Hno. Alberto Parise, mccj

Introducción
No es tarea fácil presentar un cuadro de la pastoral vocacional que tenga en cuenta las situaciones de las distintas partes del mundo, muy diferentes unas de otras, y que requeriría un conocimiento y familiaridad con contextos muy variados. Sin embargo, el año pasado celebramos el sínodo de los jóvenes, un proceso que recogió información, reflexionó sobre la realidad de las experiencias juveniles y pastorales en todo el mundo, y desarrolló una reflexión en la que todos se pueden reconocer. Tres textos en particular documentan este proceso: el documento preparatorio, el documento final y la carta Christus vivit del Papa Francisco.

En los últimos tres años me he dedicado a la pastoral vocacional juvenil en Italia, pero también antes, en los 18 años que he pasado en misión en Kenia, he estado involucrado en ministerios con jóvenes: primero en un contexto de suburbios urbanos en Nairobi y luego en la Universidad Católica. Siempre he formado parte de un equipo de trabajo con el que, además de realizar actividades con los jóvenes, he buscado y reflexionado sobre la realidad de la pastoral juvenil. Encontré una fuerte armonía y correspondencia entre los documentos del sínodo y nuestra experiencia en el campo. A partir de estas dos fuentes, propongo una reflexión dividida en tres partes: en primer lugar, la presentación de algunas claves para comprender la realidad de la juventud de hoy; a continuación, se subrayan los desafíos actuales de la pastoral vocacional juvenil y, por último, algunas orientaciones para una pastoral vocacional renovada.

La condición de la juventud: un mundo nuevo que avanza La situación de los jóvenes en el mundo varía de un país a otro, adoptando características muy diferentes según los casos. Sin embargo, bajo la superficie de estas variaciones hay una misma dinámica de globalización. Esta es una clave para entender la complejidad del mundo de la juventud de hoy. Evangelii gaudium y Laudato si denuncian los mecanismos de exclusión del sistema económico dominante que generan violencia, empobrecimiento de la mayoría de la población mundial y devastación ambiental. En la base de todo esto, como señala el Papa Francisco, está una economía que mata, porque ha perdido sus referencias a los valores de la humanidad, la justicia social y el bien común. Una cultura materialista y consumista, que para mantenerse genera un mecanismo llamado “globalización de la indiferencia” y “cultura del descarte”.

En la práctica, la experiencia de la exclusión adquiere connotaciones de desempleo, de precariedad, de escaso acceso a oportunidades y a la toma de decisiones, de liderazgo. La exclusión se manifiesta en las fuertes desigualdades sociales y económicas, que tienden a ser más amplias y a privilegiar a una élite cada vez más restringida. La exclusión es también un efecto de la corrupción desenfrenada, que socava la confianza en las instituciones y legitima el fatalismo y el desinterés. Hay países que se ven aplastados por situaciones de guerra y pobreza extrema, o por la falta de reconocimiento de las libertades fundamentales, que empujan a los jóvenes a emigrar en busca de un futuro mejor. Es a partir de estos mecanismos que debemos empezar a comprender las tendencias y dinámicas del mundo de la juventud.

Entre las consecuencias más significativas sobre la realidad de los jóvenes se encuentra, en primer lugar, la precariedad y la inseguridad, funcionales al sistema a medida que avanzan hacia la movilidad y la reducción de los costes de producción. La inseguridad de las condiciones de trabajo y la precariedad social bloquean todo proyecto a medio-largo plazo. El camino de crecimiento de los y las jóvenes está marcado por la dificultad de planificar el futuro. La relación estudio-trabajo es precaria, entre éxito profesional o reconocimiento social y estabilidad económica. De ahí la experiencia de la vulnerabilidad, es decir, la combinación de malestar social y dificultad económica que condiciona la vida, los sentimientos y las decisiones de los jóvenes. Algunas de las fragilidades de los jóvenes interactúan negativamente con las principales dificultades objetivas que encuentran en sus vidas.

Todo esto tiene un impacto psicológico y cultural en los jóvenes. Por un lado, socava la confianza en sí mismo, la posibilidad de “soñar” y la planificación para hacer realidad los sueños. En una realidad cada vez más “líquida”, es difícil para los jóvenes tomar decisiones definitivas: se preguntan cómo es posible una decisión definitiva en un mundo en el que nada parece estable. Además, los cambios rápidos y radicales, a veces combinados con una amplia gama de propuestas, dificultan la reflexión sobre la posibilidad de opciones irreversibles. Muchos jóvenes optan por vivir la multi-pertenencia, una estrategia racional en un contexto de cambios repentinos y de gran incertidumbre (“no pongas todos los huevos en una sola cesta”), y se convierte en un rasgo cultural, una forma de sentir y de moverse en el mundo. La precariedad también puede estimular el deseo de poner a prueba las propias cualidades y la capacidad de adaptación; la necesidad de cambiar el entorno y la oportunidad de hacer comparaciones útiles, construir relaciones con varias personas; desarrollar una mayor ductilidad.

Otra cuestión es el aumento del desencanto con las instituciones, que los jóvenes sienten cada vez más distantes, insignificantes y basadas en un poder autoritario o de arriba hacia abajo que experimentan como “falta de aire”, de libertad. Un desencanto que crece con la experiencia de los abusos de poder, económicos y sexuales. En cambio, aprecian valores como la igualdad, el pluralismo de las diferencias que representa un hecho dado, con una conciencia original de la existencia de otras formas de ser en el mundo y un esfuerzo deliberado por su inclusión. Para los jóvenes, la diversidad aparece como una riqueza y el pluralismo como una oportunidad dentro de un mundo interconectado: el multiculturalismo tiene el potencial de fomentar un entorno propicio para el diálogo y la tolerancia.

Sin embargo, el desencanto con las instituciones puede ser saludable si se abre a caminos de participación y asunción de responsabilidades sin permanecer prisioneros del escepticismo. Los jóvenes ya no se atan a las instituciones como tales, sino a las personas que, dentro de ellas, comunican valores a través del testimonio de sus vidas. La coherencia y la autenticidad son factores fundamentales de credibilidad tanto a nivel personal como institucional.

Surge una imagen muy interesante del mundo de la juventud. Sugiere que de los jóvenes, de su sensibilidad, puede nacer un nuevo mundo a pesar de la prevalencia de una cultura inspirada en el individualismo, el consumismo, el materialismo y el hedonismo y en la que predominan las apariencias. Se está produciendo un cambio cultural que altera las culturas tradicionales, ricas en términos de solidaridad, lazos comunitarios y espiritualidad. Y la aceleración de los procesos sociales y culturales aumenta la distancia entre generaciones (hoy en día no existe tanto un conflicto generacional real como una extrañeza mutua). Pero al mismo tiempo hay signos de una posible alternativa: el compromiso social, la participación y el protagonismo de los jóvenes, así como el valor fundamental de la acogida, la amistad y el apoyo mutuo.

Aunque de forma diferente a las generaciones anteriores, el compromiso social es un rasgo específico de los jóvenes de hoy, que quieren participación y liderazgo. Su sensibilidad y compromiso son un signo de la voluntad de asumir responsabilidades y el deseo de hacer uso de los dones, las habilidades y la creatividad que tienen a su disposición. Están comprometidos con las iniciativas voluntarias, la ciudadanía activa y la solidaridad social, que deben ser acompañadas y alentadas para poner de manifiesto su talento, sus competencias y su creatividad, y para fomentar la asunción de responsabilidades. El compromiso social y el contacto directo con los pobres siguen siendo una oportunidad fundamental para descubrir o aprender sobre la fe y el discernimiento vocacional.
Hay que destacar los temas generativos en el mundo de la juventud, es decir, aquellos que despiertan emociones fuertes, que sacuden las conciencias, que dan motivación y energía para actuar y transformar la realidad: encontramos la sostenibilidad social y ambiental, la indignación por la discriminación y el racismo, la justicia social, un desafío que necesariamente pasa por la construcción de instituciones justas, que se ponen al servicio de la dignidad humana en el sentido integral. Pero también atención al cuerpo (por lo tanto, también las actividades que lo ponen en juego, como el teatro, los deportes, la danza), la afectividad y los diversos canales que lo expresan, como la música y otras expresiones artísticas.

En comparación con el pasado, las nuevas generaciones tienden a vivir estos temas a partir de la vida cotidiana, de pequeñas realidades relacionadas con su propia experiencia y no de grandes sueños de transformación social.

Todos estos rasgos se reflejan en la relación de los jóvenes con la fe. Una parte de la apatía y del desinterés de los jóvenes por la fe se debe a la dificultad de las grandes instituciones religiosas para sintonizar con las cuestiones de sentido y de lenguaje de los jóvenes frente a sus experiencias y a la inseguridad que pesa sobre la vida personal y colectiva. La Iglesia no escucha activamente las situaciones que viven los jóvenes, cuyas opiniones no se toman en serio. Experimentan indiferencia y falta de escucha, así como el hecho de que la iglesia a menudo parece demasiado severa y a menudo se asocia con un moralismo excesivo. Pero la insatisfacción con una visión puramente inmanente del mundo, transmitida por el consumismo y una visión materialista de la realidad, abre la búsqueda del sentido de la propia existencia. Muchos jóvenes afirman estar en busca del sentido de la vida, de seguir ideales, de buscar una espiritualidad y su propia fe personal, pero rara vez acuden a la iglesia. La religión ya no es vista como la forma privilegiada de acceso al sentido de la vida. Surge un nuevo paradigma de religiosidad, poco institucionalizado y cada vez más “líquido”, marcado por una radical variedad de caminos individuales. En su búsqueda, requieren espacios crecientes de libertad, autonomía y expresión. En efecto, en los países de secularización más avanzada, las nuevas generaciones tienden a distanciarse cada vez más de la Iglesia, encontrándola irrelevante o incluso incómoda.

En cuanto a los jóvenes católicos, piden que la Iglesia sea una institución que brille por su ejemplaridad, competencia, corresponsabilidad y solidez cultural. Quieren ver una iglesia que comparta su situación de vida a la luz del Evangelio en lugar de predicar. Y sobre todo una presencia profética: presencia de fraternidad, ser realmente para los pobres, tener en el corazón la cuestión ecológica, hacer elecciones visibles de sobriedad y transparencia, ser auténticos y claros, atrevidos en la denuncia del mal con radicalidad. Buscan una comunidad transparente, honesta, atractiva, comunicativa, accesible, alegre e interactiva. Una iglesia menos institucional y más relacional, amigable y cercana, acogedora y misericordiosa. Piden propuestas de oración y momentos sacramentales capaces de interceptar su vida cotidiana. Les gustaría una liturgia viva y cercana, aunque a menudo no les permite experimentar ningún sentido de comunidad o familia como Cuerpo de Cristo.

Cuatro desafíos de la Pastoral Juvenil Vocacional (PJV) Del contexto actual de la juventud surgen algunos desafíos que hay que afrontar para una renovada pastoral vocacional juvenil. Dependiendo de los contextos específicos, algunos serán más urgentes que otros, dada la variedad de situaciones. Sin embargo, se trata de desafíos generales reconocidos en el Sínodo para los jóvenes.

En primer lugar, está la cuestión de la inserción en el mundo de la juventud y el contacto con los jóvenes. La creciente distancia de los jóvenes de la Iglesia recuerda la necesidad de “salir” hacia ellos. Ciertamente, existe una gran diferencia entre los países con un fuerte declive demográfico y una alta tasa de envejecimiento -a menudo en un contexto de secularización avanzada- y los países en los que tres cuartas partes de la población tiene menos de 35 años. Sin embargo, cabe señalar que, incluso cuando los jóvenes son mayoría, por lo general, se encuentran paradójicamente en una situación de marginalidad o periferia. Formar parte de su mundo implica aprender sus lenguas, el horizonte cultural en el que se mueven, habitando sus espacios -a menudo caracterizados por sus propias reglas de interacción- con una actitud abierta, respetuosa, no crítica, pero capaz de apreciar su valor. Es cierto que, en las estructuras eclesiales, como las parroquias y los movimientos, también hay jóvenes; sin embargo, se trata de pequeños grupos, mientras que no se llega a la gran mayoría de los jóvenes. Tampoco las formas tradicionales de pastoral juvenil parecen capaces de atraerlos e implicarlos. Por eso, el Papa Francisco sugiere que en la pastoral juvenil se necesitan dos grandes líneas de acción: la “búsqueda”, es decir, la invitación a atraer a nuevos jóvenes al encuentro con el Señor, y el “crecimiento”, es decir, el desarrollo de un camino de maduración para aquellos que ya han vivido esa experiencia (Christus vivit 209). En otras palabras, además de la pastoral juvenil ordinaria, se necesita una “pastoral juvenil popular”, que “tenga otro estilo, otras veces, otro ritmo, otra metodología” (CV 240). Lejos del enfoque proselitista, esta pastoral debe “ser más amplia y flexible de lo que estimula, en los diversos lugares en los que se mueven concretamente los jóvenes, esos guías naturales y esos carismas que el Espíritu Santo ya ha sembrado entre ellos”. (…) Debemos limitarnos a acompañarlos y estimularlos, confiando un poco más en la imaginación del Espíritu Santo que actúa como él quiere”. (CV 240). En el centro de este enfoque está la relación, la escucha y la aceptación incondicional, el despertar de la esperanza y de los deseos profundos de los jóvenes, entrar en diálogo y compartir el Evangelio a través de su lenguaje y su vida.

En cuanto a la dimensión de “crecimiento”, no se trata de practicar el adoctrinamiento, sino de profundizar la experiencia fundamental del encuentro con Dios a través de Cristo muerto y resucitado, de crecer en fraternidad y servicio.

En segundo lugar, la iglesia será significativa, un interlocutor atractivo para los jóvenes en la medida en que sea profética. Esto significa vivir el Evangelio con radicalidad, encarnando un estilo de vida alternativo -fraternal y solidario, sobrio, sostenible, consecuente- y haciendo causa común con los últimos, los excluidos. Una iglesia, por lo tanto, que no se mantiene en posiciones de poder y es capaz de superar el clericalismo, con su mentalidad y estructuras patriarcales, la búsqueda del prestigio, la realización y su propia imagen. El clericalismo tiene un impacto devastador en las relaciones con los jóvenes y en la vida consagrada. Es una subcultura que se separa de la vida del pueblo, que impone jerarquías y relaciones de dominación, que impide el crecimiento de los laicos y del pueblo para domarlos.

Es exactamente lo contrario de una iglesia ministerial, basada en la fraternidad y el servicio, de la que la vida consagrada está llamada a dar testimonio. En un mundo donde la inseguridad y la precariedad crecen, vemos un retorno al clericalismo en la iglesia, con sus símbolos de identidad y poder. Una iglesia ministerial, en cambio, es una iglesia en salida, dedicada al servicio más que al poder, insertada entre el pueblo más que separada con actitudes aristocráticas, pobre y en solidaridad con los pobres más que cómoda con los privilegios.

El tercer reto es el de acompañar a los jóvenes. En primer lugar, tomar la iniciativa (“salir”), involucrarse y acogerlos tal y como son, entendiendo las dificultades a las que se enfrentan debido a la realidad de la incertidumbre, la confusión y la violencia. No es fácil para los jóvenes vivir la esperanza y la profecía de un mundo fraterno en un mundo donde reinan la corrupción y la injusticia. El pluralismo y el multiculturalismo – tanto como los jóvenes están dispuestos a abrazarlos – requieren habilidades y un camino en la dirección de la confrontación intercultural y la integración de las diferencias. Por lo tanto, se necesitan acompañantes preparados, testigos creíbles que puedan comunicar humanidad, y que también puedan facilitar una lectura crítica de la realidad y su complejidad.

Además, el acompañamiento debe ser integral, es decir, debe incluir tanto la dimensión de la madurez humana y social como la dimensión espiritual, que ayuda a los jóvenes a vivir desde una perspectiva de fe. Así, uno de los aspectos calificativos del acompañamiento es el de la lectura de los signos de los tiempos y de los lugares. Se trata de ayudar a los jóvenes a establecer un diálogo con Dios, en la oración, a partir de la realidad y de una lectura crítica de la vida a través del Evangelio, para responder de manera personal a la llamada del Señor. Los agentes pastorales están llamados a estar presentes, a apoyar y acompañar el camino hacia opciones auténticas, hacia una progresiva asunción de responsabilidades en la sociedad, en el ámbito profesional, social y político. Pero el acompañamiento va más allá del aspecto personal e incluye una dimensión comunitaria y grupal.

Finalmente, el cuarto desafío de la pastoral juvenil vocacional es el del discernimiento vocacional. Como ha señalado el Sínodo para los jóvenes, una debilidad importante de la PJV es su perspectiva estrecha, que tiende a limitar el discernimiento al sacerdocio y a la vida consagrada. La llamada a la vida invita a los jóvenes a una respuesta que puede tomar formas muy diversas y, por lo tanto, un servicio adecuado a los jóvenes requiere un cambio de paradigma, de la promoción vocacional como “reclutamiento” a un enfoque que facilite la toma de conciencia de la propia identidad más profunda y auténtica, que debe ser cultivada según las invitaciones del Espíritu. Otro aspecto de este pasaje consiste en ver la vocación (o identidad ante Dios) no como un destino fijo, un guion ya escrito para ser realizado, sino como un camino abierto, que no propone una forma o un camino predefinido, sino que debe ser construido paso a paso en la escucha y la obediencia al Espíritu. El discernimiento es, por tanto, un proceso continuo y fundamental, en el que no hay un mapa que defina desde el principio el área y los caminos, sino una brújula, las invitaciones del Espíritu a seguir a Jesús, respondiendo con fe, creatividad y disponibilidad, superando la mentalidad de planificación que, si se exaspera, conduce al narcisismo y a cerrarse en uno mismo.

En general, estos desafíos requieren un estilo pastoral que aproveche los cuatro principios – enunciados en Evangelii gaudium (222-237)- que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de una comunidad en el que las diferencias se armonizan dentro de un proyecto común, en sintonía con las expectativas más profundas del mundo de la juventud.

  • El tiempo es mayor que el espacio: en el PJV es más importante iniciar procesos que obtener resultados a corto plazo, sobre todo en una época de gran transformación en la que es necesario encontrar nuevos caminos, lenguajes actuales y significativos, para entrar en diálogo con una cultura juvenil que presenta evidentes signos de discontinuidad con el pasado.
  • La unidad prevalece sobre el conflicto: cuando se inician los procesos, intervienen personas diferentes, incluso aquellas con visiones y orientaciones diferentes, y por lo tanto es normal que surjan conflictos, son parte del proceso mismo. La riqueza de los procesos radica en trascender las diferencias, en lugar de anularlas o dejarse atrapar en el conflicto, para explorar juntos nuevos mundos posibles en los que cada uno pueda reconocerse a sí mismo, sin tener que renunciar a su propia unicidad y perspectiva.
  • La realidad es más importante que la idea: no vivimos en una era de cambio, sino en un cambio de era. Los patrones mentales a los que estamos acostumbrados, las suposiciones que damos por sentadas, las perspectivas a las que estamos acostumbrados, muy probablemente ya no se mantienen frente a los cambios que están avanzando. Los patrones del pasado acaban forzando interpretaciones que no incluyen la nueva realidad de la juventud. Es importante, en cambio, mirar la realidad, partir de la realidad, observar y escuchar, dejarse interrogar en lugar de adoptar posiciones ideológicas.
  • El todo es superior a la parte: si por un lado la inserción en el contexto, el trabajo en la realidad local son el punto de partida, es esencial mantener una perspectiva más amplia (“actuar localmente pensando globalmente”). Si no comprendemos la complejidad, la naturaleza de las contradicciones y la fragmentación social, será difícil ayudar a los jóvenes a encontrar las respuestas que buscan y a convertirse en protagonistas de la construcción de un mundo más fraterno, sostenible y orientado al bien común.

Características de una PJV renovada Un servicio abierto de pastoral juvenil, más allá de la perspectiva tradicional del reclutamiento vocacional, nace de la visión de un PJV al servicio de la búsqueda vocacional de los jóvenes, ayudándoles a encontrar su camino en la vida, sea cual sea, dándoles a conocer, sin embargo, también el ámbito de la consagración religiosa. La pastoral juvenil es originalmente vocacional en la medida en que está orientada por naturaleza a discernir el proyecto de Dios sobre la propia vida e historia. En particular, el PJV tendrá que hacer:

  • Debe apuntar al crecimiento integral de la persona y educar al encuentro personal con Jesús, en la Palabra y en los excluidos, que se abre a la misión;
  • Proponer un camino de espiritualidad y de lectura crítica de la realidad, para llegar a un discernimiento de un compromiso en el mundo;
  • Ser expresión de la fraternidad, de la misión (según el carisma de los que dan testimonio de ella) y del ministerio colaborativo – la PJV comienza con el testimonio de vida y de fe;

El objetivo será el crecimiento integral de la persona y educar al encuentro personal con Jesús, en la Palabra y en los excluidos; un encuentro que apasione a los jóvenes hacia Jesús, hacia los últimos y hacia la misión, con un camino de fuerte espiritualidad misionera y de lectura crítica de la realidad, para llegar a un discernimiento vocacional para la misión y para un compromiso en el mundo.

Confrontando lo que hemos aprendido de nuestra experiencia en el campo con los estudios e investigaciones más recientes sobre la juventud y la pastoral juvenil, la reflexión ha llegado a identificar cinco características fundamentales para una pastoral que es relevante y profética para los jóvenes de hoy.

Testimonio y coherencia de vida Las propuestas pastorales son significativas para los jóvenes cuando emanan de un estilo de vida sobrio, cercano a los excluidos. La coherencia es importante, es decir, testimoniar la presencia del Reino de Dios en la historia en la aceptación, en la adhesión práctica a los valores de fraternidad, justicia, responsabilidad social y sostenibilidad. Esto también requiere un compromiso con la información crítica y las consiguientes opciones por parte de la comunidad.

Además, los jóvenes esperan también de los agentes de pastoral un testimonio auténtico: vivir plena y radicalmente su misión según su propio carisma. En otras palabras, es necesario volver a partir de la propia misión, centrándola en los signos de los tiempos y de los lugares, comprometiéndose en contextos que tocan a los jóvenes. Estos jóvenes tienen grandes expectativas de ver nuevas formas de atreverse tanto en la vida comunitaria como en el servicio ministerial: intentar nuevos caminos, salir a situaciones de periferia, cambiar las estructuras cuya injusticia, insostenibilidad y vacío perciben.

Protagonismo de los jóvenes El protagonismo de los jóvenes y la nueva vida que de él se deriva son el elemento creativo que hoy en día la PJV necesita. Concretamente, significa liberar la iniciativa, la creatividad y la autonomía de los jóvenes en las actividades y los caminos por los que se les acompaña, dejando espacio a su sensibilidad, perspectiva y temas. Cualquiera que sea la iniciativa que emprendamos con los jóvenes, nos centramos en la dimensión de la participación personal y grupal: participación en grupos y caminos; actividades de las comunidades juveniles; testimonios y encuentros personales; momentos comunes de reflexión y oración. A la necesidad de pertenecer y ser aceptado, el grupo responde con relaciones interpersonales; a la necesidad de construir su propia identidad, el grupo ofrece experiencias que promueven la responsabilidad, la iniciativa, la creatividad y el trabajo conjunto.

Vemos a los jóvenes no sólo como los destinatarios de las propuestas, sino también como los protagonistas. De los jóvenes provienen lo nuevo, los desafíos y las respuestas creativas a las exigencias de la vida y de la realidad. Se trata de ayudar a los jóvenes a descubrir el sueño de Dios sobre ellos, a abrazar una relación renovada con Jesús y su prójimo, y a descubrir la fuerza y la vida del Espíritu en ellos que les impulsa a vivir plenamente su vocación. Significa tomar decisiones en la vida, encontrar la auténtica realización personal en seguir la propia elección con libertad al servicio de la vida y del bien común.

Para ello nos dejamos interrogar por los jóvenes, no asumimos que son ellos los que tienen que adaptarse a nuestra cultura, a nuestra percepción de las prioridades y a las formas de llevar a cabo las actividades y los programas. Estamos llamados a hacer “causa común” con los jóvenes, una actitud que se abra a lo nuevo, a las nuevas oportunidades y caminos que inspiran y mueven a los jóvenes de hoy: nuevos modelos de agregación significativa, espacios juveniles de encuentro y solidaridad abiertos a los valores de la misión y al servicio a los últimos. Los jóvenes piden repensar juntos propuestas y recorridos grupales, calibrados en nuevos tiempos, métodos y recorridos que cruzan sus preguntas y cuestionan sus vidas, apoyados por adultos significativos.

Es necesario buscar y acercarse a nuevas formas de incorporación y expresión de la juventud, comprender su dinámica y potencial, captar y dejarnos implicar en la “hora de Dios” que se manifiesta allí. Las actividades y programas de PJV están siempre abiertos a la presencia y acción del Espíritu en la historia. Esto es posible a través del diálogo y el discernimiento constante con los jóvenes, la iglesia local y la sociedad civil. De ello depende la relevancia y significación de las propuestas educativas en un momento que requiere un gran dinamismo y creatividad.

Ministerio Colaborativo La PJV, como cualquier otro ministerio, es la expresión de un compromiso comunitario; es el resultado de la colaboración y el trabajo en equipo. En primer lugar, en el ámbito eclesial y con los propios jóvenes, invitados a formar parte de los equipos de PJV; pero también a nivel de la sociedad civil, llevando a cabo temas y caminos temáticos de la misión.

Como comunidad, creamos las condiciones para una PJV atractiva para los jóvenes creando un ambiente de relaciones fraternas y una espiritualidad encarnada, atenta a la historia, a la vida y a la presencia del Espíritu en ella.

No operamos como comunidades aisladas del contexto, sino que colaboramos y trabajamos en red con el territorio, con la iglesia local en áreas específicas (escuelas, grupos de jóvenes, etc.), abiertas al intercambio y a la interacción con otras comunidades.

La Palabra es el elemento central del ministerio con los jóvenes, con el que pueden comprender mejor su experiencia, orientarla y hacerla madurar, encontrar un lenguaje más claro y preciso para expresarla y comunicarla y tratar de hacerla interactuar con las perspectivas de la fe cristiana.

La liturgia, con su carga simbólica y el significado de los gestos y ritos, espacio de encuentro personal con el Señor y la fraternidad, fundamento de relaciones cálidas, compartidas, significativas y ligeras, debe ser objeto de una atención particular.

Las propuestas de la PJV están dirigidas a “todos los jóvenes”, ofreciendo caminos que son a la vez de crecimiento humano, comunitario, de fe y de compromiso social/civil, para descubrir y desarrollar sus dones y capacidad de amar.

Espacios de acogida Los jóvenes sienten la necesidad de un clima cálido de acogida y estima, donde puedan encontrarse con alegría y experimentar la fraternidad; donde puedan llamarse por su nombre, donde se cuiden unos a otros, donde escuchen sin juzgar, donde se acerquen personas nuevas. Necesitan redescubrir el sentido de comunidad y el encuentro con la alteridad, como lugares donde uno se encuentra con Jesús personalmente.

Son espacios acogedores donde se aprecia a las personas, incluso en su fragilidad y vulnerabilidad; espacios protegidos donde uno puede asumir el riesgo de abrirse, manifestarse por lo que es, expresarse en su interior sabiendo que siempre se le respeta, se le escucha y se le entiende. Son espacios que sacan a relucir las preguntas que los jóvenes plantean y que los empujan hacia metas altas a su alcance.

En este horizonte los jóvenes encuentran ayuda para abrirse al sueño de Dios para ellos y para crecer en el camino humano y cristiano. Un “espacio libre” particular, en el que los jóvenes puedan reflexionar, orar, experimentar una dimensión comunitaria sin presiones, son las comunidades en las que podemos ofrecer una propuesta “Ven – Ve – Vive”, en la que los jóvenes en discernimiento vocacional puedan vivir con una comunidad, de manera flexible, sin presiones, con la libertad de participar o no en diferentes momentos comunitarios y ministeriales.

La comunicación social y los jóvenes Hay una necesidad urgente de un nuevo lenguaje que sea comprensible para los jóvenes y profético. No se trata sólo de una cuestión semántica, sino también de corresponder a la dimensión experiencial y a la vida de los jóvenes. El desafío es captar la experiencia y las expresiones de los jóvenes y ponerlos en diálogo con la experiencia de fe y ministerio, para una inculturación del carisma.

Dada la creciente distancia de los jóvenes de la iglesia, es importante encontrar maneras de dar visibilidad a su misión y estilo de vida con este nuevo lenguaje, visual y verbal, para entrar en una comunicación transparente y empática con el mundo de la juventud. A este respecto, también se presta especial atención a los canales de comunicación que frecuentan los jóvenes, como los medios de comunicación social. Huelga decir que los propios jóvenes deben participar en los procesos de comunicación, especialmente en este ámbito.