Cuando se habla de ecología integral, incluso entre los Religiosos y las Religiosas, ocurre con frecuencia que la expresión se entiende como un simple compromiso con el medio ambiente: la recogida selectiva de residuos, el ahorro energético, el cuidado de la huerta o del jardín de la comunidad. Son gestos valiosos, pero por sí solos no agotan el significado de lo que el papa Francisco propuso con la Laudato si’. El riesgo es relegar la ecología integral a un «sector» de la pastoral, a una actividad entre otras, o a una moda del momento, perdiendo así su alcance evangélico y profético. Por eso sentimos la necesidad de aclarar, antes de entrar en los temas concretos, de qué estamos hablando.

La encíclica no ofrece una definición en una sola fórmula, pero delinea con claridad sus contornos. Su punto de partida es que «todo está conectado» (LS 16, 91, 117, 138): no estamos ante dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino ante «una sola y compleja crisis socioambiental» (LS 139), para la cual es necesario escuchar juntos «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (LS 49). La ecología integral es, por tanto, la mirada que mantiene unidas las relaciones fundamentales de las que depende la vida: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra (cf. LS 66). El capítulo cuarto explicita sus dimensiones: ambiental, económica y social, cultural, y la de la vida cotidiana (LS 147-155), con el principio del bien común (LS 156-158) y de la justicia entre las generaciones (LS 159-162). En la raíz de todo, la Laudato si’ señala la necesidad de una «conversión ecológica» (LS 216-221), es decir, de un cambio del corazón, de los estilos de vida y de los modelos de desarrollo, que nace del encuentro con Cristo e implica la oración, la comunidad y la misión.

El XIX Capítulo General, a este respecto, nos ha recordado que «En respuesta a los desafíos del cambio de época que vivimos, a la luz de la Palabra de Dios, asumimos la Ecología Integral como un eje fundamental de nuestra misión que conecta la dimensión pastoral, litúrgica, formativa, social, económica, política y ambiental» (AC 2022, 30).

En este sentido, podemos decir que la ecología integral es un paradigma de conocimiento y de acción, fundado en la fe en Dios Creador, que reconoce la interconexión entre todas las criaturas y entre todas las dimensiones de la realidad (espiritual, social, económica, política, cultural y ambiental), y nos llama a una conversión personal y estructural para cuidar, con justicia y amor, de la casa común y de quienes la habitan, empezando por los últimos.

Las fichas que siguen quieren ayudar a las comunidades religiosas a explorar este paradigma a través de temas concretos (justicia climática, extractivismo, pueblos indígenas, mártires de la Creación, seguridad alimentaria, transición energética, paz y otros), mostrando cómo cada uno es una puerta de acceso a una única visión. No son una lista de «nuevos compromisos», sino una invitación a releer nuestro carisma y nuestra misión a la luz de la «ecología integral» como vocación evangélica de nuestro tiempo.

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