Resumen

La reflexión del P. David Glenday presenta la misión como fundamentalmente «una cuestión de amor», arraigando la identidad y la acción misionera en el amor de Dios revelado en la Trinidad. Inspirándose en las enseñanzas de los papas Francisco y León, el texto afirma que la misión tiene su origen en la propia naturaleza de Dios como amor que sale de sí mismo, compasivo y misionero. Dios no está lejos, sino activamente presente en el mundo, especialmente entre los pobres y los marginados, e invita a los bautizados a compartir este movimiento divino. La misión, por lo tanto, no es ante todo una estrategia o una actividad, sino una respuesta al ser amados y transformados por Dios.

A través de su propia experiencia como misionero comboniano en Filipinas, el P. David ilustra cómo los misioneros encuentran a Dios ya presente en la vida de los pobres. La misión se convierte en un lugar de aprendizaje concreto del amor —a través de la solidaridad, la gratitud, la perseverancia y la alegría— revelando que el amor de Dios precede y da forma a la acción misionera. Además, el amor exige trabajo y compromiso: los misioneros están llamados a discernir cómo Dios ya está amando a los pobres y a colaborar humildemente como cooperadores en esta iniciativa divina en marcha.

Vivir la misión como amor conduce a la transformación, tanto del misionero como de aquellos a quienes sirve. Los misioneros se convierten en signos de la presencia amorosa de Dios, mientras que los pobres se ven confirmados en su dignidad de hijos amados de Dios. La reflexión concluye aplicando estos elementos al carisma comboniano, entendido como una historia vivida y dinámica, arraigada en la oración, el discernimiento y el descubrimiento continuo. La verdadera renovación no comienza con la planificación humana, sino con la atención a cómo la Trinidad está actuando hoy, atrayendo a la Iglesia cada vez más profundamente a una misión moldeada y sostenida por el amor.

Síntesis de las ideas principales del artículo

El texto propone una comprensión profundamente teológica y experiencial de la misión cristiana, arraigada no en la actividad o la eficacia, sino en el amor. La misión nace de la propia identidad de Dios como Trinidad de amor. Refiriéndose a las enseñanzas de los papas Francisco y León, el artículo afirma que Dios es esencialmente misionero: dinámico, abierto, profundamente involucrado en la vida del mundo. La misión no es, por tanto, una tarea opcional de la Iglesia, sino una participación en el movimiento amoroso de Dios hacia la humanidad, en particular hacia los pobres y los marginados.

En esta visión es fundamental la convicción de que los misioneros no llevan a Dios a los demás, sino que encuentran a Dios ya presente en los lugares y en las personas a las que son enviados. A través de su experiencia entre los pobres de contextos urbanos de Filipinas, el P. Glenday muestra cómo la misión se convierte en un lugar privilegiado de encuentro, conversión y aprendizaje. Los pobres revelan el rostro de un Dios que enseña a amar a través de la solidaridad, la resiliencia, la gratitud, la alegría y la esperanza. En este sentido, la misión no es solo dar, sino también recibir, ya que los propios misioneros son evangelizados y transformados por aquellos a quienes sirven.

Puesto que la misión nace del amor, se expresa necesariamente en acciones concretas. El amor no puede quedarse en la teoría; toma forma en el compromiso, el trabajo y la corresponsabilidad. El artículo subraya que los misioneros están llamados a colaborar con Dios, que ya está obrando en la historia. Esta colaboración requiere un discernimiento cuidadoso: antes de actuar, los misioneros deben reconocer cómo Dios está amando a los pobres en un contexto determinado. Esta cooperación pone de relieve tanto la dignidad como el desafío de la vocación misionera, que exige humildad, atención y fidelidad a la iniciativa de Dios más que a los proyectos personales.

Una consecuencia fundamental de vivir la misión como amor es la transformación. El misionero se va transformando gradualmente, comprendiendo que lo que más importa no es simplemente lo que hace, sino en lo que se convierte. En este proceso, el misionero crece como signo visible de la presencia amorosa de Dios. Al mismo tiempo, aquellos a quienes sirve son llevados a una conciencia más profunda de su dignidad y valor como hijos e hijas amados de Dios. De este modo, la misión se convierte en generadora de vida recíproca, produciendo sanación, reconciliación y esperanza.

Por último, el artículo sitúa esta visión dentro del carisma comboniano. El carisma no se presenta como una herencia fija o una ideología, sino como una historia viva, moldeada por la oración, el discernimiento y el descubrimiento continuo. Es una participación dinámica en la misión de la Trinidad, inspirada por el diálogo con el Fundador y atenta a las nuevas formas a través de las cuales el amor busca expresarse hoy. La verdadera renovación, concluye el autor, no comienza con estrategias de cambio, sino con la apertura a lo que Dios ya está haciendo. Cultivando la atención, la oración, la escucha mutua y el discernimiento, los misioneros permanecen fieles a un carisma que sigue haciendo visible a Cristo en el mundo a través del amor.

Misión: una cuestión de amor

P. David Glenday, MCCJ

Una buena pregunta

Durante mi vida como misionero comboniano, tuve la suerte de pasar once años de servicio en Filipinas. Recuerdo un día en que un joven laico comprometido me hizo esta pregunta:

«Padre David, ustedes, los combonianos, hablan a menudo con entusiasmo de su vocación y de su fundador, san Daniel Comboni. Comparten sus sueños, su entusiasmo, sus viajes, sus esperanzas y decepciones, su legado y su memoria, y todo ello es muy bonito e inspirador. Pero lo que me gustaría saber ahora es esto: ¿cuál es el corazón, el centro, el motor de la misión de San Daniel y de vuestra misión hoy?».

Una pregunta realmente muy buena, a la que, en mis casi cincuenta años de misión, he intentado responder a menudo, buscando las palabras adecuadas y, más aún, las acciones adecuadas. Si hoy ese joven me hiciera la misma pregunta, no dudaría en pedir la ayuda no de uno, sino de dos papas: Francisco y León.

De hecho, es sorprendente que la última gran carta del papa Francisco, titulada Dilexit Nos, esté dedicada al amor —«el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo»— y que la primera carta del papa León a toda la Iglesia, Dilexi Te, hable también de… amor —«amor por los pobres»—. Por lo tanto, está claro: como dice el papa Francisco, «la misión se convierte en una cuestión de amor», y los misioneros son personas «enamoradas y que, fascinadas por Cristo, sienten la necesidad de compartir este amor que ha cambiado sus vidas».

La misión como amor: sí, esta es la realidad maravillosa y espléndida que tiende un puente entre las dos cartas de los papas. Y es sobre todo en esta realidad en la que deseamos reflexionar para crecer como misioneros, cada uno en sus propias circunstancias. ¿Qué profundos descubrimientos sobre la misión podemos esperar hacer en este camino, teniendo como mapa la carta del papa León?

Primero: nuestro Dios es un Dios misionero

La misión es una cuestión de amor, y en última instancia lo es porque nace de Dios, la Trinidad del amor. Todo lo que Jesús dice y hace en los Evangelios, por el poder del Espíritu, lo pone de manifiesto: nuestro Dios no es distante, frío, indiferente, descomprometido. No, nuestro Dios está en movimiento, es abierto, comprometido, cercano, apasionado.

Y nosotros estamos bautizados en el nombre de este Dios misionero. Con el bautismo, los Tres se instalan en lo más profundo de nuestro corazón y comienzan a formarnos como misioneros, ¡como ellos!

Este tema, esta realidad de la Trinidad misionera, ha estado muy presente en la enseñanza y el testimonio del papa Francisco (pensemos, por ejemplo, en su primera carta Evangelii Gaudium) y ha sido retomado con fuerza por el papa León. Ambos exhortan a la Iglesia a estar donde los Tres ya están: en los márgenes, en las periferias, con aquellos que son considerados lejanos. En Dilexit Nos, el papa Francisco insiste en que nuestro corazón debe transformarse en el Corazón de Jesús, un corazón que va al encuentro de los heridos y los débiles, y el papa León profundiza y consolida esta llamada misionera.

La misión es, por tanto, una cuestión de amor, porque Dios es amor, y el amor de Dios es un amor misionero, que sale de sí mismo.

Segundo: encontrar a Dios en la misión

La Trinidad del Amor nos empuja hacia la misión, pero también nos espera allí. Durante mis años en Filipinas, donde ejercí mi ministerio en un pequeño rincón de la megalópolis de Manila, tuve la gracia de aprender la lengua nacional, el tagalo, y así poder acompañar de manera especial a una pequeña comunidad en los barrios marginales de la ciudad.

Con ellos hice un descubrimiento conmovedor, que es el tesoro de la vida de muchos misioneros: el Dios que es amor nos precede en nuestro camino misionero, y lo reconocemos de nuevo en la vida y sobre todo en el corazón de los pobres a quienes somos enviados. En el ejemplo de sus vidas, la misión se convierte en una escuela de amor, en la que el amor tiene el rostro de la solidaridad, la gratitud, el coraje, la alegría, la perseverancia, el buen sentido y la tolerancia.

En la misión con y entre los pobres, los misioneros aprendemos a amar.

Tercero: trabajar con Dios en la misión

Puesto que la misión es una cuestión de amor, es también una cuestión de obras, de trabajo, de acción. Como dice Jesús en Juan 5,17: «Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo», y lo desarrolla en Juan 15, ofreciéndonos la rica imagen del Padre como viñador. El Padre se alegra de nuestros frutos abundantes, nos dice Jesús, y san Juan reafirma la misma visión cuando nos exhorta a amar con hechos y no solo con palabras.

Por amor somos colaboradores de Dios, como insiste san Pablo, y esto es a la vez una alegría y un desafío. Es una gran alegría saber que el Señor desea que nos unamos a él en el amor a los pobres, que desea nuestra compañía y solidaridad: es una nueva forma de apreciar nuestra gran dignidad y nuestro potencial en la gracia del bautismo. Y también es un desafío, porque significa que primero debemos discernir cómo Dios está amando a los pobres aquí y ahora, para poder responder a esta iniciativa divina. Dios ama primero a los pobres.

Por último: transformados por el amor

Cuando comprendemos y vivimos la misión como amor de estas diferentes maneras, ocurre algo maravilloso y poderoso: somos cambiados, transformados. Poco a poco nos damos cuenta de que lo que realmente importa en nuestro servicio a los pobres es sobre todo lo que somos, y descubrimos que nos estamos convirtiendo en un signo, un sacramento de la presencia amorosa de Dios.

Sí, nosotros somos transformados, pero por la gracia de Dios también lo son aquellos a quienes somos enviados, ya que son conducidos a una nueva conciencia de su valor y dignidad infinita, y de su potencial como seres humanos, hijos e hijas del Padre que los ama de una manera muy especial.

Las palabras finales del papa León nos inspiran a relacionar la vocación al amor con la forma específica de vivirlo como misioneros combonianos:

El amor cristiano supera todas las barreras, acerca a los lejanos, une a los extraños, convierte en familiares a los enemigos, traspasa abismos humanamente insuperables, penetra en los recovecos más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, obra milagros, no tiene límites: es para lo imposible. El amor es sobre todo una forma de concebir la vida, una forma de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino solo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy.

Implicaciones para nuestro camino misionero

Mirando nuestra experiencia personal, estamos invitados a discernir cómo hemos encontrado ese amor de Dios en armonía con el carisma de Daniel Comboni. Un carisma es, ante todo, una historia que contar: algo que nos sucede, una narración vivida, la Trinidad en acción. Un carisma nos orienta hacia un fin deseado en primer lugar por la Trinidad: hacer presente, en la Iglesia y en el mundo, aquí y ahora, uno o varios de los múltiples aspectos de la vida y la misión de Jesús, a través de la vida de aquellos que son «tocados» por esta gracia. De este modo, el carisma hace visible a Cristo.

Cuando el carisma se comprende y se vive de esta manera, tienden a ocurrir algunos hechos muy significativos:

  • La participación en el carisma se vive como una experiencia más que como una simple adhesión a una idea, por muy válida que sea. El movimiento va de lo estático a lo dinámico, de lo teórico a lo práctico, de la cabeza al corazón.
  • El vínculo con el Fundador se reinterpreta dando prioridad al diálogo con él más que al mero conocimiento de sus ideas. El carisma es más una conversación con el Fundador que una lección sobre él.
  • Una espiritualidad de discernimiento y oración pasa a ocupar el centro del mundo del misionero, porque es de esa oración de donde nació y sigue viviendo el carisma. El carisma conduce al corazón ardiente del Dios trinitario para participar en su misión.
  • Junto a la memoria, también se hace esencial el descubrimiento: ¿qué nuevas formas y expresiones está generando hoy esta gracia?

Conclusión

Cuando el carisma se comprende y se vive de esta manera, el desafío de la renovación continua se vuelve urgente. Sin embargo, es fundamental comenzar esta renovación con la pregunta correcta, que no es: «¿cómo debemos renovarnos?», sino más bien: «¿cómo está obrando ahora Dios Trinidad, atrayéndonos hacia la renovación?» o, como sugeriría Lonergan, «estar atentos». La importancia que se da al discernimiento, al estudio, a la oración y a la escucha mutua se convierte así en un indicador significativo de un carisma vivo y vital.

P. David Glenday, MCCJ

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