La Palabra en el centro. El decreto conciliar sobre nuestra vida y ministerio como sacerdotes (Presbyterorum ordinis, 4) presenta la predicación de la Palabra como el “primer deber” de los sacerdotes como colaboradores de los obispos en el cumplimiento de su mandato de “proclamar el Evangelio de Dios a todos” (cf. 2Cor 11,7). Personalmente, esta tarea creo que la he vivido de forma progresiva como un verdadero privilegio: disponer de instrumentos teóricos para profundizar el Evangelio como Palabra escrita que conduce a un encuentro vital con Aquel que es el Verbo Encarnado, y luego tener la posibilidad de transmitir esta Palabra a muchos otros. Este camino de profundización y de encuentro se ha experimentado no sólo en los momentos de estudio y de meditación, sino sobre todo en los momentos de predicación, ya que también éste puede convertirse en una verdadera experiencia de lo que ordinariamente se llama “vivir en Cristo” (cf. Ga 2,20). Escuchar la Palabra junto con otros misioneros y misioneras fue a menudo un esfuerzo enriquecedor. La mañana semanal de reflexión compartida sobre las lecturas del domingo siguiente nos hizo descubrir nuevas dimensiones en la Palabra y en nuestro ministerio. Esta complementariedad ministerial en la escucha no siempre fue fácil, pero a menudo nos llevó a descubrir en la Palabra una frescura que la meditación desde el punto de vista del “predicador profesional” corre el riesgo de no captar.

Otro momento significativo de la escucha comunitaria fue la participación, en un papel que no era el de la presidencia, en las reuniones semanales de las pequeñas comunidades cristianas donde meditábamos juntos y rezábamos la lectura del Evangelio del domingo siguiente. Esto a menudo resultó ser sorprendentemente rico, porque al hacerlo en el idioma local africano, le dio a nuestra gente una verdadera oportunidad de poner el Evangelio en “contacto directo” con su vida cotidiana en el barrio pobre donde vivíamos. No pocas veces me he encontrado con interpretaciones verdaderamente nuevas para mí, por el simple hecho de que no se trataba de meditar el evangelio para enseñar a los pobres, sino de que los pobres reflexionaran sobre el evangelio desde su punto de vista, desde los desafíos concretos que tenían que afrontar. Además, meditaron y reprimieron el Evangelio desde el interior de su experiencia religiosa, siempre marcada profundamente por las creencias típicas de la religión tradicional africana. La escucha comunitaria de la Palabra hecha por los misioneros, tanto entre nosotros como con la población local, me pareció necesaria para evitar caer en “interpretaciones privadas” (cf. 2 P 1,20), a menudo parciales, como respuesta a situaciones, culturas y tradiciones religiosas, que una persona sola, más aún un extranjero, nunca puede conocer con suficiente profundidad. La experiencia ha confirmado lo que creemos por la fe, es decir, que todos los bautizados reciben del Espíritu la luz que les permite comprender el Evangelio de Cristo y ver cómo vivirlo en su realidad concreta. Esto es aún más cierto cuando la escucha se hace en un contexto comunitario de reflexión y estudio orante con vistas a un seguimiento más auténtico. La Palabra escuchada se convierte entonces en Palabra predicada, tanto en el contexto litúrgico de la homilía como en las diversas actividades catequísticas, en la visita a las familias, en el encuentro con los enfermos y con quienes los cuidan, pero también cuando se “predica sin palabras”, es decir, en el ejercicio concreto de las diversas actividades de caridad y solidaridad, como en los diversos proyectos de promoción humana. En todo caso, la Palabra escuchada en el contexto concreto del pueblo y junto con él, se convierte fácilmente en diálogo con su vida en el que el Señor resucitado responde en el presente a su necesidad concreta de salvación.

El animador de ministerios. Estrechamente relacionado con el ministerio de la Palabra mencionado anteriormente, está el servicio presbiteral de coordinación y animación de los ministerios en la comunidad cristiana. La comunidad nacida de la escucha de la Palabra siente desde el principio el imperativo de vivirla en todas las dimensiones de la existencia dando un testimonio creíble a los demás (cf. AG 6). De esta realidad surge una pluralidad de ministerios que el Espíritu suscita. Algunos de ellos ya están establecidos por la tradición secular de la Iglesia (catequistas, asistencia a los pobres, a los enfermos, ministerios relacionados con la celebración de la Eucaristía, etc.), otros surgen como respuesta a necesidades locales como el ministerio de reconciliación en zonas de conflicto latente o activo, servicios específicos en zonas afectadas por la pandemia del SIDA (servicios de prevención, asistencia física y espiritual a los enfermos, a sus familias, cuidado de los huérfanos, etc.). Hay que señalar, al menos de paso, que los diversos ministerios eclesiales que sirven a los enfermos graves son inseparables de su asistencia espiritual en un contexto en el que la enfermedad se vive siempre como expresión y consecuencia de un mal moral y espiritual, propio o ajeno. El presbítero debe poner en marcha y coordinar, en la comunidad local, el proceso de discernimiento de los ministerios necesarios para la vida y el servicio de la comunidad. Algunos de estos ministerios sirven al funcionamiento de la comunidad, mientras que otros expresan el servicio y el testimonio de la comunidad ad extra. Por supuesto, a menudo se necesita una buena dosis de imaginación para crear caminos de formación inicial y permanente para los nuevos ministros, especialmente cuando se trata de crear nuevas expresiones ministeriales; algunas áreas que han requerido un esfuerzo especial de discernimiento y formación de los nuevos ministros: madres solteras, pandillas juveniles, huérfanos, recolectores de basura. Gran parte del tiempo y de las energías del presbítero se dedican a la labor de animación y coordinación de estos ministerios, para que todos los miembros sirvan en armonía y complementariedad que ayude al crecimiento del único cuerpo eclesial (1Cor 12, 12s.). Una Iglesia que nace y crece en comunidad escuchando la Palabra, desarrolla fácilmente dinámicas ministeriales en todos los niveles de su vida para que cada miembro se convierta en un ministro. Recuerdo que, en una fiesta de Pentecostés, durante la celebración del sacramento de la Confirmación, invité, según la costumbre local, a cada uno/a a declarar ante la comunidad el servicio concreto que asumía entre las muchas posibilidades que ya existían; incluso una joven gravemente enferma apenas se apoyó en dos muletas toscas para decir su ministerio: “sufriré por todos ustedes y especialmente por nuestros sacerdotes”. Había comprendido el significado de una Iglesia enteramente ministerial. Encontré particularmente gratificante ver a personas cuyos talentos ocultos fueron descubiertos y desarrollados precisamente en el contexto de estos ministerios, llevando a menudo a la persona a encontrar un nuevo sentido de su dignidad humana y cristiana.

Presidiendo la Eucaristía. Es en la celebración eucarística dominical donde la comunidad, presidida por el presbítero, celebra su vida como cuerpo del Señor Resucitado y, por tanto, signo e instrumento de la acción concreta de su Espíritu en el contexto concreto en el que vive.

Una vez más, le corresponde al presbítero asegurarse de que en la celebración de la Eucaristía se celebre y se haga visible en toda su riqueza la vida concreta del Cuerpo de Cristo tal como él vive ‘aquí y ahora’. Dado que era necesario gestionar el tiempo de manera que la celebración no durara más de la hora y media asignada, se intentó distribuir la manifestación de los aspectos más importantes de la vida eclesial vivida localmente durante las celebraciones del año litúrgico. La celebración del Cuerpo sacramental de Cristo en los signos del pan y del vino es inseparable de la vida concreta de la comunidad local, el Cuerpo de Cristo en la historia. De ahí la constante necesidad de activar y coordinar el necesario e inevitable proceso de inculturación en la liturgia. Las dos coordenadas a tener siempre en cuenta eran la comunión real de fe y de rito con el ‘cuerpo universal’ de Cristo y, al mismo tiempo, la fidelidad a la vida concreta de este mismo ‘cuerpo’ en su expresión local. Pero el servicio presbiteral de la presidencia no puede reducirse a las estrategias organizativas de la celebración; en el centro de este servicio se encuentra el hecho de que el presbítero decano in persona Christi; en su persona concreta, consagrada por el sacramento del orden, es Cristo quien se manifiesta y actúa como cabeza que ofrece su vida en la cruz por la vida de todo su cuerpo eclesial (cf. Col 1,18 ss; Ef 5,23 ss).

Para la reflexión personal y comunitaria:

  • ¿Qué es lo que me llama la atención de esta experiencia presbiteral? ¿Por qué?
  • ¿Qué provoca esta experiencia en mí? ¿Por qué razón?
  • ¿Qué nos dice a nosotros como comunidad?

Para profundizar
Según Karl Rahner (O’Meara 1999, 160), la gracia recibida en el bautismo confiere el derecho, la tarea y la fuerza interior para ayudar a la Iglesia a realizarse. En la sociedad actual, cada vez más fieles están despertando a la llamada a vivir su fe concretamente a través del servicio, a conectar la fe con la vida, y a servir a la Iglesia y al mundo en algún servicio específico, ya sea a tiempo completo o parcial. Los diferentes ministerios que surgen en la Iglesia hoy en día pueden tener varios niveles de intensidad:

  • Algunos ministerios se ejercen de manera bastante limitada y temporal (por ejemplo, los lectores, los ministros extraordinarios de la Eucaristía, así como los voluntarios ocasionales que cuidan de los enfermos, los pobres o los niños).
  • Luego hay ministerios que se ejercen regularmente, a tiempo parcial (una vez a la semana) y los que tienen lugar a tiempo completo.
  • También hay diferentes roles en el ministerio, que deben ser coordinados:
  • En el centro de todos los ministerios de la comunidad cristiana se encuentran los ministros ordenados que tienen la tarea de dirigir la comunidad y capacitar a los fieles para ejercer sus ministerios específicos; presidir las celebraciones litúrgicas y coordinar las actividades de la comunidad.
  • Junto con los ministros ordenados, en la comunidad cristiana habrá un equipo ministerial central, ministros a tiempo completo por vocación -religiosos y laicos- que viven de su trabajo y que se han preparado a través del estudio y la práctica, adquiriendo competencia profesional. Sin embargo, su ministerio no debe ser visto como un trabajo o una posición de prestigio, sino como un compromiso a largo plazo con un ministerio público. Es el caso de los servicios considerados esenciales o muy importantes en la vida de la comunidad cristiana y que requieren un sentido de la vocación y una preparación sistemática y científica. Esto generalmente conduce a una opción vocacional radical, caracterizada por un compromiso a largo plazo y a tiempo completo. Tales ministerios tienen un carácter permanente y requieren cualidades de liderazgo, un estilo de vida apropiado y una responsabilidad hacia la Iglesia.
  • Cada ministerio debe incluir alguna forma de preparación pública y mandato. Algunos ministerios tienen menos intensidad o duración; sin embargo, contribuyen de manera importante y cada fiel se verá involucrado en algún momento en algunos de estos servicios.
  • El presbítero y el obispo son responsables de desarrollar la visión y la práctica de los ministerios y de animar a los fieles a profundizar en su identidad ministerial. Esto significa mejorar el servicio ministerial de los bautizados, invitarlos al servicio, facilitar su formación ministerial y coordinar los ministerios, dirigiendo el conjunto de los ministerios de la comunidad cristiana.

Es importante notar que los ministerios que requieren menos preparación y tiempo no son inferiores, ya que siguen siendo un servicio y un instrumento de la gracia de Dios. La esencia del ministerio no está determinada por diferencias cuantitativas o cualitativas en el servicio, sino por el hecho de que es una participación en el propio ministerio de Cristo. Como subrayó Juan Pablo II en la exhortación postsinodal Christifideles laici (CL 21), “Los ministerios presentes y operantes en la Iglesia son todos, aunque de manera diferente, una participación en el ministerio de Jesucristo, el buen Pastor que da su vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11), el siervo humilde y totalmente sacrificado por la salvación de todos (cf. Mc 10,45)”.

En cualquier caso, lo que se necesita sobre todo es una gran madurez humana porque la humanidad es la visibilidad de lo invisible. En el pasado, la divinidad de Jesús ha sido frecuentemente enfatizada hasta el punto de disminuir la humanidad. En cambio, es importante recuperar una cristología que mire a la plenitud de la humanidad. Se necesita una gran experiencia humana y preparación para dirigir la comunidad. Tradicionalmente la competencia de los sacerdotes se confiaba sobre todo a la teología dogmática escolástica, con un poco de filosofía como antecedente; un poco de teología pastoral, pero se trataba sobre todo de cómo administrar – subrayar la palabra administrar – los sacramentos. Hoy en día es necesario desarrollar sistemáticamente habilidades y experiencias sobre cómo acompañar a las comunidades transformadas y en transformación.

Como continuación de la misión de Jesús, los ministerios se caracterizan por la dedicación total, la abnegación y el servicio a los pobres y abandonados. Desde una perspectiva cristiana, el ministerio trae consigo el enriquecimiento de la presencia, las actitudes y la misión de Cristo en la sociedad, mediada por la comunión del ministro con Cristo, como es especialmente evidente en la entrega de sí mismo para que los demás tengan vida y vida en plenitud. Desde este punto de vista -por mucha preparación y formación que tenga un ministro- el ministerio sigue siendo una tarea modesta y capacitadora, consciente de que su fuerza y eficacia trascienden los talentos personales, la preparación, las habilidades del individuo, aunque todo esto sea una parte necesaria.

Bibliografia
Domingues, F. (2006). “Presbitero e missione”, in Ministeri per la missione, Redemptoris missio: rivista di pastorale e formazione missionaria, Nuova serie, anno XXII, N. 2 luglio – dicembre, pp. 20-29.

John Paul II. (1987). Christifideles laici (The Lay Members of Christ’s Faithful People).

McBrien, R.P. (1987). Ministry. A Theological, Pastoral Book. San Francisco: Harper San Francisco.

McBrien, R.P. (1989). Catholicism. Reprint. London: Geoffrey Chapman 1981, 657-659; 667-675; 842-848.

O’Meara, T.F. (1999). Theology of Ministry. Revised ed. New York: Paulist Press, 139-167; 182-198.