Resumen
El artículo de Maria Soave Buscemi, basado en la exhortación apostólica postsinodal Evangelii Gaudium, propone una reflexión detallada sobre la necesidad de un cambio de paradigma pastoral: del modelo de la conservación al de la misión. La autora subraya que este paso no es una mera cuestión estratégica u organizativa, sino una auténtica conversión de la identidad eclesial, llamada a superar la lógica de la autorreferencialidad para abrazar la de la «salida».
El análisis se articula en torno a cuatro movimientos fundamentales, anclados en la figura de Jesús en el Evangelio de Lucas: el caminante que habita en las calles y en las casas; el sembrador que genera vida más allá de los límites del templo; el maestro de las Bienaventuranzas que se pone del lado de los excluidos; el contemplativo que desciende del monte para habitar las heridas de la historia. Estos rasgos evangélicos se convierten en el fundamento de una Iglesia peregrina, vulnerable, que no espera sino que va, que no guarda sino que comparte, que no se protege sino que se expone.
Desde esta perspectiva, la pastoral misionera se configura como un estilo transversal que interpela a toda práctica eclesial: desde la liturgia hasta la catequesis, desde la predicación hasta la caridad, desde la sinodalidad hasta la vida de las comunidades. La autora propone criterios operativos para una pastoral que parta de la escucha de la realidad, valorice los carismas de todos y todas, acepte el riesgo y lo inconcluso, y se deje evangelizar por los pobres. Recurriendo a la imagen de Emaús, el texto concluye que la Iglesia descubre al Resucitado no en el recinto cerrado de sus muros, sino en el camino, mientras camina con la humanidad y parte el pan. La misión no es, por tanto, un sector de la pastoral, sino su corazón palpitante: un movimiento de fecundidad, esperanza y alegría que regenera a la Iglesia desde dentro y la hace creíble ante el mundo.
La pastoral misionera como paradigma de toda práctica pastoral eclesial
Maria Soave Buscemi
Queridos hermanos y hermanas,
hoy me gustaría reflexionar con vosotros sobre una de las intuiciones más poderosas y urgentes que el papa Francisco nos ha transmitido con la exhortación apostólica Evangelii Gaudium: la necesidad vital de un cambio, que ya no puede posponerse, de una pastoral de mera conservación a una pastoral auténticamente misionera.
No se trata de un simple cambio de estrategia, de una actualización de técnicas. No. Es mucho más: es una conversión del corazón, de los pies y de la mente de toda la Iglesia. Es un cambio de paradigma que afecta a nuestra propia identidad de bautizados.
A menudo, quizá sin siquiera darnos cuenta, caemos en la tentación de actuar con una mentalidad que el Papa define, sin rodeos, como «pastoral de conservación». ¿En qué consiste? Es una Iglesia que, preocupada por proteger su patrimonio, acaba replegándose sobre sí misma. Es una Iglesia cuya energía se consume principalmente en el mantenimiento de las estructuras, en el funcionamiento de las oficinas, en cuidar de quienes ya están ahí, tal vez con la secreta esperanza de que la tradición, por sí sola, lleve a las personas a cruzar nuestras puertas.
Sobre esta pastoral, el papa Francisco ofrece un diagnóstico implacable pero necesario. La denomina «pastoral ordinaria estéril», que no es levadura de evangelización, sino solo una «medida preventiva». Es una Iglesia que, según él, «se reduce a una organización nacida para la autoconservación, preocupada sobre todo por funcionar sin contratiempos, donde prevalece la lógica de “siempre se ha hecho así”» (EG 33). Es una Iglesia «encerrada en una maraña de obsesiones y procedimientos» (EG 49), que al final genera más tristeza y cansancio que alegría.
Pero esta no es la Iglesia con la que sueña el Evangelio, ni es la Iglesia con la que sueña el papa Francisco. A la pastoral de la conservación, la Evangelii gaudium opone con fuerza la pastoral misionera.
¿Cuál es el núcleo de esta propuesta? Es la imagen de una Iglesia «en salida». Una Iglesia que no espera, sino que va. Una Iglesia que no tiene miedo de ensuciarse las manos en el polvo de las calles y de las periferias existenciales. El Papa es muy claro: no bastan pequeños retoques. Se necesita una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están (EG 25). Su llamamiento es un relanzamiento de una Iglesia evangelizadora y en salida, porque las alegres novedades del Evangelio no pueden permanecer encerradas ni ahogarse en estructuras y esquemas obsoletos.
Iglesia «en salida»: la pastoral misionera como paradigma de toda actividad eclesial
La Iglesia en salida es una Iglesia que acepta perder su posición central, dejar de ser el punto de referencia exclusivo, para convertirse en compañera de camino de la humanidad. Este estilo interpela profundamente a las comunidades cristianas: no se trata de organizar mejor las actividades, sino de preguntarse de dónde surgen y para quién. Se trata de una Iglesia peregrina, pobre, capaz de ir más allá de los paradigmas clericales y patriarcales, para habitar las periferias geográficas y existenciales. Desde el punto de vista misionero, la propia introducción del tema nos plantea una pregunta decisiva: ¿son nuestras comunidades lugares que generan camino o espacios que retienen? La pastoral misionera nace cuando la Iglesia acepta no coincidir con sus propias fronteras y reconoce que el Espíritu ya está actuando fuera de ella.
1. Jesús, el caminante: la raíz bíblica de la Iglesia en salida
En el Evangelio de Lucas, Jesús es descrito como el compañero de camino. No construye un centro religioso alternativo al templo, sino que recorre los caminos, entra en las casas, comparte las comidas, se deja interrumpir. Su ministerio está marcado por el movimiento desde Galilea hacia Jerusalén (Lc 9,51) para luego regresar a Galilea, al espacio del encuentro, de lo imprevisto, de los pueblos, de todas las personas excluidas.
Cuando Jesús le dice a Pedro: «Navega mar adentro» (Lc 5,4), no solo le sugiere una estrategia de pesca, sino que le propone un cambio de práctica y, por tanto, también de mentalidad. Adentrarse en aguas profundas significa renunciar al control, aceptar la incertidumbre, confiar en la palabra de Jesús, en su testimonio, más que en la experiencia acumulada. Este paso propone superar la lógica de la pureza y la separación: Jesús no teme el contacto con las personas consideradas impuras, porque sabe que es precisamente allí donde la vida puede renacer.
Implicaciones misioneras para las comunidades cristianas: una Iglesia que reconoce a Jesús como el que camina no puede estructurarse como una realidad sedentaria. Las comunidades están llamadas a preguntarse hasta qué punto están realmente en movimiento: no solo físicamente, sino interiormente y en las relaciones de acogida hacia quien es «el otro». La misión, desde esta perspectiva, no consiste en invitar a las personas a «venir» a los espacios eclesiales, sino en caminar con ellas, escuchando sus contextos de vida. Esto implica un estilo de cercanía, de escucha y de compartir, que a menudo exige salir de las agendas ya definidas para dejarse guiar por el encuentro. Una Iglesia misionera tiene la mirada puesta no en el centro, sino en las periferias; en las personas alejadas, desilusionadas, heridas por la vida. «Prefiero una Iglesia magullada, herida y sucia por haber salido a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad» (EG 49). Es una Iglesia que no impone sus verdades, sino que sabe acercarse, que acompaña el camino de las personas.
2. De una Iglesia que conserva a una Iglesia que genera vida
El papa Francisco expresa con fuerza el deseo de una transformación profunda: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo» (Evangelii gaudium, 27). Este sueño interpela a una Iglesia que, a veces, corre el riesgo de centrarse más en la conservación de las estructuras que en la generación de vida nueva.
Jesús, en los Evangelios, utiliza imágenes dinámicas y llenas de vida: la semilla que crece en silencio (Lc 8,4-15), la levadura que fermenta la masa (Lc 13,20-21), el pastor que sale en busca de la oveja perdida (Lc 15,4-7). En todas estas parábolas, lo que importa no es la seguridad de lo que se posee, sino el riesgo del amor que se expone. Esta lógica entra en conflicto con una visión religiosa centrada en la ley, en el control y en la distinción entre personas puras e impuras.
Implicaciones misioneras para las comunidades cristianas: una pastoral misionera exige evaluar las decisiones no en función de su funcionalidad interna, sino de su capacidad para generar vida, esperanza y relaciones. Esto implica también la aceptación del fracaso y de lo inconcluso. Las comunidades generativas son aquellas que no temen experimentar, revisar prácticas consolidadas y dejar atrás lo que ya no llega al corazón de las personas. La misión se convierte así en un proceso de fecundidad, más que de eficiencia. También la homilía y la catequesis deben cambiar. Deben estar impregnadas de la alegría del Evangelio, deben saber hablar al corazón de las personas, mostrando el rostro misericordioso de Dios antes que el del precepto.
3. El pueblo de las Bienaventuranzas: una Iglesia comprometida
En el discurso de las Bienaventuranzas según Lucas (Lc 6,17-26), Jesús se sitúa en la llanura, en medio de la multitud. No habla desde lo alto, sino partiendo de la condición concreta de las personas. «Bienaventurados vosotros, los pobres» no es una frase espiritualista, sino una palabra que devuelve la dignidad y el protagonismo a quienes están excluidos.
El papa Francisco insiste en que los pobres no son solo destinatarios de la pastoral, sino sujetos activos de la evangelización (EG 198). Esta elección supone una crítica radical a la teología de la retribución y a toda forma de poder religioso que justifica la exclusión. También el clericalismo y el patriarcado, desde esta perspectiva, se presentan como estructuras de riqueza simbólica que traicionan el Evangelio.
Implicaciones misioneras para las comunidades cristianas: una Iglesia en salida es, inevitablemente, una Iglesia comprometida. Esto no significa ideologización, sino fidelidad evangélica. Las comunidades están llamadas a preguntarse con quién caminan realmente y desde qué punto de vista interpretan la realidad. La misión asume los rasgos de la justicia, la solidaridad y la defensa de la dignidad humana. Los pobres no son un «tema pastoral», sino el lugar teológico en el que Dios sigue hablando a la Iglesia. La parroquia no es un refugio para los salvados, sino que debe convertirse en el motor de la misión en el territorio, un lugar de encuentro, de escucha, de caridad generosa, con una plasticidad y una creatividad renovadas.
4. Del monte al valle: una espiritualidad encarnada
Lucas cuenta que Jesús se retiraba a menudo al monte para orar (Lc 6,12), pero inmediatamente después bajaba al valle, allí donde la vida está herida. Este movimiento revela una espiritualidad profundamente encarnada: la oración no nos separa de la historia, sino que nos capacita para vivirla con mayor compasión.
El papa Francisco retoma esta dinámica cuando afirma que prefiere una Iglesia «herida y sucia por haber salido a la calle» antes que encerrada en su autorreferencialidad (EG 49). Se trata de una invitación a descender a los «sótanos de la historia», lugares a menudo invisibles, donde, sin embargo, el Evangelio se hace carne.
Implicaciones misioneras para las comunidades cristianas: una pastoral misionera auténtica integra la contemplación y la acción. Las comunidades están llamadas a cultivar espacios de silencio y de escucha de la Palabra que alimenten el compromiso concreto. La misión no nace del activismo, sino de una espiritualidad que reconoce el rostro de Cristo en los pobres y en las personas excluidas. En este sentido, también la sinodalidad se convierte en un ejercicio misionero: caminar juntos, escuchando sobre todo las voces marginales.
Conclusión – Definir hoy una pastoral misionera
La Iglesia en salida acepta ser peregrina, inconclusa, vulnerable. La pastoral misionera, como paradigma de toda práctica eclesial, no es una estrategia organizativa, sino un estilo evangélico que impregna toda la vida comunitaria.
En términos prácticos, una pastoral misionera se caracteriza cuando:
• parte de la escucha de la realidad y de las personas, sobre todo de quienes se encuentran en los márgenes;
• privilegia las relaciones frente a las estructuras y los roles;
• valora los carismas de todos y todas, superando las lógicas clericales y patriarcales;
• acepta el riesgo y el error como parte del camino evangélico;
• vive la liturgia y la oración como fuente de inspiración y de vida entregada, y no como refugio;
• se deja evangelizar por los pobres, reconociéndolos como sujetos activos de la misión.
Al igual que los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), la Iglesia descubre al Resucitado en el camino, mientras camina, escucha y comparte el pan. Es en este movimiento, frágil pero fecundo, donde la alegría del Evangelio sigue floreciendo y generando esperanza para el mundo.
En conclusión, hermanos y hermanas, la Evangelii gaudium no nos pide que seamos una Iglesia perfecta y pulida, sino una Iglesia viva, valiente y enamorada. Nos pide que pasemos de la tentación de ser una fortaleza sitiada a la alegría de ser un campo de misión. Nos pide que abandonemos la lógica tranquilizadora, pero estéril, de la conservación, para abrazar la aventura gozosa y, a veces, fatigosa de la misión.
Es un retorno a las fuentes. Porque cuando se encuentra verdaderamente a Cristo, la alegría que brota de ello es tan grande que no puede contenerse. Debe compartirse. Con todos y todas.
