todo desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el Concilio Vaticano II, e incluso después, hasta los años ochenta del siglo pasado. Durante este período, cien años, hicieron una contribución fundamental al arraigo de la Iglesia Católica entre los pueblos de los distintos continentes, especialmente en África y Asia, contribución que los historiadores de la Iglesia reconocen.

Podemos concluir esta visión histórica diciendo que los institutos misioneros, libres de los viejos encuadramientos canónicos y del peso de las tradiciones que pesaban sobre la acción misionera de las grandes órdenes religiosas, han representado nuevos enfoques y metodologías misioneras y han dado un impulso considerable a la acción misionera de la Iglesia Católica, hasta el punto de convertirse en la manifestación más significativa de su apertura al mundo, desde el siglo XIX hasta el Vaticano II, impulsando el establecimiento de Iglesias locales y la promoción y liberación de los pueblos.

El cambio de situación

El final del siglo XX y la transición al XXI acentuaron un giro en la situación de los institutos misioneros en Europa, poniendo de relieve la crisis de su inserción en las Iglesias locales donde nacieron. Los factores fundamentales que predijeron una nueva situación también pueden reducirse aquí a cuatro.

El primer factor, del que ya hemos hablado, es el envejecimiento de los miembros de los institutos y la acentuada, primero y después, total falta de vocaciones misioneras, tanto femeninas como masculinas, en Europa. Las provincias combonianas europeas llegaron a finales de la segunda década del siglo sin ningún candidato en las diversas etapas de formación. Ante esta sorprendente falta de vocaciones, todos hemos escuchado la respuesta que solemos darnos a nosotros mismos: «no tenemos vocaciones, porque no hay más vocaciones en Europa». Pero esta respuesta contiene sólo la mitad de la verdad: no hay en Europa vocaciones para institutos misioneros, para nosotros, pero sí para nuevas comunidades y movimientos; no hay los números del pasado, pero sí los alentadores números de movimientos, diócesis, institutos que han emprendido un proceso en busca de nuevos caminos de enraizamiento carismático en el tejido eclesial y social europeo.

El segundo factor es el advenimiento de una nueva conciencia eclesial que (por varias razones que tienen que ver con el diálogo ecuménico e interreligioso) ya no considera urgente el bautismo o la entrada en la Iglesia de personas y pueblos. La necesidad del bautismo y de la Iglesia para la salvación se ha desvanecido y ya no constituyen una parte decisiva de la motivación para la evangelización. Los modelos de eclesiología que se establecieron después del Concilio Vaticano II no han logrado asegurar el apoyo ofrecido a la misión cristiana por el modelo institucional, prevaleciente en la teología desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, es decir, desde el Vaticano I hasta el Vaticano II, que dio «un fuerte apoyo al esfuerzo misionero con el que la Iglesia va hacia aquellos que no son sus miembros» ([21]). En contraste con la eclesiología institucional, que dominó en el siglo XIX, la eclesiología de comunión que se desarrolló después del Vaticano II «carece de dar a los cristianos un sentido muy claro de su identidad o misión» ([22]). Y la eclesiología sacramental postconciliar es un modelo de iglesia que «da amplio espacio a la acción de la gracia divina más allá de los límites de la iglesia institucional».

En tercer lugar, el surgimiento de la sociedad civil y su dinamismo humanitario, que han dado lugar a nuevas formas de intervención en favor del desarrollo y la promoción humanos. En los diversos continentes, incluida África, han surgido infinidad de organizaciones no gubernamentales (ONG) en respuesta a los retos del desarrollo y a las nuevas causas humanitarias. Este fenómeno ha hecho que el compromiso de las Iglesias sea redundante y ha reducido enormemente el espacio y las posibilidades de implicación de los institutos misioneros en el campo social: por iniciativa propia, o forzada por políticas gubernamentales, los institutos misioneros han comenzado a abandonar las tradicionales estructuras de su compromiso (hospitales, escuelas…) en la promoción de la salud y la educación.

El cuarto factor, también mencionado anteriormente, es la falta de arraigo de los institutos en las Iglesias de Europa. Irónicamente, a principios del siglo XXI, los institutos misioneros se encontraron en las antípodas de la situación que los vio nacer, careciendo, por tanto, del apoyo de las Iglesias locales y de los principales grupos y comunidades de renovación eclesial. Los cristianos europeos y el pueblo en general aprecian nuestro protagonismo social y nuestra dimensión profética [el ministerio social, con el término que se utiliza hoy en día ([23])], nos dan (todavía) su dinero para apoyar nuestras iniciativas, pero ya no nos siguen ni nos ven como la encarnación del compromiso cristiano y misionero que necesitamos vivir y emular hoy en Europa.

¿Cómo hemos llegado aquí?

Llegamos aquí, de dos maneras. Por un lado, las Iglesias locales y los movimientos de renovación se han llamado a sí mismos la misión, en línea con la visión del Vaticano II que ve a las Iglesias locales como sujeto y protagonistas de la misión cristiana en el mundo. Por otra parte, los institutos misioneros han perdido su capacidad de arraigarse en las Iglesias, grupos y movimientos locales, atraídos por sus propias visiones y prácticas misioneras, en línea con la sensibilidad social y política del momento, pero lejos del camino de las Iglesias locales.

La acogida del Vaticano II favoreció, en los años 70, un intercambio de espiritualidades y de experiencias apostólicas entre los diversos institutos misioneros y entre éstos y los nuevos movimientos eclesiales (Focolares, Neocatecumenales, Movimiento Carismático, Comunión y Liberación…). Cómo fomentó un enriquecimiento mutuo de personalidades y testimonios (Roger Schutz en Taizé, Abbé Pierre en Francia, Mani Tese en Italia…) que inspiraron la imaginación de los cristianos de aquellos años.

El conocimiento de la propia historia y la profundización del propio carisma ([24]) les aseguró esta exposición a los carismas de los demás. Pero existía el riesgo de que la exposición al carisma de los demás le hiciera a uno ir a la deriva, en lugar de enriquecerse. En cuanto a nosotros, esto sucedió con los Neocatecumenales y un grupo significativo de Combonianos que, en los años 70 y 80 del siglo pasado, dejaron el Instituto para seguir el Camino.

En el XIII Capítulo General, en 1985, se tomó la decisión de poner fin a este intercambio carismático y mutua visitación apostolica ([25]). Por un lado, se salvó la identidad del carisma misionero comboniano, pero, por otro lado, nos hemos privado de la riqueza de los demás y se hizo un camino misionero más solitario. A decir verdad, la frecuentación espiritual ha continuado (sobre todo con el Movimiento de los Focolares y Comunión y Liberación…), pero de forma individual y «subterránea». En ese momento, parecíamos ser lo suficientemente fuertes para seguir solos, confiados en nuestro carisma y su relevancia; hoy vemos los límites, si no del camino que hemos tomado, de la situación en la que nos hemos venido a encontrar.

Otros dos elementos han contribuido a llevarnos a donde estamos, y deben ser recordados, aunque sea brevemente.

En primer lugar, el sentido de pertenencia formal al Instituto y la creciente falta de una fuerte conciencia de misión compartida. En muchos sentidos, ha crecido un sentido de pertenencia formal que tiende a ver al Instituto como un medio para realizar una vocación entendida como un proyecto personal. El énfasis de la vocación misionera se ha desplazado a la persona, a sus dones personales y carismas, con la consiguiente reducción de la conciencia de una misión común, llevada a cabo en fraternidad y en el intercambio de puntos de vista y medios.

En segundo lugar, las ambigüedades de las elecciones realizadas con vistas a una nueva inserción en Europa. Las opciones realizadas (parroquias, compromisos con los migrantes, justicia y paz…), a pesar de su valor de presencia y testimonio, no se han establecido como formas eficaces de arraigo carismático, capaces de obtener reconocimiento eclesial y fuerza de atracción carismática. Esta inserción no ha producido, por ejemplo, un movimiento misionero significativo en las Iglesias de Europa, apoyado por institutos misioneros; cada Instituto se ha adaptado, con dinámicas de supervivencia inmediata.

Entre nosotros, los combonianos, esta búsqueda de nuevas formas de inserción en las Iglesias locales ha llevado al asumirse de parroquias: pensemos en Palas del Rey y Granada, en España; Castel Volturno en Nápoles; Santa Lucía, en Palermo; Camarate y Apelação, en Lisboa; Roehampton Road, en Londres [estas iniciativas y presencias, acomunadas con el trabajo con los migrantes, tienen lugar en el contexto de las parroquias, con la excepción de la presencia en Roma con el ACSE ([26]). [En la DSP (Deutschprachige provinz) los combonianos tuvieron una experiencia de inserción, en leste de Alemania, en Hahle, durante 10 años sin parroquia y 3 con la parroquia. La experiencia terminó y hoy la provincia tiene la responsabilidad de una parroquia en Gratz; en cambio, el camino se ha abierto a un compromiso de los combonianos en las parroquias como colaboradores remunerados. Hay que recordar que actualmente se está llevando a cabo un profundo proceso de reestructuración de las parroquias en la Iglesia de Alemania. En Italia, el CIMI ha buscado una iniciativa de implicación con los migrantes llevada a cabo por una comunidad intercongregacional ([27]), sin el compromiso de la parroquia, pero los combonianos no se han implicado hasta ahora].

La asunción de las parroquias, sin embargo, no parece haberse revelado como una forma de inserción que libere el dinamismo evangelizador del carisma. Considerada y aceptada como la única forma de inserción posible (sobre todo por algunos obispos locales), no se ha podido hacer un avance y convertirla en una forma de inserción emblemática que revele la vitalidad del carisma comboniano en una Iglesia local de Europa. La búsqueda de este punto de inflexión continúa (en los encuentros de los combonianos comprometidos en las parroquias de Europa) y debe ser fomentada para devolver la justicia carismática a esta forma de inserción.

Una mirada a los números, aunque esto no explique cómo llegamos aquí, puede dar una idea más precisa de la situación. En 1996, los misioneros combonianos alcanzaron el número más alto, 1839; desde entonces han comenzado un proceso de disminución que los llevó a 1510 a finales de 2020. Los combonianos que pertenecían originalmente a las provincias europeas, en 1996 eran 1422 y tenían 43 candidatos en teología; hoy son 758, la mitad de ellos, y no tienen ningún candidato en teología y el noviciado europeo está suspendido. Los combonianos de afiliación juridica a las provincias de Europa (es decir, los que actualmente están presentes en el continente) en 1996 eran 461; a finales de 2020 son 412. El número de sus presencias en el continente se ha mantenido, pero la situación se ha invertido, en lo que respecta a la edad: mientras que en 1996 la mayoría estaba todavía en un grupo de edad activo, en 2020 la mayoría está en el grupo de edad de 70 a 90 años.

Un carisma en la historia ([28]

Una reflexión sobre el carisma comboniano en la historia nos revela que el nuestro es un carisma nacido en la crisis ([29]) y que en las dificultades muestra su vitalidad. Los dolorosos acontecimientos de nuestra historia nos han llevado a nuevas configuraciones del carisma: La muerte prematura del Fundador nos llevó a la transformación en congregación religiosa; esta transformación llevó a la configuración en las dos congregaciones; de la expulsión masiva de Sudán (1964) llegamos a la apertura a una África más amplia y más inclusiva de pueblos y culturas; de África, como misión primaria del Instituto, nos abrimos a América y luego a Asia; del redescubrimiento del Fundador y la renovación del Concilio llegamos a la congregación reunificada y redescubrimos la unidad y la vitalidad apostólica.

La brevedad de este artículo no nos permite explorar este dinamismo de nuestra historia para reforzar la esperanza de un nuevo punto de llegada carismático del Instituto en Europa. Sin embargo, podemos intuirlo, acogiendo la posibilidad de una nueva configuración del carisma, partiendo precisamente de Europa, donde nació el Instituto, y del contexto intercultural en el que se encuentra (con crecimiento y arraigo en las Iglesias locales de África). El lector atento ya lo habrá percibido en las referencias a los movimientos y las nuevas comunidades. Recordamos, con respecto a este futuro y sin pretender responder, la pregunta de un autor, a principios del siglo XXI ([30]): «¿Puede un instituto religioso evolucionar de alguna manera, sin traumas y laceraciones, hacia la forma eclesiológica de los movimientos eclesiales actuales?

Ante las dificultades actuales, podemos encerrarnos en el modelo de configuración religiosa que conocemos y que nos ha acompañado hasta donde estamos… o, sin negar nuestra consagración, abrirnos al dinamismo que caracteriza a las nuevas formas de fraternidad y de ministerio para la misión. Tal reflexión nos llevaría mucho más allá de las posibilidades de esta breve investigación, pero sigue siendo un camino para explorar y un horizonte a considerar.

Propuestas para un nuevo camino

En este momento, sin embargo, será el caso, quizás, de ofrecer, al menos para la discusión y teniendo en cuenta el futuro próximo, algunas propuestas para un posible camino que busque un nuevo enraizamiento de los combonianos en Europa y una renovación de su carisma y su fecundidad apostólica.

Primera propuesta: realizar en cada provincia una asamblea-debate sobre el futuro del Instituto en su Iglesia local y en su país, abierta a todos los que quieran participar y sienten el problema. La asamblea debe realizarse en el contexto de la propia provincia, para mantener la reflexión adherida a la vida de la Iglesia local y la sociedad, llevándonos a reflexionar sobre la calidad de nuestro testimonio y la inserción actual y abriéndonos a la búsqueda de nuevas formas de arraigo en la Iglesia local y la sociedad. Una posible asamblea, a nivel de las provincias de Europa, puede tener lugar más adelante, para llevar a cabo una reflexión sobre una plataforma común, es decir, para identificar posibles puntos de contacto y diferencias.

Segunda propuesta: promover el sentido de pertenencia, al Instituto y a la Iglesia local, de los miembros del Instituto, buscando un estatuto de doble pertenencia canónica al presbiterio diocesano, para los miembros sacerdotes, en todas las Iglesias locales donde estamos presentes. Esto fomentaría el crecimiento del conocimiento mutuo y la comunión apostólica con la Iglesia local, así como la participación de los misioneros en las iniciativas de evangelización de la Iglesia local, aportando la particularidad de su carisma.

Tercera propuesta: en la búsqueda de una renovada espiritualidad y visión misionera, abrirse a un intercambio de experiencias carismáticas, con los institutos religiosos tradicionalmente vinculados a nosotros (como los jesuitas…), y con nuevas comunidades y movimientos. Ante la secularización del continente, la puesta en común y el enriquecimiento mutuo de las espiritualidades no puede sino enriquecer la capacidad de respuesta de cada carisma, como ocurrió en el inmediato post Concilio del Vaticano II. Esta búsqueda de compartir el carisma debe hacerse con un espíritu crítico, en el sentido de que los movimientos también pueden encontrarse en una situación de pérdida de impulso carismático, como los institutos misioneros. Algunos estudios nos alertan sobre lo que está sucediendo con el paso del tiempo y la desaparición de los fundadores carismáticos, y el cambio en las condiciones socioculturales que los han visto nacer, teniendo en cuenta que las nuevas comunidades y movimientos tienden a no acompañar la evolución cultural. Esta situación puede comprometer la vitalidad apostólica de los institutos y movimientos, por lo que algunos hablan de la necesidad de una conversión periódica (de «refundación»), es decir, en momentos de fuerte cambio socio-cultural ([31]).

Cuarta propuesta: estudiar la creación, en cada provincia, de una comunidad de acogida (según el modelo de los centros de espiritualidad e iniciación cristiana de los movimientos, Focolares, Taizé, Comunidad del Emmanuel, Schoenstatt…) que pueda acoger, por períodos de duración variable, a jóvenes y adultos interesados en el conocimiento e iniciación al servicio misionero en la Iglesia y al carisma misionero comboniano. Esto implica una reflexión profunda sobre los posibles caminos de iniciación a ofrecer: desde la iniciación a la vida cristiana (lectio divina, oración personal y litúrgica, vida sacramental y compromiso cristiano), hasta la iniciación al servicio misionero en la Iglesia de hoy (en sus diversas dimensiones) y al carisma misionero comboniano (en sus diversas formas). Esto implica preparar a las personas capaces de ofrecer estos itinerarios e individuar personas que puedan ayudar a sostener estas iniciativas, in sinergia con otros institutos misioneros y la iglesia local.

Quinta propuesta: construir un camino formativo renovado, a partir de una línea mistagógica de iniciación a la vida cristiana ([32]), a la vida fraterna para la misión, a la misión compartida y a las diversas dimensiones de la misión hoy, como forma de iniciación al carisma comboniano y a la misión de las personas y los jóvenes atraídos por nuestro carisma. En esta visión, los promotores vocacionales y los formadores se asumen como iniciadores de otros/as a la vida cristiana y al compromiso misionero en la Iglesia y el Instituto; y las comunidades misioneras como fraternidades que viven, dan testimonio y proclaman el Evangelio, según su carisma y tradición espiritual, y en armonía con las iglesias de su tiempo y lugar.

Sexta propuesta: crear un grupo de estudio, a nivel de los Institutos de la familia comboniana, para interesar a los miembros en la cuestión del futuro en Europa y de nuestro arraigo en las Iglesias europeas locales. Hacemos esta propuesta con un sentimiento de incertidumbre sobre su oportunidad y viabilidad, pensando en la experiencia y el camino tomado por el Gert (Grupo Europeo de Reflexión Teológica). El Gert ha seguido un camino teológico, teórico e ideológico, y ha encallado en la cuestión de la evangelización en Europa. A pesar del valor de la reflexión promovida, no ha logrado interesar a los miembros de nuestras provincias europeas en nuevos caminos de inserción en las Iglesias locales. Ni siquiera la interesante iniciativa de los Simposios de Limone Sul Garda ([33]) ha llegado a ser algo nuevo en el ámbito del arraigo carismático de nuestros institutos en las Iglesias de Europa, además del acompañamiento de la reflexión sobre las experiencias actuales.

Otros elementos para incluir

Tratando de enderezar nuestra reflexión hacia una conclusión, vemos que todavía hay otros elementos a incluir en nuestra reflexión, aunque sólo sea mencionándolos.

Primero, la cuestión de la espiritualidad misionera y la calidad del testimonio, personal y comunitario, que los miembros de los institutos misioneros dan en las Iglesias de Europa. Algunos pensamos que la causa del actual agotamiento carismático y apostólico es la falta de espiritualidad y la debilidad del testimonio.

Estamos de acuerdo en que, si bien es difícil verificar y medir estos dos aspectos de nuestra vida, es posible, sin embargo, afirmar que estas dos dimensiones están en la raíz de toda fecundidad apostólica y de todo arraigo eclesial, como lo demuestra la historia de los institutos misioneros (aspecto que ya hemos mencionado).

Daniele Comboni buscó para los misioneros y misioneras de sus Institutos una espiritualidad elevada, robusta, a la altura de las dificultades de la misión africana; la encontró en la contemplación del Corazón traspasado de Cristo y en la mística del cenáculo de los apóstoles y la propuso a sus misioneros como fuente inagotable de fecundidad personal y apostólica. Los institutos combonianos nacieron de esta corriente de espiritualidad del siglo XIX y, durante décadas, hasta la primera parte del siglo XX, alimentaron su vida fraternal y apostólica con este torrente espiritual.

Entonces, hubo un creciente distanciamiento de esta espiritualidad, que no podemos explicar aquí, sino sólo indicar como un hecho. En este sentido, hemos hecho un poco como toda la Iglesia, que después del Concilio se ha alejado de esta espiritualidad y sensibilidad religiosa. Un cambio natural, a la luz de las nuevas sensibilidades de la segunda mitad del siglo XX, pero sin embargo sorprendente, sobre todo porque se trata de una espiritualidad muy extendida, que ha marcado de forma fructífera la vida y la misión de la Iglesia durante más de un siglo.

En este sentido, con muchos en la Iglesia, debemos preguntarnos cuál es el futuro de la espiritualidad del Sagrado Corazón ([34]). Y también debemos preguntarnos si nuestro futuro y nuestro arraigo en las Iglesias locales de Europa no dependen precisamente de nuestra espiritualidad – del Corazón traspasado – debidamente integrada en las sensibilidades de hoy. Quizás la hemos descartado demasiado rápido, considerándola inadecuada para constituir el humus espiritual de una nueva temporada carismática. Recordemos que en Europa tenemos al menos una situación en la que la espiritualidad del Corazón de Cristo ha demostrado ser fructífera apostólicamente: nos referimos al movimiento y a la Comunidad del Emmanuel, nacida en Francia, que encontró y alimenta su fecundidad carismática y apostólica precisamente en Paray-Le-Monial.

Nuestro Instituto acaba de tomar la iniciativa de proponer la Cruz Comboniana, como una llamada a nuestra espiritualidad; será necesario seguir buscando en esta dirección la integración entre la espiritualidad que nos ha dado origen y la que vivimos hoy en la Iglesia (suponiendo que la vivamos); buscar, por encima de todo, el humus espiritual sin el cual no puede haber un enraizamiento carismático y apostólico fecundo ni entusiasmo por el futuro.

El segundo elemento para considerar es el actual contexto intercultural de los institutos misioneros, en el caso de los combonianos muy evidente y acentuado por el paso del siglo. Hoy en día el Instituto es multicultural, se ha abierto a una variedad de almas (primero latinoamericanas, ahora africanas y asiáticas) que lo han enriquecido enormemente. El arraigo del Instituto Comboniano en las Iglesias de Europa no puede separarse de este contexto ni puede pensarse sin esta referencia que lleva a cuestionar el papel y la contribución de los combonianos no europeos a la vida del Instituto en el viejo continente. Y preguntarse cómo preparar a los combonianos de otros continentes para la evangelización en Europa, admitiendo que ya no basta con destinarlos a mantener en las circunscripciones europeas los modelos de presencia heredados del pasado [al igual que ya no hace sentido hacer lo que han hecho los obispos europeos para asegurar sacerdotes para las comunidades del continente; es decir, recurrir al clero de otras Iglesias y continentes, para mantener vivo un modelo de ministerio ordenado y de presencia de la Iglesia que, según los observadores, debería ser revisado]. La apertura, ya en curso, de las provincias europeas a la interculturalidad debería ir acompañada de una reflexión sobre la evangelización y el arraigo de los institutos misioneros en las Iglesias de Europa, a fin de determinar los criterios y perfiles de los misioneros a destinar en este continente (y evitar las dificultades y los fracasos que se han producido en algunos intentos realizados en el pasado reciente).

Conclusión

En estas páginas hemos intentado trazar un camino corto (… en este punto, ¡ya un poco largo!), comprensible y abierto, que podría ser de ayuda para una posible discusión sobre la cuestión propuesta: el enraizamiento, o la falta de el, de los institutos misioneros en las Iglesias locales de Europa (en un momento propicio para la reflexión, como es la preparación del 19º Capítulo General). Releyendo el texto, me doy cuenta de que podría ser acusado de ser genérico, unilateral y/o excesivamente negativo, y ciertamente también limitado con respecto a la situación de los otros institutos misioneros, sobre los cuales todavía no hemos reunido suficientes datos.

Sin embargo, hay en estas líneas un elemento de provocación destinado a fomentar el debate. No ignoramos las cosas bellas de nuestra historia en Europa y ciertamente no queremos «apagar la llama tenue» ([35]). Queremos, en cambio, revivirla, soplar en el fuego del carisma, escondido y enterrado bajo las cenizas de nuestra historia reciente y las nevadas que caen sobre el cristianismo europeo, entre crisis y derrapes de diversa índole.

En la celebración de la fiesta de nuestro Santo Fundador, alguien nos recordó ([36])que «lo más necesario en la vida de la Iglesia es mantener vivo el fuego, no adorar las cenizas… Es hermoso sentir la paternidad de un cristiano como Daniel Comboni, que tenía un corazón ardiente y no era de ninguna manera prisionero de las cenizas, que fue capaz de encender proféticamente el fuego del Evangelio cruzando fronteras, zonas de confort, malentendidos, visiones limitantes, haciendo concreta una visión misionera innovadora. ¿Qué significa hoy celebrar su memoria? ¿Cómo nos situamos hoy en el camino que él inauguró? La tentación de adorar las cenizas, de caminar sólo por los caminos ya marcados o de abrir sólo las puertas ya abiertas es una tentación de todos los tiempos, más insidiosa de lo que pensamos. (…) Entonces nos preguntamos: ¿qué es permanecer en la fidelidad? Seguramente es la habilidad de creer en el poder del fuego, especialmente cuando parece impotente y frágil para ganar… Las cenizas sólo tienden a inmovilizarnos en una imagen resignada y conformista. Por el contrario, el Espíritu, el Espíritu que desciende sobre nosotros, es dinamismo, es una llamada a ir más allá, es una manifestación concreta del amor que Dios reserva a los olvidados, a los que tan a menudo son descartados. El Espíritu desciende sobre nosotros para hacernos valientes frecuentadores del futuro».

Manuel Augusto Lopes Ferreira, mccj


[1] Daniele Comboni, Escritos 6085, 6337, 6956, 7225.

[2] Anales del Buen Pastor 27, enero de 1882.

[3] La situación en las otras provincias es la siguiente. Polonia: hay 7 combonianos polacos, con una edad media de 41,85 años. Los combonianos presentes en Portugal tienen 45 años, con una media de edad de 68,6, distribuidos de la siguiente manera: 8 menores de 50 años, 6 de 50 a 59, 10 de 60 a 69, 11 de 70 a 79, 8 de 80 a 89, 2 mayores de 90. En la provincia de habla alemana (Alemania, Austria, Tirol del Sur) hay 45 combonianos con una edad media de 74,75 años, distribuidos de la siguiente manera: 20 mayores de 80 años, 14 de 70 a 80, 6 de 60 a 70, 3 de 50 a 60, 2 menores de 50 años. En la provincia inglesa (Provincia de Londres) hay 22 combonianos con una edad media de 70 años; los 12 misioneros de otras provincias tienen una edad media de 65 años, mientras que los 10 miembros originales de la LP tienen una edad media de 75 años. Los combonianos de la provincia de España son 43, con un promedio de 66,67 años de edad, distribuidos de la siguiente manera: 5 mayores de 80 años; 17 entre 70 y 79; 10 entre 60 y 69; 7, entre 50 y 59; 4 menores de 50 años. En cuanto a la provincia italiana, hay que recordar que los combonianos italianos, 511 en total en la fecha que escribimos, la mitad de los cuales trabajan en otras provincias, tienen una edad media más joven y son una esperanza para la provincia en el momento de la rotación si no vuelven ya viejos.

[4] Las expresiones «modernidad sólida» y «modernidad líquida» son de Zigmunt Baumann (1925-2017).

[5] Hermano Enzo Biemmi, Evangelización en la prueba de la secularización, Roma, Conferencia del 19 de octubre de 2020.

[6] Juan Pablo II, Homilía en Mogila, 9 de junio de 1979.

[7] Instituido por Benedicto XVI el 21 de septiembre de 2010.

[8] Creado por el Papa Francisco el 1 de enero de 2017, unificando varios consejos y oficinas pontificias existentes.

[9] Nigrizia, Dossier Cantiere Casa Comune, Octubre 2020, pp. 41-55.

[10] Giovanni Zavatta, Casa Comune, il cantiere dei comboniani per una nuova missione, en Osservatore Roma, 28 de octubre de 2020. Y el sitio Comboni.org, post del 29 de octubre de 2020. Nigrizia, págs. 43 y 46.

[11] Un trío de documentos da sustancia a esta visión del Papa: Evangelii Gaudium, 24 de noviembre de 2013; Laudato Si’, 24 de mayo de 2015; Fratelli Tutti, 3 de octubre de 2020.

[12] Para profundizar «lo que no es y lo que es» la misión, según Francisco, véase: Mensaje del Papa a las Obras Misionales Pontificias, 21 de mayo de 2020; Sin Él no podemos hacer nada, para ser misioneros hoy en el mundo, texto de una entrevista del periodista Gianni Valente, publicada en un volumen por la Librería Editora Vaticana y la Editora San Paolo, Roma 2019.

[13] Massimo Franco, L’Enigma Bergoglio, la parábola de un papa, Solferino, Milán 2020.

[14] Hermano Enzo Biemmi, La Missione alla prova di due sfide: la secolarizzazione e la pandemia, Roma 19 de octubre de 2020.

[15] Manuel João Pereira Correia, correspondencia particular, Castel D’Azzano, 2020.

[16] Papa Francisco, Hermanos Todos, nº 226, Roma 2020.

[17] Ver, por ejemplo, Umberto dell’Orto e Saverio Xeres, Manual de Historia de la Iglesia, Vol. 4, Época Contemporánea, p. 63. Y Daniele Comboni y la Regeneración de África, de Fidel González Fernández, Roma, 2003.

[18] Papa Francisco, Evangelii Gaudium, números 20-24.

[19] Christoph Theobald, Il Vangelo della nuova fratellanza, entrevista concedida a Lorenzo Fazzini, Avvenire del 27 de abril de 2016.

[20] La Obra de Propagación de la Fe tiene en su origen una mujer: Paulina Jericot (1799-1862). Daniel Comboni fundó un instituto misionero femenino, las Pías Madres de la Nigrizia (1872), y llevó a las mujeres misioneras a África Central.

[21] Avery Dules, Modelli di Chiesa, pagina 50-51, Ediciones Messagero, Padua, 2005. La primera edición de Models of the Church es de 1974.

[22] Avery Dules, Modelli di Chiesa, pagina 73 e 89.

[23] Editado por Fernando Zolli y Daniele Moschetti, Noi siamo missione: Testimoni di ministerialità sociale nella Famiglia Comboniana, publicado por la Commission Ministerialità della Famiglia Comboniana, Roma, junio de 2020.

[24] En estos años, los misioneros combonianos han reorganizado el Archivo General y el Studium Combonianum para inspirar su renovación en la vida misionera del Fundador y en la historia del Instituto.

[25] Fidel González, Los Capítulos Generales del Instituto Misionero Comboniano, Roma 1998, p. 425.

[26] Asociación Comboniana para el Servicio de los Emigrantes y Refugiados, fundada por el P. Renato Bresciani en 1964. El Capítulo General de 1969, en el que estuvo presente el P. Renato, tomó la decisión de un compromiso para los migrantes y la fecha de 1969 sigue siendo la fecha oficial de la fundación del ACSE.

[27] Comunidad Intercongregacional de Modica, organizada por la Conferencia de Institutos Misioneros Italianos, en colaboración con Cáritas, en la diócesis de Noto, Sicilia, como respuesta a la emergencia de los inmigrantes. La idea, nacida después de la Conferencia CIMI 2013, en Trevi, tomó forma el 17 de marzo de 2016, con la comunidad formada por un misionero africano (Padres Blancos), un misionero de la Consolata y un misionero javeriano.

[28] J.J.V. da Cruz, Entre la fidelidad y la alienación: el carisma comboniano en la historia. En Archivo Comboniano 46, 2008, pág. 111 y siguientes.

[29] David Glenday, Dialogando con San Daniele in tempo di crisi, Roma, 7 de octubre de 2020.

[30] Antonio Maria Sicari, Los antiguos carismas en la Iglesia. Per una Nuova collocazione, Jaca Book, Milán 2002, p. 7.

[31] Manuel João Pereira Correia, correspondencia particular, Castel D’Azzano, 2020.

[32] Enzo Biemmi, Una nueva espiritualidad: adivinos y mistagogos, Roma, octubre de 2020. El término iglesia adivinadora (como una comunidad capaz de interceptar y responder a la sed espiritual de la época) fue acuñado por Christoph Theobald en el folleto Fraternità, publicado por Edizioni Qqajon, de la Comunidad de Bose, en 2016.

[33] Precedidos por un simposio exploratorio, celebrado en julio de 2006, los Simposios sobre el limón comenzaron en 2007, del 9 al 12 de julio. Gert reunió la experiencia de los simposios en los Quaderni di Limone. Particularmente interesantes para el tema que estamos tratando son: Nº 1, Comboni y Europa, julio de 2007; Nº 5, La Misión Comboniana en las Iglesias de Europa, ¿Qué estructura de gobierno?; y Nº 6, La Misión Comboniana en Europa, ¿Qué ministerios?

[34] Charles André Bernard, La Spiritualità del Cuore di Cristo, Edizioni San Paolo, Milán 2015, p. 134.

[35] Isaías 42, 3 y Mateo 12, 20.

[36] Cardenal José Tolentino de Mendonça, Homilía en memoria de San Daniel Comboni, Roma, 10 de octubre de 2020.